Carta a la galaxia anarquista


Traducción de un texto, salido de Francia, crítico con algunos de los actuales desarrollos anarquistas de la guerra social. Plantean algunos temas para el debate a cuenta de la actual tendencia a las reivindicaciones unitarias, aunque autónomas, en el marco de la FAI-FRI.

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Sin haber sido invitados, nos estamos obligando a un debate que no es nuestro. Y nunca lo será, ya que se establece en un terreno que es estéril para el desarrollo de perspectivas insurreccionales y de las ideas anarquistas y las actividades que se centran en este desarrollo. Por tanto, podrías preguntar ¿por qué escribir una carta? Porque nada es más cercano a nuestros corazones que la revuelta liberadora y destructiva, que la lucha por la subversión de lo existente, porque nunca dejaremos de reconocer en nosotros mismos a todos los compañeros que deciden atacar las estructuras y la gente del poder en un deseo de libertad; porque hay algunas cosas que apreciamos más que la voluntad individual, la lucha por la coherencia y la valentía de encender la mecha a pesar de todo. No creemos que escribamos estas premisas, en un intento de complacer; son sinceras, lo mismo que nuestra preocupación por la amputación voluntaria del dominio de la lucha anarquista.

Seamos claros: más que nunca hay una necesidad de intervención destructiva de los anarquistas, más que nunca es el momento de intensificar, buscar posibilidades e hipótesis que permitan la extensión de la revuelta y la insurrección y de esta manera acelerar el vuelco de este mundo. Pero esta necesidad y urgencia no nos exime de la obligación de pensar qué, dónde, cómo y por qué.

Vamos a ser directos: por qué razones anarquistas (no tenemos dificultades en entender porqué los autoritarios harían así) reivindican de forma sistemática sus actos y los firman con siglas que se han hecho mundialmente famosas?¿Qué los lleva a asociar este camino con una forma extrema de coherencia entre pensamiento y acción, entre ideas y prácticas, cuando en realidad se trata simplemente de la abolición ilusoria de una tensión permanente que existiría entre ellas y que es sin lugar a dudas la fuerza motriz detrás del movimiento anarquista?

Esta manía extendida tiene el riesgo de proyectar su sombra sobre todos los actos de rebelión. No sólo las acciones de los anarquistas que alegremente pasan del trago amargo y siempre decepcionante de la reivindicación, sino también, y quizás sobre todo, la acción del panorama más general de la rebelión y la conflictividad social. Tal vez esa es una de las “razones” que nos han empujado a escribir este texto. Cansados de experimentar y de encontrar el campo de ataque de la lucha anarquista, el sabotaje y la expropiación más y más asimilados a una sigla y, como tal a la representación política; cansados de ver los horizontes estrechados en dos elecciones falsamente opuestas: o el anarquismo ‘de buen comportamiento’, corriendo detrás de las asambleas , los movimientos sociales y sindicatos de base; o el anarquismo “malo”, al que amigablemente se pide estampar sus contribuciones a la guerra social con algunas siglas – y si no lo haces, alguien más lo hará por ti.

Porque nosostros también elegimos atacar. También saboteamos la maquinaria del capital y la autoridad. También optamos por no aceptar una posición de mendicidad y no posponer la necesaria expropiación a mañana. Pero sí creemos que nuestras actividades son simplemente parte de una conflictividad social más amplia, una conflictividad que no necesita reivindicaciones y siglas. Pero pensamos que sólo cuando las acciones son anónimas pueden realmente ser apropiadas por todos. Pero pensamos que colocando un sello en un ataque se está moviendo el ataque de lo social a lo político, al campo de la representación, delegación, actores y espectadores. Y como se ha dicho antes en este tipo de debates, no es suficiente proclamar el rechazo a los políticos: su rechazo además implica la coherencia entre medios y fines, y la reivindicación es un instrumento político, como la tarjeta de socio, el programa, la declaración de principios.

