[Paloma Villegas] El feminismo desvastador

“Su argumentación corre parejas con un sortilegio. Es posible escaparse de un argu­mento refugiándose en la magia, y de un sortilegio refugiándose en la lógica, pero es posible también aplastarlos a ambos al mismo tiempo, y más cuando son una misma cosa, magia viva o destrucción del mundo que no destruye sino que cons­truye.”

Kafka

 

Empezó como un regreso a los cuerpos adolescentes, el puro disfrute de la femini­dad recién descubierta, la complicidad de las colegialas. El grupo feminista, un pecu­liar espacio para los juegos prohibidos: dis­positivo verbal y estructura organizativa. De las consignas generales de la década (lo personal es político) y la euforia en violar las costumbres militantes y mentales (el que habla de la revolución sin referirse a la vida cotidiana, habla con un cadáver en la boca), de la fe en las palabras que es credo generacional: el famoso pequeño grupo de concientización. Cinco a diez mujeres que nos reunimos una vez por semana para di­lucidar qué tiene de común, de social y de femenina nuestra experiencia personal. Relectura de los recuerdos familiares, de la biografía amorosa y sexual, de la angustia actual, de los problemas cotidianos, labo­rales, domésticos, médicos… Estableci­miento de un tipo general de enfrenta­miento-problemática-incomunicación con un(los) hombre(s). Intercambio minucioso de conocimientos y desconocimientos so­bre la fisiología y psicología de la sexuali­dad. Especificación femenina de lo social: enajenación, opresiones, lenguajes, meca­nismos de poder, ‘explotación, adiestra­mientos, calidad de la vida, imágenes del cuerpo, política de los sentimientos. El feminismo como experiencia física: el cuerpo repentinamente interrogando como signo esencial e inicial (“mujer”); como primera marca en el mundo,,como aglo­meración dé marcas recibidas, obligato­rias, como impronta de vida en sociedad y molde de la historia personal. Nada más aparentemente natural para una misma que el cuerpo (allí donde aún no es con­ducta): de pronto criticable; fenómeno de una Mismidad, una gran Costumbre detes­tada. Parálisis. Gestos abortados. Tentati­vas. Ensayo de disfraces, travestismos, im­postaciones. Lo social una y otra vez im­preso en el corte de ese paso, en el impulso de esa cadera, en la velocidad de esa son­risa: ¿qué feminidad, cuando has dejado en el ropero una, dos, tres feminidades? Transformismo tenso, compartido, vigi­lado por las otras. ¿Hasta dónde la mirada crítica del grupo? ¿La provocación que mi cuerpo lanza a las miradas públicas y lega­les? ¿Mi propio diseño de “mí misma”? Por eso, no sujetos, apenas cuerpos; por eso titubeantes (ni naturaleza, ni expre­sión), fenómenos. Fenómenos de una Nueva Feminidad: es decir, otra vez, el cuerpo transido de socialidad. Una expe­riencia física perturbadora, creativa y dis­ciplinante a la vez, compartida con las otras mujeres que constituyen el cuerpo de lectoras de este Nuevo Código (gestual, in­dumentario, verbal, sensorial, sentimental, etc.)

La reunión era alegre, confusamente tran­quilizadora y excitante, protectora y deci­siva: un espacio donde todo puede pasar, donde hay riesgo y deseos, como una fiesta a los dieciséis, quiebra de la fijeza coyuntu­ral. Primavera del narcisismo, de la seduc­ción, del peligroso juego de espejos: nuestras similitudes afinan nuestras diferen­cias, nuestra jerarquía. Baile de valores nuevos y confusos que atribuirse y repar­tirse. Ruptura, mediante las palabras allí dichas y escuchadas, no sólo del mayor o menor silencio de cada una de nosotras ante sí misma (silencio de la edad adulta que sucede al obsesivo yo, yo, yo de la ado­lescencia), sino de la lealtad callada o los discursos circulares de cada pareja y del se­creto adiestramiento en sociedad. Cambio de tono de todo lo hasta entonces dicho o pensado y carga de valor histórico e ideoló­gico sobre cualquier esbozo de autobiogra­fía, sobre cualquier sociología instantánea o morosa, sobre cualquier mínima actitud en que descubrir lo viejo o lo nuevo… In­terpretación original de todo, radical por vocación y alcance.

Proscrita la mudez, creada o deseada esa nueva complicidad, el grupo ha de recibir, leer, comentar, amar lo dicho. También lo fuerza, lo compara y lo juzga. Las valora­ciones irrumpen en desorden, en cada frase, contradictorias o infundadas. Cada frase, cada imagen, crea modelos y nor­mas. Un discurso ideológico, inacabado pero poderosísimo, arrasa con las viejas nociones opresivas para también invadir y regimentar brutalmente amplias zonas de desconocimiento o de inconsciente, de mie­dos o de insatisfacciones, hasta ordenar de­seos y amparar resentimientos. Emana del núcleo, el grupo que habla, voz colectiva y estratificada; es peligroso y acogedor por­que el juego que en él se desarrolla es fuer­temente libidinal y sus juicios angustiosa­mente inapelables (sobre todo por implíci­tos); porque otorga la bendición a lo más violento, a lo más colérico, a lo más prác­tico y guerrero, rara vez a lo más autocrí­tico (del grupo mismo), y rara vez reco­noce dialécticas. Núcleo sacralizable tam­bién porque está socialmente atacado (so­bre todo al principio), porque se inviste el prestigio de lo perseguido, se carga de ra­zón. Porque recupera las culpas de quienes han abandonado las viejas militancias per­sonalmente redentoras. Porque para perte­necer al grupo hay que cumplir un desafio personal, social, conyugal, intelectual. Porque el nuevo discurso refiere y des­monta opresiones muy graves, y roza do­lores muy profundos y agudos, carencias abismales, deseos arrebatadores y vitales. Para muchas mujeres, el feminismo[1] fue una historia aniquiladora de amores des­graciados que dejó poco tras de sí y que las devolvió a la conyugalidad antes traicio­nada o a la soledad más desértica, o se sos­tuvo tercamente transformado en anquilo­samiento doctrinario y vital.

 

Any day now, any day now I shall be released

Dylan / Midler.

 

Todo está bien, inicialmente, al interior del grupo. Todo orden o desorden mental, toda novedad o repetición, todo gesto y su contrario, todo tono de voz chirriante o manso, agresivo o tímido, todas las inca­pacidades, nerviosismos, balbuceos, histe­rias, desplantes y vanidades, son obligada­mente aceptables.

