[Enrique Santamaría] La “revuelta de las banlieues” y la imagen massmediática del inmigrante en España

En otoño del 2005 irrumpieron espectacularmente, generando un gran escándalo entre las audiencias españolas, los “disturbios” que en algunas ciudades francesas se habían desencadenado con motivo de la muerte de dos adolescentes que intentaban zafarse de un control de identificación policial. Estos “disturbios”, que fueron reiteradamente presentados como la “crisis” o la “revuelta” de las banlieues, pusieron de relieve las tensiones, conflictos y antagonismos que, a veces de manera silenciosa y otras de manera sumamente estruendosa y espectacular, atraviesan y conforman las ciudades y los barrios de los autosatisfechos países europeos2.

Estos episodios colectivos violentamente espectaculares, y espectacularmente violentados, que sorprendieron y escandalizaron, pero también fascinaron, fueron emitidos y diseminados a lo largo y ancho del planeta por los medios de (in)formación masiva, haciendo de ellos una “noticia transnacional” (Colombo, 1997, p. 120), que, hablando de unos jóvenes que se rebelaban y mostraban su ira e incluso su rencor y odio, viajó más allá de las fronteras del Estado-nación francés. Lo que aquí nos proponemos considerar no son, pues, los acontecimientos que tuvieron lugar en algunos barrios de algunas ciudades francesas, con sus causas y discurrires, sino lo que los medios españoles mostraron (y lo que, al mismo tiempo, ocultaron y silenciaron, haciendo invisible, inaudible e incluso impensable) cuando intensiva y fascinadamente informaron sobre ellos. El tema sobre el que nos hemos propuesto reflexionar, y sobre el que dar qué pensar, no es, por lo tanto, dichos episodios de violencia colectiva en sí mismos, sino el modo en que fueron recibidos y resignificados por los medios de (in)formación masiva españoles y otros discursos que en ellos se expresan, y la contribución que esto tuvo en el ya largo proceso de construcción de esa excluyente figura social de la alteridad que es la del “inmigrante”.

Pero, ¿¡qué está pasando en Francia!?

Como acabamos de apuntar, nuestra intención no es escrutar unos determinados aconteceres sociales, por muy llamativos que éstos fueran, sino, que es llamar la atención sobre cómo a la hora de dar cuenta periodísticamente de unos sucesos que han tenido lugar más allá de las fronteras españolas, se produce una intensiva apropiación y resignificación en clave local, de tal manera que lo que se pone de relieve, más allá de los aconteceres que están en liza, son algunas de las preferencias, inquietudes y/o temores sociales e informativas que esos acontecimientos evocan o provocan en “otro lugar”; en otra formación social – y en ciertos sectores de la misma, que son los que tienen capacidad de hablar o de hacerse oir en los medios de (in)formación masiva. De este modo, la cuestión clave radica, desde este punto de vista, en intentar establecer cuál era la verdadera “noticia”, el hecho noticioso, sobre la que daban cuenta los medios en España al informar de los “disturbios” en las periferias francesas. Cuál era el acontecimiento sobre el que informaron de manera tan profusa, sorprendida e incluso escandalizada. Qué revelaron y difundieron, qué ocultaron y, también, porqué no, qué nos sugieren y en qué nos hacen pensar dichos haceres y decires periodísticos.

En este sentido, se puede decir que durante varias semanas los medios nos dieron cumplida y extensa cuenta del origen y especialmente del desarrollo de los “disturbios” que el 27 de octubre de 2005 se desencadenaron en el barrio de Clichy-sous-Bois, en Seine-Saint Denis, en las afueras de París, como consecuencia de la muerte de dos adolescentes y de las graves heridas sufridas por un tercero al intentar esconderse en unas instalaciones eléctricas para escapar de un control de identificación policial. La furiosa indignación, la ira, que dichas muertes provocaron entre los vecinos desembocaron en enfrentamientos con la policía, en incendios de automóviles y contenedores, en diferentes destrozos del mobiliario urbano y otros quebrantos. Así mismo, los medios nos dieron puntual cuenta de cómo, en los días siguientes, y en especial a partir del 8 de noviembre, los “disturbios” se fueron extendiendo a otros barrios de la periferia parisina y de otras muchas ciudades francesas como Amians, Bourdeos, Dijon, Estrasburgo, Lille, Lyon, Niza, Orleáns, Perpiñan, Rennes, Rouen o Toulouse.