Más allá de eso, hay una cierta confusión que queremos exponer, porque no podemos simplemente seguir y mirar el contenido que hoy día está dando cada vez más a conceptos tales como por ejemplo la informalidad. La elección por un movimiento anarquista autónomo informal implica el rechazo de las estructuras fijas, de organizaciones de pertenencia, de centralizar y unificar federaciones; y por lo tanto también de firmas fijadas recurrentes, si no de todas las firmas. Es el rechazo de la elaboración de programas, el destierro de todos los medios políticos; y por lo tanto también de las reivindicaciones programáticas que pretenden estar en la posición de trazar las campañas. Es el rechazo de toda centralización; y así también de todas las estructuras paraguas, no importa si se declaran digitalmente “informales” o formales. En un sentido positivo, para nosotros la informalidad representa un archipiélago ilimitado e indefinido de grupos autónomos e individuos que están forjando vínculos basados ​​en la afinidad y el conocimiento mutuo, que deciden sobre esa base la realización de proyectos comunes. Es la opción para los pequeños, círculos afines que entienden su propia autonomía, perspectivas y métodos de acción como la base para crear lazos con los demás. La organización informal no tiene nada que ver con las federaciones ni las siglas. ¿Y que llevó a algunos compañeros a hablar no sólo de informalidad, sino de “insurreccionalismo” también? Con el riesgo de devaluar el amplio panorama de ideas, análisis, hipótesis y propuestas, podriamos decir que el “insurreccionalismo” contiene los métodos y perspectivas que, lejos de un anarquismo sin compromiso, quiere contribuir a “situaciones insurreccionales”. El arsenal anarquista de métodos para la contribución es enorme. Por otra parte, el uso de métodos (agitación, ataques, propuestas de organización, etc) en sí mismo no significa casi nada: sólo en un pensamiento por encima y que desarrolle ‘proyectualidad’ tomarán sentido en la lucha. Pegarle fuego a un edificio del Estado es sin lugar a dudas siempre bueno, aunque no esté necesariamente inscrito en una perspectiva insurreccional “como tal”. Y esto vale todavia menos para la elección de, por ejemplo, apuntar los ataques especialmente contra objetivos espectaculares, centrales, acompañados de confesiones de fe. No es casualidad que durante distintos momentos de proyectualidades insurreccionales, el énfasis se puso sobre todo en acciones de ataque modestas, reproducibles y anónimas frente a las cada vez más estructuras centralizadas y gente de poder, o en la necesidad de sabotaje certero de las infraestructuras que no necesitan de ecos en los medios de comunicación con el fin de alcanzar sus metas, por ejemplo, la inmovilización del transporte, datos y los suministros de energía.

Parece que no hay muchas perspectivas detrás de la manía actual de las reivindicaciones, o por lo menos, tenemos dificultades en descubrirlas. De hecho, y esto no implica que queramos subestimar la rebelión sincera y valiente de los compañeros, parece como si particularmente hubiese una lucha por el reconocimiento. Un reconocimiento por parte del enemigo, que se apresurá a completar su lista de organizaciones terroristas, que a menudo significa el principio del fin: el enemigo comienza a trabajar para aislar una parte de la conflictividad de la conflictividad en general, un aislamiento que no sólo es el precursor de la represión (y en realidad no importa, la represión siempre está ahí – no vamos a llorar por el hecho de que las actividades anarquistas siempre sean seguidas por los ojos de Argos, y por tanto procesadas), sino sobre todo y lo que es más importante, es el medio más eficaz para luchar contra toda posible infección.En la situación actual del cuerpo social, que está enferma y en deterioro, lo mejor para el poder es un cuchillo claramente reconocible y definible que trata de apuñalar un pedazo de él, mientras que lo peor para el poder es un virus que tiene el riesgo por tanto de dañar a todo el cuerpo de forma intangible e incontrolable. ¿O estamos equivocados, y es todo es sobre el reconocimiento de los explotados y los excluidos? Pero, ¿no estamos los anarquistas contra todas las formas de delegación, de brllantes ejemplos que a menudo legitimen la propia resignación ? Sin duda alguna, nuestras prácticas puede ser contagiosas, y nuestras ideas aún más, pero sólo a condición de que devuelvan la responsabilidad de actuar cada individuo por separado, cuando cuestionan la resignación como elección individual. Para inflamar los corazones, sin duda, pero cuando falte el oxígeno de su propia convicción, el fuego se extinguirá rápidamente y en el mejor de los casos simplemente será seguida por nada más que algunos aplausos por los próximos mártires. E incluso entonces, sería realmente muy irónico que los principales opositores de la política, los anarquistas, tomasen el relevo de la representación y, tras los pasos de sus predecesores autoritarios separados de la conflictividad social separada de la subversión inmediata de todos los roles sociales, e hiciesen esto en el momento en que la mediación política (partidos políticos, sindicatos, reformismo) poco a poco va quedando obsoleta y anticuada en los hechos. Y no hay ninguna diferencia si quieren hacer esto a la cabeza de los movimientos sociales, hablando la gran verdad en las asambleas populares o por medio de un determinado grupo armado.