Poco a poco, se (re)establecen jerarquías. Se repiten con no tan paradójica insistencia las del mundo exterior (en la denuncia, “viejas” o mejor aún, “masculinas”): hay las mujeres que hablan o escriben mejor; hay las socialmente mejor situadas para aparecer, firmar, declarar, acceder a los medios; hay las que tienen más dotes (o más necesidad) de organización; las que muestran “vocación” de mando; las más bellas o más atractivas, las intelectual o po­líticamente más “preparadas”. El grupo resiente la pervivencia de esos valores que él no ha creado, que proceden de un orden exterior e impugnado: su aspiración de ab­soluto es de un utopismo desesperado, be­llo en su perspicacia.

Además, hay las que llevan más tiempo en grupos feministas, las más informadas o las que han cumplido un camino personal admirable (un divorcio, un cambio de la organización doméstica, una incursión ha­cia o contra la maternidad, una excursión por una sexualidad distinta…). Estos sí son los valores propios del grupo y en ellos va formándose el modelo. Una dialéctica es consustancial al femi­nismo: denuncia una situación socialmente impuesta que sólo se podría modificar a partir de una revuelta colectiva, y a la vez propone y valora las sublevaciones y rup­turas personales, las “soluciones” indivi­duales. Supone la opresión ineludible de todas las mujeres pero exige a sus miem­bros la revisión y la subversión inmediata de sus vidas. En tanto que verdaderamente existen para muchas mujeres condiciones objetivas de cambio voluntario, en la me­dida en que efectivamente se han modifi­cado en las últimas décadas muchas es­tructuras que forzaban la sujeción feme­nina, esa exigencia era sin duda válida. En la medida que pretendía igualar a todas las mujeres, pasando por alto diferencias de país, clase y funciones sociales, era enga­ñosa. Además, el filo del cambio se tra­duce al interior del movimiento en una ur­gencia de modelo: el fantasma de la mujer (ya) liberada preside todos los grupos: la invención apresurada del ideal fue la in­vención de valores y normas contradicto­rias, falibles y escasamente revisados.

 

I. Misandría

Oh sister, when I come to knock on your door

you should not treat me like a stranger

Dylan

 

Como primera medida, las mujeres tenía­mos que reunirnos sin los hombres, a solas. La argumentación que justificaba esta clausura fue al principio instintiva y muy discutible (“La presencia de los hom­bres hace que las mujeres no se atreven a hablar”; “Ustedes ya han hablado, bas­tante, ahora nos toca a nosotras”), pero la decisión fue sin duda acertada. El espacio creado no era meramente un ámbito ver­bal (donde “hablar’“); era básico para la formación de una conciencia colectiva fe­menina (ser para sí de las mujeres) y la ex­periencia política había probado que era imposible lograrla de otro modo; ese bus­carnos como mujeres unas a otras fue un gesto fundador incuestionable. Como or­ganización o movimiento el feminismo no podría haber existido de otro modo.

Pero la exclusión de los hombres tomó ca­racterísticas de condena a perpetuidad. Poco a poco se cegó la dialéctica que exigía el contacto con ellos. La prolongación de la clausura creó una asfixia cada vez mayor y veló la existencia misma de una realidad muy distinta de ese ambiente femenino. Las mujeres teníamos que haber sabido que excluir a un sexo deforma las cosas. Que estábamos cultivando nociones sin correlato objetivo (el “mundo de los hom­bres”, el “mundo de las mujeres”: aún se habla así). Estábamos tratando de olvidar que teníamos que enfrentar, diariamente, nuestro condicionamiento, al hablar, vivir, trabajar, hacer el amor, educar hijos con los hombres, e incluso amar a éstos. Crea­mos un espacio artificial que, ante todo, nos gustaba, como los hombres gustan de los ambientes exclusivamente masculinos que nosotros detestábamos y cuyos valores tan bien criticamos. Al perpetuar la exclu­sión durante años y, extenderla a ámbitos ajenos a la organización del movimiento como tal, al desdeñar la confrontación co­lectiva, y disfrutar de la escasas instancias en que las mujeres tenían el poder de ex­cluir, ese encierro remitió a la pura i­rrealidad. Vivir espacios artificiales puede ser incluso recomendable e inspirador (como cualquier delirio o autoengaño tiene su lado fértil), pero seguramente no es buen punto de partida para actuar sobre una realidad que no prescinde del otro sexo. Ese “mundo de los hombres”“, meta­fórico, era simplemente el mundo exterior y mixto, el mundo tout court: comparti­mentado y dificultosamente heterosexual cuyos apartados queríamos romper. Mu­chos grupos femeninos (y no sólo los de las “radicales”’ o los de las homosexuales) se dieron la satisfacción pueril de prohibir a los hombres la entrada en sus bares, libre­rías, funciones de cine, etc. A veces, in­cluso, la cuestión condujo al enfrenta­miento violento. Nunca se dijo que ello se hacía simplemente porque se consideraba saludable que un sexo descansara del otro, siempre se argumentaron miedos o resen­timientos más o menos disimulados, y al final sólo una incuestionada costumbre.[2] Todo ello remite al problema general del feminismo, que en parte define tendencias en su interior; ¿hasta dónde queremos cambiar la vida, eliminar las estructuras de opresión, el silenciamiento, las comparti­mentaciones, y hasta dónde sólo queremos apaciguar el resentimiento, participar del poder? La inversión vengativa conformaba un gesto ideológicamente inviable a la vez que conmovedoramente banal.

 

II. Lo femenino es bello

situar la violencia en el otro, si existe y cuando existe, no nos exime de analizar y desmontar la violencia que ejercemos sub­repticiamente, sin dar la cara como el di­cho dice, con nuestro silencio y nuestras reiteradas renuncias, con nuestros cuerpos y nuestras pasiones tantas veces entrega­das al ejercicio de la posesión de los demás…

Mabel Piccini

 