Durante estos días, los denominados medios de comunicación social (in)formaron pormenorizadamente de los miles de coches incendiados, de las decenas de instalaciones públicas y privadas atacadas o destruidas, de los lanzamientos de piedras y otros objetos contra la policía y medios de transporte, de la declaración gubernativa del estado de emergencia, de las más de tres mil personas detenidas, de las decenas de años de prisión pronunciadas por los tribunales, de las propuestas y contrapropuestas que pretendían salir al paso de la situación y de los debates en caliente que unas y otras suscitaban. Asistimos también a todo un abanico de explicaciones muy diversas que pretendían dar cuenta del fenómeno recurriendo a causas mejor o peor fundadas, más o menos exóticas o fantasmáticas, pero entre las que predominaban las de carácter étnico, las político-religiosas, las sociocarenciales o incluso las criminales, asimilando eso sí siempre los acontecimientos con la falta de integración social de las poblaciones inmigrantes, con sus voluntades y pautas culturales.

Digamos que la “violencia urbana” hizo cobrar existencia social e hizo visibles algunos malestares sociales, algunas de las desazones, desesperaciones, resentimientos y odios que recorren y conforman la cotidiana, y aparentemente tranquila, vida en las cada vez más neoliberalizadas e insegurizadas ciudades contemporáneas. Unos malestares que, como nos dice Patrick Champagne (1995), si bien “sólo tienen existencia visible cuando los medios hablan de ellos, es decir, cuando los periodistas los reconocen como tales”, estos malestares sociales “no se reducen a los meros malestares mediáticamente constituidos ni, sobre todo, a la imagen que los medios dan de ellos cuando los perciben.” (Champagne, 1995, p. 51)

De esta suerte, y especialmente para el caso de España, el sentido que cobraron los acontecimientos, articulaba los poderosos ecos que se hacían oír más allá de las fronteras locales y nacionales francesas, con la proyección y la consolidación de una serie de representaciones, anteriormente formuladas y diseminadas, en especial por los propios medios y los discursos políticos, pero también por estudios académicos, sobre la “inmigración” y los migrantes, con los que, a través del recurso a las segundas y terceras generaciones, se identificaba dichos acontecimientos.

Leyendo, oyendo y/o mirando las informaciones y comentarios periodísticos pareciera como si la airada actuación de los jóvenes, anticipadamente rotulados por el ministro del Interior francés como chusma o escoria (racaille), habría surgido de manera totalmente inesperada, inadvertida. Los “motines” se vinieron a (re)presentar como algo inaudito, del todo irracional y gratuito (todo y que una consigna repetida a la saciedad por los jóvenes era que Sarkozy se marche); como algo especialmente absurdo, pues, incomprensiblemente, venían a destruir su propio y desolado medio de convivencia.

No obstante, los episodios que estamos analizando no constituían, ni mucho menos, un fenómeno nuevo, radicalmente diferente de otros episodios de violencia colectiva, en los que se habían visto involucrados jóvenes como resultas de ciertas actuaciones policiales, sino que se inscribe en una larga historia de conflictos acaecidos en las ciudades y en los barrios franceses y de otros muchos países. De hecho, como pone de manifiesto el análisis sociológico de la acción colectiva, el recurso a los “disturbios” por parte de quienes están desposeídos de cualesquiera otros medios para representar sus intereses o para expresar su disconformidad e indignación, posee una larga historia y a ello no escapan las autosatisfechas democracias liberales de capitalismo de consumo, como ponen de manifiesto los periódicos conflictos sociales que estallan violentamente en las mismas y que en muchas ocasiones adoptan la forma de virulentas insurgencias urbanas. (Delgado, 2007; Lea, 2007).

