Aclaraciones sobre la democracia y las implicaciones de su defensa en estos tiempos

Algunos insisten en apelar a la democracia, a pesar de ser el sistema político que nos ha situado en la posición en la que estamos ahora. Intentan mejorarla con adjetivos como directa, popular o participativa. Es comprensible si entendemos que venimos de una dictadura de 40 años y no conocemos nada mejor, al menos en un ámbito de aplicación extenso. Pero en la fase actual toca evaluar y reflexionar sobre la forma de dominación de hoy día. La democracia moderna se funda en la representación parlamentaria y las instituciones estatales (sanitarias, judiciales, penitenciarias, policiales, sociales, de infraestructuras, de educación, etc) , desplegadas sistemática e impositivamente por los que han tenido el poder de hacerlo (a este respecto vale la pena indagar sobre el proceso de formación de la democracia española sobre la base de la Constitución española de 1812, ahora que se cumple su 200 aniversario), y que tienen la tarea supuesta de garantizar el bienestar de los ciudadanos. Ese bienestar se puede entender y aplicar de muchas formas. El desarrollo de la economía capitalista se funda sobre la mercancía, el trabajo asalariado, la plusvalía, el valor o la competencia. El Estado capitalista, sobre estos cimientos, entiende el bienestar como derivado de los beneficios generados por el desarrollo de la circulación y valorización de capital. Si anteriormente fue la industria sobretodo la que tenía ese objetivo, ahora lo es la tecnología, el saber y los servicios. Para garantizar el bienestar en este sistema se hace exigencia el consumo que genere beneficios, sean servicios más o menos básicos (salud, educación, vivienda), tecnología o experiencias en forma de viajes, deportes de aventura o espectáculos, por decir algunos. En este sentido se pueden entender las demandas de las cofradías de pescadores para que se consuma más pescado, las maniobras de las asociaciones de fabricantes y vendedores de automóviles para renovar el parque automovilístico nacional o el continuo incremento de la oferta de másters formativos o de servicios sanitarios (controles preventivos, asistencia psicológica masiva, cuestiones estéticas), por ejemplo. Es así, como se viene a ligar el Estado del Bienestar con la explotación asalariada y con la exclusión social, proveniente de la expulsión del ciclo del capital trabajo-consumo. La visión ideal de un Estado que proporciona seguridad, vivienda, alimento, educación, salud, sin contrapartidas es ilusorio, porque no tiene en cuenta el proceso de formación del Estado moderno y los mecanismos económicos fundamentales en los que se basa actualmente.

En esta línea se realizan acciones orientadas a fortalecer los mecanismos estatales de la democracia. Por ejemplo, la petición colectiva de un grupo de ciudadanos asociados para que Fiscalía investigue a algunos altos cargos de la sanidad catalana. Así se fortalece la creencia en el funcionamiento de un mecanismo democrático como es el judicial, por definición separado del poder ejecutivo. Si no se creyese en ese funcionamiento, no se haría tal iniciativa, es obvio. Otro ejemplo es el de una parte de gente del 15M que llevan tiempo impulsando un proceso constituyente, es decir otra constitución que se adecúe a los nuevos tiempos. Pero esa constitución dentro de qué contexto se propulsa, quién la propulsa y con qué objetivos, qué cuestiona y qué deja sin tocar. Quien crea que una nueva constitución política puede implicar un cambio a mejor, mientras el capital domine, es que está muy alejado de la realidad social (suponiéndole buena fe en sus intenciones). Otra iniciativa reciente ha sido la de manifestarse, convocatoria desde la FAVB, para protestar por las reformas legislativas que pretende implementar el ministro del Interior, en connivencia con el consejero de Interior catalán, que limitan algunos derechos de los ciudadanos. En una clara posición de izquierda que no quiere contaminarse del conflicto social que se está asentando en la cotidianidad, pues rechaza las expresiones de rabia de los que no quieren soportar la miseria social instaurada, y que pretende oponerse a la cada vez más autoritaria dirección de los gobiernos, navega entre dos aguas intentando equilibrar las posiciones. Pero el equilibrio ya es desigual desde el principio. Por eso, mantener ese equilibrio significa muchas veces ponerse del lado de la autoridad. Si bien no es un apoyo directo, sí es un apoyo implícito y moral en tanto apoya las bases que la sustentan.