Tras un primer movimiento (muy rico y lúcido) de crítica al modelo de feminidad establecido, que implicaba nuestro someti­miento, nuestras pérdidas, nuestra prisión, nuestra falta de derechos y posibilidades, reapareció el problema: 1) Ser femeninas significaba aceptar la opresión, ser mascu­linas (es decir, imitar el modelo de mascu­linidad dominante) nos repugnaba: noso­tras no queríamos adiestrarnos para opri­mir; 2) Muchos rasgos de la feminidad es­tablecida nos parecían valiosos, y habría­mos querido liberarlos de la sumisión que era su precio. Primero, no soportábamos que características deseables, que nos eran atribuidas, fueran despreciadas al rechazar en bloque, como conjunto coherente, todos los rasgos tradicionalmente femeninos. Se­gundo, creímos que si la feminidad im­plica una condición oprimida y no-poder, en ella debían encontrarse los caracteres deseables para el “ser humano” ideal y, ante todo, para la “nueva mujer”. Así por ejemplo, suponíamos femeninos la falta de afán competitivo, el desinterés, la vocación de belleza, la valoración de lo efímero, lo no productivo, el contacto artesanal con las materias, la gracia, la ternura, la gene­rosidad, la comprensión, la expresividad, la ausencia de orgullo, la intuición, etc. Mientras un feminismo despreciaba de un solo golpe la feminidad, como molde fabri­cado para esclavizarnos, como diseño para nosotras peligroso que sólo daba armas al “enemigo” (y como culto de la influencia y el irracionalismo); otro se dedicó a procla­mar que el modo de ser femenino (aunque nos fuera impuesto) era mucho más va­lioso que el masculino (enteramente demo­nizable) y que por tanto no debíamos sacri­ficarlo a cambio de la “libertad”. El hecho, a veces reconocido, de que las mujeres practicasen también la astucia, la manipu­lación y la mentira aparecía superficial­mente justificado o explicado por el exceso de su opresión.

Al analizar las funciones de la mujer en la esfera doméstica, y las figuras que en ella ha de adoptar, como parte de la carga, del trabajo, femeninos, pasamos por alto el hecho de que “el poder masculino mani­fiesto tendría su contrapartida en lo que podríamos llamar el poder femenino invisible[3] y de que este poder es grande y se ejerce en toda la esfera que paradójica­mente seguíamos considerando benefi­ciada por la feminidad. De hecho, ese po­der invade, (de)forma y entrega al miedo la afectividad, los cuerpos, la debilidad, el de­seo de felicidad de los hombres y de las mujeres. Es papel de la mujer la vigilancia sobre el espacio doméstico, su centraliza­ción jerárquica y puritana, la orientación de la afectividad y la sexualidad de hijos e hijas hacia la funcionalidad y el arribismo sociales. Es consustancial a su función el adiestramiento en el chantaje y la manio­bra bajuna ante el poder formal de los hombres en la esfera privada, lo mismo que el respeto acrítico a la autoridad, el conservadurismo militante, la enseñanza y la práctica del temor y la humillación. Este trabajo de la mujeres hasta hace poco for­zoso, es lo que torna verdaderamente in­fernal su condición, de la misma forma que el horror de la condición masculina no está sólo en que resulte invivible y misera­ble para ellos sino en que los obliga a opri­mir: tal vez más lamentable aún el papel de la feminidad que ha de transformar en mentiras las instancias más entrañables de la vida, que se le confían condicionada­mente.

Sabemos que la feminidad implica la debi­lidad no sólo como condición sino como autodefensa, como trampa; implica dere­chos cuestionables más que virtudes. Por ejemplo, las mujeres tenemos acceso a la ternura, la exclusiva sobre su autorización, licencia para utilizarla para nuestros pro­pios fines, adiestramiento para invertirla y cobrar sus réditos. Estamos tan lejos como los hombres, o más, de una ternura ho­nesta y deseable. En la medida en que no podemos prescindir de ella como arma, no podremos regalarla ni suscitarla honrada­mente. Así también, tenemos derecho al contacto físico con los hijos, a acariciar, a acariciarnos entre nosotras, pero también a convertir la caricia en lazo o en hueca mecánica. Tenemos el poder sobre la be­lleza y oportunidad de comercializarla, como se nos reserva el uso de la expresivi­dad, las habilidades de la seducción, los goces narcisistas, el salvoconducto del miedo. Temibles víctimas: no sólo mítica­mente temibles como vampiresas, brujas o vaginas dentadas, sino doméstica, actual, minuciosamente sumisas y poderosas.

No ahora, como reivindicación de autono­mía feminista, sino también en su versión tradicional (“aunque el reiterado dictamen psicoanalítico, pedagógico, jurídico nos lo haga olvidar”) (3), la mujer ha tenido el po­der de hecho sobre la reproducción, la ex­clusiva de la maternidad no ya en su sen­tido biológico (en absoluto libre hasta hace poco) sino en lo que de riqueza, placer fí­sico, seguridad afectiva, posibilidades crea­tivas tiene realmente. Ni en el caso de los hombres ni en el de las mujeres la falta de libertad implica ausencia de poder. En ese poder y esos derechos las mujeres han sido crueles, castradoras, mentirosas, y sólo ex­cepcionalmente amantes. La mayoría de sus gestos para con los hijos son blanda­mente autoritarios, insidiosamente atemo­rizantes (“te vas a caer”), dulcemente enca­denadores (“ven con tu mamá’). La mujer cumplida no discute, se queja; no com­prende, “perdona”; no enamora, obtiene un espejo. De esos valores atribuidos a las mujeres no hay uno que no sea funcional a su poder y a la opresión de todos. Olvidar esto es pagar tributo a última hora al sis­tema que así nos lo ha impuesto, es capitu­lar de todo intento de cambio. Fortificarse en la solidaridad feminista (que cierta­mente constituyó una fuente de apoyo ge­nerosa) para recomponer el derecho a ese poder es volver a capitalizar la opresión sin salir de ella. El feminismo partió de una “misoginia” razonada que debería haber sido incorruptible, como lo fue el rechazo de la masculinidad oprimente.

La liberación de todos esos “valores” que estábamos obligadas a encarnar y utilizar sólo habría sido posible en una intensa dia­léctica con aquéllos que supuestamente ca­recían de ellos. Si es imposible partir del blanco, de una repentina mujer sin cuali­dades, sólo la confrontación con la sed de ternura y de debilidad de los hombres po­día forzar la invención de una ternura bise­xual, una debilidad honesta por ambas partes. Pero en cuanto adquirió poder como discurso, el feminismo no sólo de­clinó esa confrontación que debió ser obse­siva, insistente, sino que la proscribió por inútil o la desdeñó como concesión al ene­migo. De ahí un feminismo triunfalista que se finge victimado en su aislamiento: feminidad recobrada, tranquilizante regreso.

Así también la maternidad feminista en sus dos opciones. O bien, “Hemos de pres­cindir del útero para ser personas” (como sí sólo del útero hubiera que prescindir al negarse a tener hijos). O bien: “Podemos tener hijos sin los hombres, todo lo que hace falta es un espermatozoide opor­tuno”: más allá de la rabia que lo adorna, este punto de vista implica una justificada declaración de autonomía pero no un pro­yecto de felicidad muy viable. Lastimosa­mente, tras cinco o seis años de materni­dad autónoma, las madres voluntaria­mente solteras empezaron a descubrir -tras alguna excursión o contaminación psicoanalítica- que a sus hijos(as) les fal­taba la “figura paterna”, como si carecie­ran de alguna vitamina peculiar.