¿O es todo apunta a lograr “coherencia”? Por desgracia, los anarquistas que intercambian la búsqueda de la coherencia por los acuerdos tácticos, alianzas nauseabundas y separaciones estratégicas entre los medios y los fines han existido siempre. La coherencia anarquista está sin duda alguna también en la negación de todo esto. Pero esto no quiere decir que por ejemplo cierta condición de “clandestinidad” sería más coherente. Cuando la clandestinidad no es vista como una necesidad (ya sea porque la represión nos está persiguiendo o porque es necesaria para una acción específica), sino como una especie de summum de la actividad revolucionaria, hay poco más en pie que el célebre a-legalismo. Para imaginar esto, podría ser suficiente compararla con la situación social en Europa: no es porque miles de personas están viviendo una situación de clandestinidad (personas sin papeles), que les hace automática y objetivamente, una amenaza al legalismo y les corona como “sujetos revolucionarios”. ¿Por qué habría de ser diferente para los anarquistas que viven en condiciones de clandestinidad?

¿O se trata de asustar a los enemigos? Un elemento recurrente en las reivindicaciones es que aparentemente hay anarquistas que creen que pueden asustar al poder expresando amenazas, publicacando fotografías de armas o explotando pequeñas bombas (y no hablemos de la despreciable práctica de enviar cartas-bomba). En comparación con la masacre diaria organizada por el poder parece un poco ingenuo, sobre todo para aquellos que no se hacen ilusiones sobre gobernantes más sensibles, capitalismo más humano, relaciones más honestas dentro del sistema. Si el poder, a pesar de su arrogancia, ya temiese algo, sería la propagación de la revuelta, la siembra de la desobediencia, la ignición incontrolada de los corazones. Y por supuesto, el relámpago de la represión no perdonará a los anarquistas que quieren y contribuyen a ello, pero eso no prueba de ningún modo lo “peligrosos” que somos. Quizás lo único que quiere decir es lo peligroso que sería si nuestras ideas y prácticas se extendieran entre los excluidos y explotados.

Estamos continuamente sorprendidos por como un poco de la idea de algún tipo de sombra es capaz de complacer a los anarquistas contemporáneos, por lo menos, a los que no quieren resignarse, esperar o construir organizaciones de masas. Solíamos estar orgullosos de ello: pondríamos el todo por el todo para hacer la ciénaga de conflictividad social extensible y así hacer imposible que las fuerzas de la represión y la recuperación penetrasen. No buscábamos el centro de atención, ni la gloria del guerrero: en la sombra, en el lado oscuro de la sociedad estábamos contribuyendo a la alteración de la normalidad, a la destrucción anónima de estructuras de control y represión, a la ‘ liberación’ de tiempo y espacio a través del sabotaje, para que la revuelta social pudiese continuar. Y se utilizó para difundir nuestras ideas con orgullo, de forma autónoma, sin hacer uso de los ecos de los medios de comunicación, lejos de espectáculo político, incluído el ‘antagonista’. Una agitación que no estaba tratando de ser filmada, reconocida, sino que trataba de alimentar la rebelión en todas partes y establecer vínculos con otros rebeldes en la revuelta compartida.

Hoy algunos compañeros parecen preferir la solución fácil de una identidad a la difusión de ideas y de la revuelta, reduciendo por ejemplo las relaciones de afinidad a la adhesión a cualquier cosa. Por supuesto, que es más fácil recoger y consumir algunos productos terminados de los estantes del mercado de militantes de opiniones, en lugar de desarrollar un recorrido propio de lucha que rompa con ellos . Por supuesto que es más fácil darse a sí mismo la ilusión de la fuerza mediante el uso de una siglas comunes, que enfrentar el hecho de que la “fuerza” de la subversión se encuentra en el grado y en la forma en que se puede atacar el cuerpo social con prácticas e ideas liberadoras. ”La identidad y la formación de un frente pueden ofrecer la dulce ilusión de tener sentido, sobre todo en el espectáculo de la comunicación tecnologica, pero no borra todos los obstáculos del camino. Aún más, se muestran todos los síntomas de la enfermedad de una concepción no tan-anarquista de lucha y revolución, que cree ser capaz de plantear de un modo simétrico un mastodonte anarquista ilusorio frente al mastodontedel poder. La consecuencia inmediata, es el horizonte que se estrecha y finiquita por un egocentrismo poco interesante, algunas palmaditas en la espalda aquí y allá y la construcción de un marco autorreferencial exclusivo.