De hecho, la verdadera novedad y particularidad de estos últimos “motines” radicaría en la amplitud que alcanzaron: con su número de participantes, su número de acciones, su extensión geográfica y, no menos importante, con la gran visibilidad que le otorgaron los medios, tanto a escala nacional como internacional. En efecto, no podemos entender el impacto que en este ámbito han tenido, si no tenemos en cuenta la retransmisión en directo de muchas de las violencias que se iban produciendo.

No obstante, esta magnífica visibilización y espectacularización de la “revuelta” lo que ha comportado ha sido la magnificación de la misma. Como agudamente nos indica Jean Pierre Garnier (2006), “en términos de escala espacio-temporal, es innegable que la rebelión abierta y masiva de los jóvenes, a quienes un ministro del Interior había estigmatizado como ‘chusma’, ha sufrido un salto cualitativo respecto a las precedentes, aunque su importancia numérica real haya sido un poco inflada.” A lo que añade: “Aunque la rebelión se extendió a cerca de 300 municipios, de hecho, en la mayoría sólo se quemaron algunos coches y containeres y hubo rápidas escaramuzas con las fuerzas de policía que habían llegado de refuerzo. La mayoría de las 750 zonas urbanas que han sido catalogadas como ‘sensibles’ se salvaron de la tormenta. En total el número de participantes directos en los ‘motines’ fue del orden de 15.000, un número relativamente bajo en proporción al conjunto de la población residente en las barriadas, que se estima en 3.800.000 habitantes y donde el porcentaje de jóvenes está por encima de la media nacional.”

Por lo que hace a quienes protagonizaron los episodios de violencia colectiva, en los medios se afirma recurrentemente que, directa o indirectamente, están relacionados con la “inmigración”, pues son chicos jóvenes “de origen inmigrante”. De este modo, si bien ponen de manifiesto que los actores son descendientes de migrantes, constituyendo las conocidas como “segunda y tercera generación de inmigrantes”, los medios relegaron, cuando no simplemente ignoraron, que se trataba de jóvenes franceses de sectores populares, fuertemente afectados por la crisis económica y las transformaciones en la organización del trabajo, de la condición salarial (Castel, 1997 y 2007), y entre los que están sobrerrepresentados los que son descendientes de migrantes poscoloniales. Esto es, se trataba sobre todo de los descendientes o hermanos de trabajadores y consumidores fragilizados laboral y socialmente por la segmentación y desregulación del mercado de trabajo y que se encuentran y/o son conscientes de estar abocados a una condición de precariedad laboral y social, con sumas dificultades para acceder al paraíso publicitario del hiperconsumo. Poniendo el acento en el origen inmigrante, en el origen étnico, de dichos jóvenes, y por lo tanto sobreetnificando las dinámicas y conflictos sociales, lo que se hace es evacuar la cuestión social, en sus nuevas formas; esto es, lo relativo a las clases sociales, a las dinámicas y actores socioeconómicos, que es como si en las formaciones sociales de hoy no existieran o fueran sencillamente irrelevantes.

Además, los medios de (in)formación masiva tendieron a difuminar la responsabilidad policial en el origen y desarrollo de estos episodios de violencia colectiva. En efecto, como nos advierte Laurent Bonelli (2007), “los expertos en ‘violencias urbanas’ tienden a olvidar y diluir muy rápidamente la responsabilidad policial de las violencias colectivas”. Y a este respecto insiste: “La ex comisaria de los servicios de inteligencia policiales Lucienne Bui Trong lo recuerda, a su pesar, cuando reconoce que la policía está implicada – directa o indirectamente – en el desencadenamiento de un tercio de los 341 disturbios registrados por su servicio entre 1991 y 2000. Cifra a la que habría que añadir las decisiones judiciales y los crímenes cometidos por guardias de seguridad privada y por particulares.” (Bonelli, 2007, p. 176).