Sin duda, la maternidad tenía que plan­tearse de un modo radicalmente distinto que hasta ahora. Por lo pronto, había de ser voluntaria, de donde las luchas por la anti­concepción, el aborto, la educación sexual. Con lucidez, muchas feministas rechazaron la primera reacción más elemental que ve en la reproducción el posible origen de todas las opresiones y por tanto se niega a prestarse a ella (así lo plantean aún muchos grupos). Pero la opción inversa, la idea de la maternidad en solitario implica también una renuncia y no sólo la afirma­ción de una posibilidad recién abierta.

Desbancar la paternidad y sus legalidades, bisexualizar la maternidad, inventar una filialidad no sometida, una protección no autoritaria ni chantajista, una reproduc­ción no matrimonial, androginizar o hete­rosexualizar la ternura, lo físico, el goce, el amparo: tales son los sueños que resulta­ron frágiles ante el resentimiento, el can­sancio, el deseo de poder sobre los hijos, el desamor, el ansia de justificarse vital­mente… En cuántos casos ahora, de nuevo, la maternidad monstruosa: esta vez, feminista y víctima, feminista y he­roica, renovadora en las mañas de su apa­rente sinceridad, modernamente abnegada en su soltería…

Al acusar mecánicamente a los hombres por su ausencia en la esfera de los afectos (ausencia que les es impuesta y que es mo­dificable), al atribuirles la violencia, el de­seo de poder, la dureza y el egoísmo que mutatis mutandis compartimos, renunciá­bamos de hecho a toda esperanza de cam­biar la vida. Renovamos su exclusión y nuestra miseria al expulsarlos de nuevo, esta vez “feministamente”; vindicativa­mente, como quien sabe lo que hace, de la maternidad, del amor, de la utopía. Para llegar a este tipo de postura claudica­toria, se atravesó un complejo proceso de enfrentamientos mal planteados, retroali­mentaciones de la impotencia, delirios sec­tarios. La transitoria liberación y la apa­rente lucidez que disfrutábamos al interior de los grupos había de confrontarse ense­guida con la necesidad cotidiana de vivir con los hombres y de cambiar los términos de esa vida, transformación que era el sen­tido último del esfuerzo feminista. De nuevo la cuestión es dialéctica: la relación con los hombres está mediada por la socie­dad de un modo complejo que entendimos bien, pero la posibilidad de la transforma­ción no sólo está en incidir sobre esa me­diación (no está sólo en exigir lo social y políticamente exigible), también depende de la confrontación directa con ellos, de la utilización de las muchas instancias en que el cambio inmediato es posible. Dos cosas habrían sido necesarias para ello: abstenerse de institucionalizar el desprecio y el silenciamiento discriminatorio y, sobre todo, mantener la (auto)crítica de la femi­nidad en vez de mostrarse cada vez más dispuestas a pactar con ella siempre que propusiera facilidades y no desventajas. Versión feminista de la masculinidad: po­breza de los criterios dedicados a la conde­nación, triste curso de la inercia en que la distribución inveterada de los rasgos de ca­rácter florecía de nuevo en un obvio se­xismo invertido. Así, al contrario que con la feminidad, ninguna parcela de lo mascu­lino era recuperable, pero no porque todo en ello fuera funcional y complementario de lo femenino (en la universalidad de la opresión), sino superficialmente resentido, concretamente acusado en -cada individuo varón. Son masculinos (más aún, machis­tas, intencionadamente masculinos y dis­criminatorios) si proceden de un hombre, tanto un piropo como una exigencia meto­dológica, una reacción colérica o un cor­tejo activo (y no deseado), la aspiración a ser escuchado y a recibir atención (si estoy ocupada en otra cosa), el gusto por el cuerpo de una (otra) mujer, un relato es­crito desde la primera persona masculina (si no me elogia a gusto mío), una con­ducta impetuosa en la cama o una con­ducta autocontemplativa y tranquila en la cama (según mis preferencias de esta no­che), la renuncia a autoanalizarse (y a dar pie a mi oratoria), un ataque de celos, un desastre culinario, una “traición” amo­rosa, el malhumor con un niño que llora. Este discurso enloquecido y enloquecedor gozó y aún goza de la credibilidad culpable o acusatoria de miles de mujeres y hom­bres. Bajo la manifiesta validez del plantea­miento crítico feminista se cobijaron innu­merables oportunismos, injurias, prejui­cios, absurdos; aún hay que maravillarse del poder de convicción que tuvo ese plan­teamiento para lograr que tantos hombres aceptaran los insultos y el silencio que les reservaba.

Sin deseo de cultivar el melodrama, es im­prescindible recordar que los hombres que sufrieron esta discriminación no fueron los autocomplacidos modelos de la mascu­linidad criticada, sino los que optaron por vivir de cerca el proceso feminista, los que colaboraron, escucharon, escribieron, cambiaron, cocinaron, cuidaron de los niños. El feminismo fue también devasta­dor para muchos de ellos, dado que fue también su experiencia. No es posible re­clamarles ahora una responsabilidad que casi siempre, de un modo u otro, se les obstaculizó. Está claro que para colectivi­zar su problemática tendrían que haber ac­tuado junto a las feministas y no, imitán­donos, por su cuenta. Si el feminismo fue beneficioso para muchos hombres, las fe­ministas no pueden atribuirse mayor mé­rito por ello. No vale tampoco aquél fre­cuentado “Nosotras no tenemos que libe­rarlos a ellos” porque no se trató de un de­lito de omisión (en sí misma destinada al fracaso), sino de la construcción activa de un nuevo discurso sexista y discriminato­rio.

III. Lo viejo y lo nuevo

Yo no hago el amor con los órganos

M.P.

 

La más compleja aspiración feminista fue la conquista de la sexualidad femenina, larga sombra, marea retenida y negada, torturada y temida. “Descubrimiento del propio cuerpo (colectivo)”: anatomía, fisio­logía del placer y de las hormonas, sínto­mas de la psicología que demanda o que se le impone a ese cuerpo, historia de las le­yendas y atrocidades de que ha sido objeto. La sexualidad de las mujeres, abierta a la investigación y a la experimentación y a una nueva alegría. Motivo inmediato de reivindicaciones sociales (educación, anti­concepción, aborto).