No nos extrañaría que esta manía paralizase el movimiento anarquista otra vez un poco más con respecto a nuestra contribución a las revueltas cada vez más frecuentes, espontáneas y destructivas. Encerrados en la auto-promoción y la auto-referencia, con una comunicación reducida a publicar reivindicaciones en internet, no parece que los anarquistas puedan hacer gran cosa cuando la situación está explotando en su vecindario (aparte de las explosiones e incendios habituales, a menudo contra objetivos que los rebeldes mismos ya estuviesen muy bien en vías de destruir). Parece que cuanto más cerca nos parece conseguir la posibilidad de insurrecciones, cuanto más tangibles estas posibilidades se hacen, menos quieren los anarquistas estar ocupados con ella. Y esto tiene el mismo valor para aquellos que están cerrándose en una ideología de lucha armada. Pero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de perspectivas insurreccionales? Definitivamente no es sólo de una multiplicidad de ataques, menos aún cuando éstos parecen tender hacia el terreno exclusivo de los anarquistas con sus frentes. Mucho más que un duelo singular armado con el Estado, la insurrección es la ruptura múltiple con el tiempo, el espacio y los roles de dominación, una ruptura necesariamente violenta, que podría significar el comienzo de la subversion de las relaciones sociales. En ese sentido, la insurrección es más bien un desencadenamiento social, que va más allá de una generalización de la revuelta o los disturbios, pero que ya lleva en su negación el principio de un nuevo mundo, o al menos debería. Es precisamente la presencia de esa tensión utópica la que ofrece algún asidero frente a la vuelta a la normalidad y la recuperación de los roles sociales después de la gran fiesta de la destrucción. Por tanto, está claro que la insurrección no es una cuestión únicamente de los anarquistas, a pesar de nuestra contribución a la misma, nuestra preparación, nuestras perspectivas insurreccionales son sin duda importantes y quizás serán, en el futuro, decisivas para impulsar el desencadenamiento de la negación hacia una dirección liberadora . En un mundo que cada vez se hace más inestable, estos temas difíciles justamente deberían volver al primer plano, y renunciar a encerrarnos a priori dentro de cualquier gueto identitario y a conservar la ilusión del desarrollo “de la fuerza” de las siglas colectivas y la “unificación” de los anarquistas dispuestos a atacar, conviertiéndose entonces irremediablemente en la negación de todas las perspectivas insurreccionales.

Para volver al mundo de los frentes y las siglas, podríamos por ejemplo hablar de la referencia obligada a compañeros presos como una señal clara de los mismos dentro de un marco de restricción de la exclusiva auto-referencia. Parece que una vez encerrado por el Estado, estos compañeros no son compañeros ya que estamos, pero son precisamente ‘encarcelados’ camaradas. De esta manera, las posiciones en los debates que ya es difícil y doloroso se fijan de una manera que sólo puede tener dos salidas: o la glorificación absoluta de nuestros compañeros presos, o el rechazo absoluto, que puede rápidamente convertirse en una renuncia de desarrollo y pone en práctica solidaridad.
¿Sigue teniendo sentido seguir repitiendo que nuestros compañeros presos no son colocados por encima o por debajo de otros compañeros, pero son simplemente entre ellos? ¿No es notable que, a pesar de las muchas luchas contra las cárceles, la corriente actual es de nuevo saliendo con “políticos” los presos, el abandono de una perspectiva más general de lucha contra la prisión, la justicia, …? De este modo, corremos el riesgo de completar lo que el Estado ya estaba tratando de realizar en primer lugar mediante el bloqueo de nuestros compañeros hasta: convirtiéndolas en puntos de referencia abstracto, idolatrado y central, que se les aísla de la guerra social en su conjunto. En lugar de buscar maneras de mantener los lazos de solidaridad, afinidad y complicidad a través de las muros, poniendo el todo radicalmente en el seno de la guerra social, la solidaridad se está reduciendo a la cita de nombres al final de una reivindicación. Se genera un movimiento circular bastante vicioso sin demasiadas perspectivas, una escalada de ataques “dedicados” a los otros, en lugar de encontrar la fuerza en sí mismos y en la elección de cuándo, cómo y porqué intervenir en determinadas circunstancias.