Este mismo autor, además de recordarnos, como acabamos de indicar, que en la producción del orden/desorden los actores son siempre múltiples, llama la atención sobre la heterogeneidad de una “revuelta” que se (re)presentó como si se tratara de algo simple y sumamente homogéneo. De este modo, nos recuerda que, “desde este punto de vista, los acontecimientos de Clichy-sous-Bois no se distinguen de sus trágicos precedentes, pero han conocido una difusión sobre la que hay que reflexionar. (…) La disminución de estos enfrentamientos [en los otros barrios y entre la policía y pequeños grupos de jóvenes que practican una especie de guerrilla urbana, sin enfrentarse directamente con ella] se debe a que más allá del contexto emocional vinculado a la muerte de alguien cercano (familiar, amigo, vecino, conocido), no se reúnen las condiciones para que decenas, incluso centenares de individuos, se enfrenten a las fuerzas del orden.” Por el contrario, insiste Bonelli (2007, p. 176): “La ira observada en Clichy, al igual que en otros barrios con dramas similares, supera ampliamente a los ‘jóvenes’. Es compartida por un gran número de adultos y de familias, que, si bien no participan en los enfrentamientos, dicen comprenderlos. Lo que es profundamente diferente en una situación en la que un drama se vive a distancia. En este caso, las movilizaciones sólo pueden ser producto de pequeños grupos que se conocen entre ellos y toman otras formas. Una de ellas es el incendio de automóviles.”

Siguiendo con esta cuestión, los motines o la revuelta, que, más allá de la coyuntura política, marcada por una encarnizada oposición entre Nicolas Sarkozy, entonces ministro del Interior, y Dominique de Villepin, entonces Primer Ministro, que ciertamente jugó un papel clave, como pone de manifiesto dicho autor, y que encontraron sus condiciones de posibilidad en unas profundas transformaciones sociales, económicas, con sus importantísimas consecuencias en las condiciones de vida de los obreros que viven en estos barrios, y por tanto también en las identidades de quienes habitan en ellos, encontró resortes para desplegarse en la caja de resonancia que constituyeron los medios de (in)formación masiva, y, muy especialmente, la televisión. En efecto, en el desarrollo y las formas que adoptó la violencia colectiva en otoño de 2005 los medios tuvieron una influencia preponderante, de tal manera que, siendo puntillosamente descrita la dinámica colectiva en la que la movilización de los jóvenes se inscribía, el tratamiento de la información relacionada con la crisis permitió sincronizar, homogeneizar y difundir un repertorio de acciones violentas, acreditando así la ficción de un verdadero movimiento de alcance nacional. (Bonelli, 2007, p. 179-180)

Paisajes para una batalla.

Las narraciones periodísticas sobre los “tumultos”, que se insiste tuvieron lugar en esos espacios de la exterioridad urbana definidos como “la periferia” o “los suburbios”, volvieron a levantar el omnipresente fantasma de la formación de “guetos” de inmigrantes y de las consecuencias nefastas que invariablemente esta conllevaría. De esta manera, los discursos periodísticos y políticos colocaron la noción de “gueto” en el centro del conflicto y lo hicieron como si esta fuera la clave explicativa de lo que estaba sucediendo.

En España, los medios de (in)formación masiva, haciéndose eco de estos discursos hegemónicos en Francia, generaron un verdadero pánico moral, volviendo a formular ese lugar común en los discursos sobre la “inmigración” que es la posibilidad y los peligros de que se formen “guetos” de inmigrantes, un asunto que ya hace tiempo que había cobrado protagonismo en las polémicas sobre la presencia de los nuevos vecinos de origen “extracomunitario” que, desde mediados de los años ochenta, se han ido incorporando a los distintos tejidos urbanos de la geografía hispana.