Y objeto también de “reivindicaciones se­xuales”. Por ejemplo, reivindico mi dere­cho a saber que tengo un clítoris, y reivin­dico una manera clitoridiana de hacer el amor. Reclamo, ante los hombres como género y ante cada uno como espécimen, tales o cuales rasgos de una nueva sexuali­dad de las mujeres como género, mía como espécimen: derecho a la iniciativa, a la actividad a la búsqueda de mi placer, a la promiscuidad (es decir, a todas las caracte­rísticas hasta ahora propias de la sexuali­dad masculina); exijo atención, suavidad, respeto de mi ritmo, de mi autogestión, de mi sensibilidad, y conocimiento general de mi (nuestra) anatomía. Niego la fidelidad como naturaleza, la fecundidad justificato­ria, la frigidez virtuosa, la obligación de la dulzura decorosa.

Del conjunto vago y móvil de esos rasgos que queremos posibles y que suponemos originales de la eroticidad femenina, y del corpus científico recién difundido y co­mentado, surge un credo feminista sobre la sexualidad de las mujeres, una doctrina sexológica. Entre sus premisas más gene­rales: el orgasmo vaginal es un mito, el punto más sensible del cuerpo sexual de la mujer es el clítoris, la penetración sólo sirve al placer masculino, la penetración es un gesto de dominio por parte del varón y exige vocación de sumisión por parte de la mujer. Esa doctrina, racionalizada como ideología, defendida como identidad, pos­tulada como consigna sólo impugnable en la penumbra del placer personal, tiene in­mediata aplicación al análisis de la vida se­xual de cada mujer y cada pareja. Entre los primeros gestos de una feminista se cuenta la discusión con su compañero sobre la sensibilidad de ella y el comportamiento sexual de ambos: protesta, diálogo cuyos términos se crean y endurecen al hablar, rupturas, exploraciones.

El feminismo produjo nuevas investigacio­nes psicoanalíticas y brillantes críticas al psicoanálisis y a las sexologías de consul­torio que desconocían la fisiología feme­nina, explicaciones sobre la forma en que los cuerpos están transidos de socialidad y de míticas imágenes, bellos elogios del cuerpo femenino y de su capacidad para el goce; pero como toda ideología hasta ahora, en cuanto a la sexualidad, el femi­nismo crea una nueva normatividad tras un primer movimiento liberador. Conver­tido en doctrina y potenciado en sexología, produjo inquietantes filípicas contra las mujeres que todavía (el tiempo siempre está a favor de las ideologías) hacían el amor de tal o cual manera, aberrantes ma­nifiestos “a favor” del clítoris (súbitamente objeto de mayúsculas o de poemas), sor­prendentes clasificaciones de los hombres en “suaves” y “hombres”, convocó para muchas mujeres la obligación del orgasmo o de los orgasmos o de un tipo de or­gasmo; estableció formulismos de alcoba nuevos pero cómicos; sirvió de base a ago­tadoras argumentaciones sobre los defectos del “hacer” sexual o de tal o cual indivi­duo… No mejoró por sí mismo ninguna relación sexual concreta (aunque, benéfica­mente, interrumpió muchísimas, y modi­ficó los términos de poder en que esas rela­ciones se plantean): difícilmente una ideo­logía podría conjurar el placer, aunque pueda expresar infinitamente su ausencia. De ahí las dificultades de la transforma­ción deseada y su secuela de renovadas frustraciones. Con amplia documentación científica, opiniones expertas, recomenda­ciones precisas e ingenuas, terminolo­gía y jerarquías magisteriales y (re)moralizaciones de las partes del cuerpo, se elabora y aplica una sexología. Con todo el cuerpo personalmente vivido y cono­cido, sin miedo y sin dictámenes, y con los propios e intransmisibles miedos, la histo­ria y las figuras de ternura y belleza, con todos los órganos y con los que el capricho y la inspiración iluminan momentánea­mente, con imaginación y empatía, con narcisismo y arrobo, con penetraciones por todas partes y mutuas, se hace el amor gozosamente.

El credo sexológico feminista estuvo po­tenciado por el elemento homosexual, que a menudo se descubría su abanderado avant la lettre, y que radicalizó al femi­nismo en muchos sentidos pero en mu­chos, también, lo congeló en un rechazo a medias colérico a medias resignado de todos los contactos, vínculos, enfrenta­mientos y dialécticas heterosexuales. Bajo el influjo lésbico, la sexología feminista sólo tenía que dar un paso más (hacia la impracticabilidad): la heterosexualidad es voluntad de sometimiento, es complicidad con el machismo, es incoherencia ideoló­gica. Así la heterosexualidad en lo sexual y amoroso; pero el trasfondo del problema es siempre el mismo: el feminismo en su auge y su crisis propiamente política no lo­gra cambiar el mundo y sueña con abste­nerse de él; esa vacilación entre amargura y pureza habita los cuerpos y alberga los lechos en su inadecuada cuadrícula.

Con el tiempo he visto que tengo que

dar a las mujeres instrucciones para

el descenso sobre mi cuerpo…

 

En su investigación sobre la sexualidad, el pensamiento feminista repitió la omisión del sexo masculino. Institucionalizó una ignorancia de la sexualidad masculina en el supuesto erróneo e interesado de que ésta era ya ampliamente conocida puesto que los hombres habían hablado de ella sufi­cientemente y/o el discurso sobre esa se­xualidad formaba parte de la sexología do­minante y/o los nuevos planteamientos que los hombres intentaban y han inten­tado desde siempre, y también desde su lectura del feminismo, eran readaptaciones de su voluntad de poder. Sin embargo, es evidente que los hombres tampoco tienen acceso a un conocimiento amoral de su cuerpo, que su experiencia no es de liber­tad y que la ideología dominante no rodea de menos leyendas ni menos prohibiciones a la sexualidad masculina.

Ignorar esa ignorancia, carecer de esa cu­riosidad, es un gesto incoherente en el dis­curso feminista. Si la sexualidad de la mu­jer es una “gran desconocida”, no es por­que falte un discurso al respecto sino por­que ese discurso es “falso” (la mujer no es pasiva aunque un inmenso número de mu­jeres estén obligadas a serlo), por tanto hemos de “inventar” una sexualidad de la mujer que sería “verdadera”, o al menos nueva, libre de las viejas sujeciones. Y en efecto: la inventamos, colectiva y no perso­nalmente, demasiado rápido, la afirmamos a partir de criterios que debieran ser sólo negativos, la caracterizamos bastamente y nos pusimos a la tarea de lograr parecer­nos a ese modelo y a padecer de culpas y vergüenzas si no lo lográbamos. Pero no nos preocupamos de preguntarnos si había una “verdadera” sexualidad masculina que “inventar”.