Pero la lógica de la lucha armada-ismo es implacable. Una vez puesta en marcha, parece que ya no queda nada por hacer. Todos aquellos que no se unen o no asumen su defensa, son asimilados a los compañeros que no quieren actuar ni atacar, que someten la revuelta a los cálculos y las masas, que no quieren esperar y rechazan el impulso de meterse aquí y mantener la llama encendida. En el espejo deformador, el rechazo de la ideología de la lucha armada se hace rechazo de la lucha armada en sí. Evidentemente, nada de esto es cierto, pero como hay muchas orejas que quieren entender eso, el espacio para la discusión queda seco. Todo se reduce a pensar en bloques, a favor o en contra, y el camino, según nosotros el más interesante, el del desarrollo de proyectualidades insurreccionales, está definitivamente dejado de lado. Para alegría de los libertarios formales y los pseudoradicales que como las fuerzas represivas, no desean nada más que la desecación de este pantano.

¿Cómo se quiere todavía hoy discutir sobre las proyectualidades cuando el único ritmo que se da a la lucha se está haciendo la suma de los ataques reivindicados en internet? ¿Quién está todavía en busca de una perspectiva que quiere hacer algo más que devolver algunos golpes? Y, lo repetimos, no hay ninguna duda allí: dar golpes es necesario, aquí y ahora, y con todos los medios que creemos adecuados y oportunos. Pero el reto de desarrollar una proyectualidadad, que apunta a intentar desencadenar, entender o profundizar las situaciones insurreccionales, exige un poco más que sólo la capacidad de dar los golpes. Eso exige el desarrollo de ideas propias y no repetir lo que otros afirman; la fuerza de desarrollar una autonomía real en términos de recorrido de lucha y de capacidades; la búsqueda lenta y difícil de afinidades y la profundización del conocimiento mutuo; un cierto análisis de las condiciones sociales en las que actuamos; el valor de elaborar hipótesis para la guerra social para no correr más detrás de los hechos, o de nosotros mismos.
En pocas palabras, no se exige únicamente la capacidad de utilizar ciertos métodos, sino sobre todo las ideas sobre cómo, dónde, cuándo y por qué usarlos, y todavía ahí en una combinación necesaria con todo un abanico de otros métodos. De lo contrario, no quedarán más anarquistas, sino sólo una serie de roles muy tristes y circunscritos: los propagandistas, los ocupantes ilegales, los luchadores armados, los expropiadores, los escritores, los vándalos, los manifestantes y así sucesivamente. No habría nada más doloroso que nos encontrarnos tan desarmados, frente a la inminente tormenta social por venir, que cada uno dispusiese de una sola especialidad. No habría nada peor que tener que constatar en la explosiva situación social, que los anarquistas se ocupan demasiado de su pequeño jardín propio para poder ser capaces de contribuir realmente a la explosión. Que gusto más amargo darían las oportunidades perdidas cuando, por focalizarse exclusivamente en el guetto identitario, se renuncia a descubrir a nuestros cómplices en la tempestad social, a forjar las lineas de ideas y prácticas compartidas con otros rebeldes, a romper con todas las formas de la comunicación mediada y la representación para abrir un espacio de verdadera reciprocidad que es alérgica a todo poder y dominación.

Pero como siempre, nosotros nos negamos desesperar. Sabemos que todavía muchos compañeros tantean, en el espacio y el tiempo en que todo espectáculo político es consecuentemente desterrado, las posibilidades para atacar al enemigo y poder forjar vínculos con otros rebeldes, a través de la difusión de ideas anarquistas y de propuestas de lucha. Probablemente es el camino más difícil, porque nunca será reconocido. Ni por el enemigo, ni por las masas y con toda probabilidad ni por otros compañeros y revolucionarios. Pero tenemos una historia dentro de nosotros, una historia que nos une a todos los anarquistas que obstinadamente se siguen negando a dejarse incluir, ya sea dentro del movimiento “oficial” anarquista o en el reflejo de lucha armada-ista del mismo. Los que siguen rechazando separar la difusión de nuestras ideas de la forma en que se difunden, y tratan así de desterrar toda mediación política, la reivindicación incluida. Los que están poco interesados en saber quién ha hecho esto o aquello, sino lo que les une con su propia revuelta, con su propia proyectualidad que se expande en la única conspiración que queremos: la de las individualidades rebeldes por la subversión de lo existente.

20 de noviembre 2011

http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/19142

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