Al respecto de estas manifestaciones, legales si todo transcurre dentro de los ‘cauces democráticos’, sus organizadores y participantes intentan modificar la conciencia de quien cree que tiene que modificar la ley para adecuarla a la situación actual (es decir, gobierno) y que además, a sus ojos, tiene el poder de hacerlo, otorgado por los súbditos en las elecciones. Y esta conciencia es el objeto de deseo de los manifestantes demócratas precisamente porque han desechado la acción directa (no-mediada por instituciones y representantes) antagónica; desechada por ser contraria a la libertad liberal salida de la mayoría electoral. Parece que pretendiesen modificar la conciencia por la vía del conocimiento de hechos, de la descripción de los mismos (como hace poco escribía Guillem Martínez en su artículo ‘Contra Nosotros’, en relación con la huelga del 29M), de la manifestación pasiva de un deseo colectivo. Pero ese desvelamiento de la realidad compartida es sólo una parte de la conciencia. Y ahí radica la trampa de la democracia. La conciencia, la forma que adopta la interpretación de la realidad que tenemos delante, se modifica en la acción, en la praxis. Y la acción choca de lleno con la libertad como la entiende el liberalismo. Ese es su supuesto básico, y por básico poco o nada cuestionado.  No hay libertad que se funde sobre la limitación de no trastocar la libertad del vecino. La libertad de la democracia es libertad para opinar, pero no para actuar, y con esto interiorizado no se puede modificar la realidad por la vía de la acción directa más que tomando el poder, opción que reproduce el estado de cosas que algunos pretendemos destruir. Esa libertad sólo pone las condiciones de una autoridad casi divina que medie entre todos. En este caso la del Estado, por encima de cada individuo. La contradicción es que el Estado también está formado por individuos, y con intereses propios como el más pintado. Es por tanto ese cambio en las ACCIONES personales y colectivas el supuesto principal para un cambio social. Ese cambio en el accionar, tal y como están las cosas (y me refiero a la gigantesca masa de leyes y normas que regulan el funcionamiento democrático), pasa por el inevitable quebrantamiento de las leyes del Estado. Y es que la democracia precisamente es el medio para que el capital pueda desenvolverse de la forma más cómoda posible, y eso lo hace por encima de las personas, mediante leyes y normas que rigen y normativizan comportamientos.

Cuando los guerrilleros de la O.R. CCF hablan del capitalismo como el jefe y la democracia como su portavoz es por algo. Históricamente el desarrollo de la democracia es parejo al desarrollo del capitalismo. Ha sido necesario el Estado como organizador y gestor de los medios, que ha expropiado por la fuerza, y las personas, a las que ha esclavizado desposeyéndolas de su autosuficiencia y sus formas de vida, para construir el mundo que vivimos. Un mundo donde el consumo es el leitmotiv para que la economía siga su curso, donde la esclavitud asalariada es indispensable para poder comer, donde la explotación más bestial fuera de ‘nuestras’ fronteras es vital para seguir manteniendo un sistema que se tambalea, donde las leyes hechas por unos pocos con privilegios que vienen de familia rigen la vida de muchos sin ningún privilegio (o con la ilusión del privilegio restringido otorgado por el poder, seguramente cada vez menor en el futuro).

En esta etapa que nos toca vivir, el Estado democrático actuará con la fuerza que le otorga la Razón de Estado no cuestionada ni por izquierda ni por derecha. Modificará leyes para seguir preservando el desarrollo del capital y encerrará a gente que actúe contra esta situación. Quién siga defendiendo la democracia será partícipe indirecto del linchamiento estatal de los que no se resignan a soportar la situación que vivimos y la más que probable situación precaria a que nos dirigimos, para mantener los privilegios de otros. No se trata de quemar contenedores (ya que está tan de moda hablar de ello…), de poner bombas en entidades bancarias o de asesinar a los responsables políticos, se trata de no jugar con sus normas, porque sabemos que sus normas sostienen su mundo. Y nosotros queremos otro mundo.

 

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