Y si lo hicimos fue sólo a partir de nues­tras propias exigencias (coyunturales, ego­céntricas o ideológicas): si yo he de ser cli­toridiana, necesito una masculinidad mas­turbatoria; si he de ser activa, requiero un compañero experimentado; si quiero mi derecho a la iniciativa, necesito que el otro decline su derecho al rechazo; si deseo que se respete mi ritmo, prefiero una pareja disponible. Quiero el derecho de gozar del otro, pero no la responsabilidad de su goce; quiero vía libre para buscar mi pla­cer, pero no quiero adorar, perseguir, arriesgarme al ridículo y la humillación; quiero autocontemplarme no sólo en el es­pejo y en todas las miradas (como hasta ahora) sino también a mis propios ojos, en el ardor y en el éxtasis. No quiero enfren­tar ningún misterio en el cuerpo, en la sen­sibilidad de los hombres: quiero la versión simple, dispuesta, fácil de satisfacer, redu­cible, manejable, de lo fálico. (Quiero hacer desaparecer el falo de todos los paisajes, pero me aturdo si no lo encuentro.) Quiero una sexualidad masculina suavizada, do­mesticada, ideológicamente obligada a atender a mis deseos.

Si creó una sexualidad femenina nueva o modificó el discurso en torno a la antigua, la concepción común y propiamente fe­minista de la sexualidad de todos no fue más allá de pretender la inversión del po­der (y del saber). No sin perspicacia, las fe­ministas hallaron que el descubrimiento de su opresión les daba, en los ambientes de su práctica sexual, el derecho al lenguaje, y que en la sexualidad quien tiene el lenguaje tiene el poder.

Cuando se adoptaba tal “machismo feme­nino”, ni la “solución” o la “coherencia” homosexuales, esa doctrina sexológica condujo al reducto común en que pararon las devastaciones del feminismo: el pla­ñido de las víctimas. Aunque reivindicaba el derecho al placer (combatiendo en efecto muchas de las instancias sociales en que no se producen las condiciones objetivas de ese placer), el feminismo no ofrecía (ni ningún discurso ideológico puede ofrecer) más que valoraciones parciales del placer, no elementos para su búsqueda; y como el goce no ha de encontrarse mediante nor­mas ni argumentos, ni mediante una má­gica confianza en las palabras, sino que ha de buscarse en todas partes, incluso allí donde parecía imposible a los criterios se­xológicos, en todos los campos de riesgo de la vida, en todas las honestidades, rupturas y comodidades, y en el propio e irrenun­ciable deseo, sólo se recurrió al feminismo como (muy adecuado) instrumento de queja.[4] Buena medida del tono clínico de denunciatorio de la nueva sexología en­tronca con la decisión de irresponsabili­zarse del propio placer analizando los moti­vos de su imposibilidad.

Restos de la antigua decencia, en ese sólo hablar del cuerpo femenino; temor a exhi­birse deseosas del cuerpo masculino, pu­dor de exteriorizar la adoración o la in­quietud que despierta. Pudibunda exigen­cia de dulzura, de cariño y respeto, como principio y fin de la sexualidad. Nunca mostrar el celo, el hambre de un cuerpo masculino. ¿Qué sexualidad asumen las mujeres no hablando más que de sí mis­mas? ¿Cómo, si el otro fuera verdadera­mente deseado, podrían exigírsele tantas eficacias, y nunca preguntársele su vulne­rabilidad, su seductibilidad más allá de la costumbre? Si las mujeres logramos ena­morarnos alguna vez de algo que no fuera nuestro propio reflejo, no medió en ello la autista, austera, sexología feminista (aun­que sí el impulso general al feminismo, su tendencia hacia la conquista de un yo fe­menino que también podría haber sido un yo deseante, enamorado). Pero el discurso feminista sobre la sexualidad no se plan­teó, como necesario punto de partida, la mujer ante el cuerpo masculino deseado, por más que insistiera en que el “deseo” no era propiedad masculina. Este “deseo” aparecía en ese discurso como sin objeto, como si no quisiera confesarlo, o como una circunstancia fisiológica. Si no lo su­ponemos implícito (dis-culpado) en la me­tafísica propiamente amorosa (“heroínas” del amor pasión), nos sería difícil encon­trar un discurso sexual de las mujeres so­bre los hombres. Y el feminismo clausuró aún más esa posibilidad, esa libertad, ce­gándose al cuerpo masculino, rechazán­dolo como símbolo de la opresión, o insis­tiendo en el cuerpo femenino como único deseable.

En lo sexual, el feminismo fue inmensa­mente valioso en su sentido negador. De­bió ser sólo destructor de mitos, destructor de métodos, imposiciones y enseñanzas, directamente opuesto a toda normatividad o recuperación moral de la sexualidad. Tampoco tiene ninguna utilidad si se parte de una resignación fundamental que busca rápidos culpables donde harían falta len­tos, variados, atrevidos, gozosos aprendi­zajes.

 

IV. Líbranos del amor

una filosofía del amor allí donde no ha de esperarse sino su afirmación

R. Barthes

 

En los sesentas, la tradición moderna que considera al amor como revolucionario (versión surrealista: el amor contra la “vida sórdida”; versión miliciana: “el mundo cambia cuando ojos se besan”), combina la noción de amor por la humani­dad (haz el amor y no la guerra) con la rei­vindicación de la sexualidad libre, y sólo en apariencia asume la defensa del amor pa­sión. Como conjunto, estas tres instancias de lo amoroso se someten a una misma politización, una renovación de su signifi­cado ideológico. Así en una sociedad de so­litarios, unidimensionales y competitivos, el amor (por personas concretas, por el gé­nero humano) es revolucionario, colectivi­zador solidario. En una sociedad repre­sora de la sexualidad, que enseña a temerla o a invertirla para el futuro, la libertad se­xual implica revuelta, escándalo público, resistencia de particulares. Del amor pa­sión en cambio no puede hacerse politiza­ción alguna ni vocación colectiva ni desmi­tificación de valores establecidos como no sea el rechazo de toda obediencia que desde siempre le es propio indiferente a la ideo­logía dominante como a la moral revolu­cionaria, recoge y asume en cada instancia sólo su propia tradición, la de todos los amantes de la historia; es marginal pero privado, atravesado por la socialidad que le es contemporánea y también impermeable a ella, a la vez en íntima disputa con la his­toria e igual a sí mismo: ahistórico. No se le puede valorar moral o políticamente más que desnaturalizándolo, exigiéndole que sea otra cosa; pero su fuerza está preci­samente en negarse a ser otra cosa, en ne­garse a servir.