A este respecto, hay que señalar que la noción de “gueto” no sólo se ha popularizado y banalizado, sino que es fundamentalmente equívoca para aplicar a los suburbios obreros franceses, como pone de relieve Loïc Wacquant (2007). El término “gueto”, que originariamente designaba a las juderías, es decir al barrio en que estaban confinados los judíos, ha ido adquiriendo, con el paso del tiempo, y en gran medida debido a la popularización de algunas de las ideas de la conocida por escuela sociológica de Chicago, el sentido de zona urbana caracterizada por la autoexclusión, el aislamiento y la autosuficiencia de una minoría, y en particular de la compuesta por los “inmigrantes”. Hoy en día la noción de “gueto” evoca ante todo la imagen de los guetos negros estadounidenses tan ampliamente difundida por las industrias culturales transnacionales y se usa habitualmente para hacer referencia a la concentración, a la acumulación, en un determinado espacio de personas o familias procedentes de un grupo considerado ajeno, cuando no inferior, y singularizadas por todo tipo de carencias y desviaciones. De este modo, el “gueto”, que es sistemáticamente asociado a la carencia, el desorden, la marginación, la desviación y el delito, presupone un mundo en sí mismo, aislado, autónomo e impermeable, una gran concentración y homogeneidad poblacional así como altísimos porcentajes y niveles de pobreza, lo que, como muy bien muestra Wacquant (2007), no acaece en dichos barrios, entre otras cosas debido al distinto papel que en Estados Unidos y Francia juega el Estado.

La contrapartida a este obsesivo mitema del “gueto”, con el que se suele asimilar toda agrupación de migrantes, y que en cierta medida estaría vinculado con otros episodios de protesta colectivas urbanas, como en el caso de Francia la de los barrios de Les Minguettes, en 1981, o de Vaux-en-Velin, en 1990, es la idealización del “mestizaje cultural” como forma de regulación de la heterogeneidad social y cultural. En efecto, el gran argumento en contra del “gueto” son las virtudes de la mezcolanza, de la mixtura. De este modo, se da por hecho que mezclar individuos, grupos y/o colectivos tiene efectos beneficiosos por sí mismo, o dicho con otras palabras, se da por sentado que si esas personas no viviesen juntas sus problemas quedarían paliados cuando no directamente solucionados. En este sentido, como nos advierte Manuel Delgado, las políticas “antigueto”, denominadas administrativamente de dispersión, se vendrían a basar en el supuesto de que, en gran medida, la causa del deterioro de dichos barrios no se debe a los procesos de precarización laboral y de desarticulación de las políticas de bienestar, sino a la concentración espacial de pobres e inmigrantes. El problema, pues, nos dirá dicho investigador, no parecería ser tanto la miseria, sino la acumulación excesiva de miserables por metro cuadrado. (Delgado, 2007, p. 152)

Mediante esta caracterización miserabilista y etnicista de los barrios en los que viven los sectores populares, estigmatizados con un término como el de “gueto” que siempre aparece negativamente connotado, se estigmatiza dichos espacios y poblaciones (Wacquant, 2007, p. 209), se evacua toda posibilidad de reconocer la creatividad e ingenio en la diversidad de habitantes de los suburbios franceses (Hatzfeld, 2007) y asimismo se evita percibir que la concentración en un mismo espacio, incluso cuando toma la forma de autosegregación, puede constituir, en ciertas circunstancias, una ventaja para sus habitantes, que encontrarán en la proximidad física continuada un soporte fundamental para aquellas redes de ayuda mutua que les permitan sobrevivir en un universo urbano y social que prescinde de ellos o que les es hostil. De esta manera, recalcará el mismo Manuel Delgado (2007, p. 152), la lucha contra la segregación espacial de los inmigrantes – pero también de otros sectores sociales que conviven en esos barrios – lo es no tanto contra su marginación espacial, sino contra la posibilidad de que esos seres humanos agraviados se agrupen, reconozcan que comparten intereses y objetivos y tomen conciencia de su fuerza y de su capacidad de desplegarla, como periódicamente vienen haciendo en diferentes ámbitos y de diferentes maneras.