El modelo amoroso que proponen las ideo­logías, un ideal fraterno que supone una sexualidad desdramatizada y pacífica, rela­ciones múltiples y desjerarquizadas, aper­tura de la intimidad, verbalización de los sentimientos, colectivización del hogar, los hijos, la economía doméstica. El amor pa­sión, en ese nuevo orden, es una especie de floración deforme que perturba el pano­rama de armonía en que nada es exclusivo más que a riesgo de ser posesivo y reaccio­nario, donde la lealtad es grupal y la libido es circulante.

Además, el feminismo tenía sus propios motivos para encontrar inconveniente al amor pasión. Primero, porque precisa­mente demanda una libertad sexual no (re)moralizable. De ahí el primer conflicto: el feminismo desmontó las piezas de la je­rarquía familiar (si bien desatendiendo la crítica del papel femenino en esa jerar­quía), denunció la competencia entre las mujeres, rechazó la fidelidad impuesta a éstas por el patriarcado, y por el otro ex­tremo prohibió a toda feminista perjudicar los intereses “amorosos” de otra mujer. Con ello llegaba a considerar a cada hom­bre como propiedad de su compañera. Por el mismo camino, siguió considerando a la soltera como peligrosa y exorcizable, bruja entre las brujas como entre las señoras. Como si se tratara de una ideología adap­table a cada instancia de sufrimiento de una mujer, el feminismo lo mismo podía servir para atacar la monogamia institu­cional que para defender la propia. La li­bertad sexual ganó la batalla sólo a condi­ción de desapasionarse. Lo esencial es la desvalorización de lo amoroso-privado: desvalorización de la pareja en favor del grupo, desvalorización de la atracción sexual o del amor adúltero en favor de inte­reses fraternos (el “amor” hacia las muje­res en su conjunto privilegiado sobre el amor por tal o cual persona). Las ideolo­gías se pueden permitir ser sexualmente permisivas, pero dar carta de naturaleza al amor pasión es renunciar a un espacio que por vocación han de ocupar. Más allá, el feminismo criticó las formas (las normas) del cortejo, de la puesta en es­cena amorosa, su reparto de papeles; hizo su historia, condenó el inventario de acti­tudes que las costumbres exigían de las mujeres en trance amoroso. Propuso for­mas de sexualidad, formas de convivencia, formas de trato, de coqueteo, de lenguaje. Pero no podía proponer formas de pasión. Al desmitificar, releer, combatir, violentar las estructuras que reproducen la opresión femenina, hizo una profunda crítica de la pareja monogámica heterosexual, núcleo familiar. Pero es sabido que la pareja no es el amor, ni siquiera esa pareja es la única posible.

En cambio, coincidió en proponer formas de vida nueva que exigen comportamien­tos sólo concebibles en asociaciones amo­roso-fraternales y unívocas (permanente­mente “cariñosas”), por oposición a la esencia dialéctica, semiagresiva, cuasi-au­torrenunciatoria, peculiarmente egoísta, del amor pasión, el ideal feminista tendía confusamente a parejas fraternales si no a las convivencias grupales, comunas, etc.

Ese modelo de relación amoroso-fraternal suponía la subordinación de fuerzas cier­tas, como los celos, el deseo amoroso de te­ner hijos, la pasión monogámica, la rivali­dad, la complicidad de los amantes frente a “los demás”… Intentaba uncir esas fuerzas a la claridad y univocidad de la nueva mo­ral. Como su intento resultaba repetida­mente vano, en cuanto la pareja reorgani­zada y revisada o inmersa en el grupo se encontraba de nuevo en la particular ten­sión amorosa, las feministas recuperaban el lenguaje de la queja o de la acusación ideológica, confundían las lamentaciones amorosas con reivindicaciones y, si obser­vaban desde fuera, encontraban a toda mu­jer enamorada defectuosamente feminista, voluntariamente sometida. La patética conclusión fue que el amor es un lazo me­diante el cual los hombres nos oprimen, nos someten cuando ya no tienen otro re­curso; amarlos es embriargarse y cegarse; si nos fuerza a soportar y desear la cerca­nía del tirano, librémonos del amor.[5]

Al parecer, el amor pasión y las desdichas o felicidades que de él se derivan no son so­cial y políticamente analizables en última instancia. Si pueden llegar a serlo, segura­mente no será a base de negar su existencia ni de advertir contra el amor como contra una falta o caída. Esto último no es sino una repetición del viejo gesto burgués que lo condena por improductivo o indecente, o al juicio cristiano que lo tacha de idola­tría, defección del amor (comunitario) a Dios. Así también, el ir y venir de la atracción por múltiples objetos amorosos a la pasión por un solo cuerpo no implica una opción entre posturas ideológicas contrarias, sino la alternancia de estados amorosos (de los que “no cabe sino la afirmación”).

En la práctica el feminismo cargó el vínculo amoroso entre dos personas de una vigilancia ideológica paralizante y de peculiares obligaciones disculpatorias, y contribuyó al miedo al amor que marca hoy la promiscuidad recién ganada.

La actual vuelta a la privatización implica más una renuncia de lo público que una valoración de lo privado. Si los dialectos psicológico-políticos, que servían para analizar la vida privada y que llenaron la cotidianidad con sus amplificaciones de la minucia y su adscripción de cada gesto al progreso o retroceso de la historia, están hoy fatigados, no por ello los valores que los fundaban y la moral que respiraba en ellos tienen menos aceptación. Así, la inti­midad con una o dos personas puede ocu­par toda nuestra atención, pero nuestra desconfianza hacia la validez de esos vínculos (de dependencia, de complicidad aisladora, de vergonzante cuasi-monoga­mia, de cuestionable posesividad) es la misma; como no podemos oponerles valo­res colectivos y los proyectos grupales se han hundido con estampidos o con gemi­dos, les oponemos valores “individualis­tas”: así la soledad como heroísmo, la au­tonomía como prenda intocable, la habita­ción o la casa propias como espacio vital. Y los amores no-comprometidos, efíme­ros, múltiples. Porque da miedo y pereza volver a entrar en ese laberinto, eso mismo “que ya sabemos y se acaba”, ese tejido de falsedades, necesidades, exigencias, meca­nicidades, en que nuestras convicciones son vulnerables: cuidémonos del amor, en este extremo acobardamiento.

V. Sálvese quien pueda

La gran borrachera ha terminado. La feminista del grito vuelve a casa. Se sienta, depone banderas y cintas, re­flexiona con angustia sobre sus labo­res, revaloriza el ámbito privado. Un día nos preguntarán cómo ha termi­nado esta historia del feminismo, como ha sido que, a una tal furia de esperanza haya seguido una indife­rencia hermana del nihilismo.

María Antonieta Macciocchi

 

El feminismo que queda se decanta hacia la profesionalización, hacia el anquilosamiento dogmático de la tendencia “radical”, o hacia la domesticación. Queda el feminismo oficioso de las muje­res que lo vivieron como una carta blanca de inmunidad intelectual, ideológica, se­xual, profesional. La confusión que para algunas fue fértil y para otras devastadora, fue para muchas secundaria, porque lo principal era haber descubierto un código nuevo en el que siempre tenían razón, un lecho cómodo para todas las mediocrida­des, un medio de vida y de hacer carrera. Como postura reivindicativa, como lectura verosímil de las psicologías, el feminismo está agotado. Como crítica de lo cotidiano y de las “evidencias” ideológicas fue un punto de vista de enorme fuerza y riqueza. Como catálogo de actitudes tiene hoy un regusto envejecido y oprimente. Atravesó una variedad fascinante de posi­bilidades y se fue quedando al final con de­masiado pocas, demasiado resignadas. Si hemos de desexualizarnos, masculinizar­nos, desmaternizarnos, homosexualizar­nos o refugiarnos en un convento de muje­res victimadas, ¿dónde está lo nuevo, la posibilidad recién creada? Si el feminismo sobreviviente concluye que sólo cabe inventar un mundo aparte, feminizar la sexualidad (suavizarla) porque no es concebible la androginia y porque la visión unívoca (femenina) de la sexualidad prohíbe considerarla igualitariamente violenta y tierna, simbólicamente contradictoria y al­ternante; si hay que renunciar a la mater­nidad, porque ya no sabemos cómo, dónde, con qué deseos, en qué convivencia, para qué esperanza, desde qué cuerpo tener hijos; si hay, que prescindir del amor que nos captura en las manos del más fuerte, vigilar la aparición de ese hongo maligno, la pareja, ese desconocido temible, lo mas­culino; si esto es así, el fracaso es evidente, está ya asumido en la sustancia misma de esas posturas. Fracasamos si no tenemos más; recurso que cerrar los ojos para ex­cluir a los hombres, porque sigue potencial e imperturbada nuestra debilidad, nuestra incambiada vocación de víctimas; o si hemos de hacer de machos, cosificar a los hombres, defender como “hombres” nues­tro alto destino de profesionistas, re-legis­lar y re-milificar la sexualidad, si no hemos arrebatado al poder patriarcal nin­gún espacio en que vivir de otra manera…

Entre tanta invención e imaginación, no habríamos descubierto ni creado sino nue­vas, normas, nueva moral, nuevas prohibi­ciones, exclusiones resentidas o temerosas, autorrenuncias y caminos de santidad, ho­mosexualizaciones doctrinales, fisiologías fijas, sentimientos obligatorios, fórmula de condena, pecados de última hora, retórica socialmente reconocida: miedo a repetir lo que no podríamos repetir, terquedad en recrear lo viejo allí donde suponemos lo nuevo.

Lo que permanece es la difusión amplísima del feminismo como ideología, rica en variantes como en incoherencias. El fe­minismo participa de la crisis del psicoaná­lisis, de la crisis del marxismo. Sus cuentas con los discursos establecidos no están sal­dadas ni se ha modificado la realidad social de millones de mujeres. Como movimiento se ha disuelto en su mayor parte, aunque las modalidades de la desmoviliza­ción son numerosas. Integra un nuevo sentido común pleno de gestos excesivos que ya no son criticados, sino que obedecen a una incuestionada mecánica; sigue produciendo, como un aparato pensante de compuesto, un discurso repetitivo que sólo se demora en bizantinismos teóricos o en exaltados y sorpresivos re-plays. Como de tantas militancias, es cierto del feminismo que lo mejor está en las mujeres y los hombres que lo abandonaron para intentar otras formas de crítica y de invención de la vida. En la desmovilización general, “el fe­minismo institucionalizado que muere es sustituido por la revuelta molecular, invi­sible desde el exterior, en las costumbres, la sensualidad y las relaciones con el cuerpo, con la palabra… Nada se olvida en lo más hondo de una coraza caracterial ex­perimentada que se ha ido formando en estos años.” (M.A.M.) Nada se olvida: si hemos rescatado el cuerpo de su empleo en la reproducción, del dolor en el aborto, la imposición y la costumbre del coito, del traje sastre matrimonial, del encierro noc­turno, de la protección masculina en la ca­lle y en el viaje de la necesidad de la com­pañía, de la belleza robotiana, el femi­nismo no es en absoluto un pasado renun­ciable, aunque sea ciertamente un presente incompartible.

 


[1] Muchas mujeres vivieron procesos seme­jantes sin haber asistido nunca a los grupos… Por su capacidad de contaminación social, el feminismo es mucho menos minoritario dejo que se cree. Lentamente el discurso feminista imitó el sentido innovador, el encierro y el es­tilo del grupo.

[2] En muchísimos casos; el temor a la presen­cia inhibidora de los hombres era claramente paranoico, demostraba más una incapacidad ya consagrada que una intención política: he visto a un conjunto de ciento cincuenta muje­res cerrar la única ventana del local en que se reunían, y optar por asfixiarse, porque por esa ventana se asomaban dos hombres para escu­char en silencio (La Sal, Barcelona 1979). También se hicieron revistas sólo de mujeres, es decir no sólo dedicadas al tema de las muje­res sino sólo a cuanto ellas hicieran: ensayos teóricos, notas de libros, crítica teatral, cine­matográfica y artes plásticas sobre y por las mujeres. Como énfasis es comprensi­ble; como revistas eran malas, porque más que vincular o descubrir aislaban extrañamente fe­nómenos de una realidad que no se había par­tido en dos en absoluto. Ni siquiera para con­formar un marco teórico del feminismo es po­sible excluir a los autores varones.

[3] Mabel Piccini: “Notas para la discusión”, conferencia inédita.

[4] Evidentemente, ello no obsta para la justi­cia de la protesta homosexual por la persecu­ción de que el lesbianismo es objeto, ni para el conocimiento por parte de las lesbianas de for­mas específicas de la opresión de las mujeres y del funcionamiento de la ideología patriarcal.

[5] Puede argüirse que esta formulación es ex­clusiva del feminismo llamado radical y, desde luego, que su proposición teórica proviene de las homosexuales, pero no puede negarse que casi todas las feministas intentaron un reorde­namiento de su convivencia en términos fra­ternales o sustituyeron el discurso amoroso por el análisis feminista (antes de renunciar al trato con el otro sexo o cada vez que lo reem­prendían).

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