La densidad de unas llamas

El coche ardiendo o ya calcinado, por encima de cualquier otro referente, ha devenido el icono por excelencia de dichos episodios colectivos, como lo muestran las insistentes y persistentes imágenes informativas e incluso el echar mano a él en las portadas de algunos de los libros que recientemente se están editando en España sobre los suburbios o las violencias urbanas. La apelación a esta imagen fue una constante de las narraciones periodísticas de tal manera que incluso se llega a dar cuenta de la evolución de los acontecimientos a través del número de coches quemados cada noche. De esta manera, podemos decir que el minucioso conteo de coches devorados por las llamas servía de indicador de la situación y los avatares de la “revuelta”, considerando su estancamiento, desactivación o reactivación en función de ello. El caso es que esta focalización en la cantidad de coches abrasados cada noche, que responde quizás a lo gráfico que resulta recurrir a ello, especialmente en portadas y titulares, o mejor a ser el cifrado un rutinario recurso en la construcción de la objetividad periodística, ha ido en demérito de otras actuaciones y de otras imágenes y hechos noticiosos, y por tanto también de otras narraciones e interpretación periodísticas de los aconteceres.

De esta suerte, el obsesivo recurso a las imágenes y la cantidad de coches calcinados y ardiendo nos conducen a interrogarnos por los motivos por los que se recurre a dichas imágenes e informaciones, y, sin despreciar otras razones, como pudiera ser la fascinación casi arquetípica que parece producir el fuego, hay que señalar el significado social que hoy en día tiene el coche. Lo que dicha focalización pone de relieve es la centralidad que el automóvil ocupa en el imaginario colectivo, y en concreto por lo que hace a la “simbología de la condición social”, de tal manera que en una sociedad capitalista de consumo decimos lo que somos, lo que queremos ser o lo que queremos que piensen que somos a través fundamentalmente de la marca, modelo y gama de coche que compramos y conducimos. El coche es, pues, mucho más que algo que los jóvenes se encontraban en las calles y que tenían a mano, es algo que se hipervalora socialmente y cuya destrucción escandaliza sobremanera, convocando la presencia de los medios. Y de ello son sumamente conscientes los amotinados, como ilustran las respuestas que algunos de ellos dan a los periodistas. Sirva de ejemplo la contestación que un joven de un barrio de la periferia norte de París da a un reportero y que ha sido recogida por Jean Pierre Garnier: “Sabemos perfectamente que también quemamos el coche de un compañero o de nuestros padres. Pero si no los estuviéramos quemando, ¿habrías venido hasta aquí para preguntarnos por qué lo hacemos?” (Garnier, 2006, p. 153)

Por consiguiente, lejos de ser un elemento trivial, la quema de coches y otros destrozos, constituye un elemento para salir en los medios, y, de este modo, cobrar existencia social. Se trata pues de un recurso micropolítico, sumamente efectivo. A este respecto, concordamos en gran medida con Jean Pierre Garnier, cuando afirma, citando las palabras de Denis Marklen, que, los “motines”, con sus formas de actuar, lejos de tratarse de unas movilizaciones “infrapolíticas” o, más generosamente, “protopolíticas”, forman parte de una movilización propiamente política, en la que, como nos dicen, “a través del fuego y las piedras, las clases populares han discutido y hablado a la televisión. Se han mostrado a sí mismas en tanto que personas políticas.” (Garnier, 2006, p. 153)

En apoyo de estas consideraciones, Laurent Bonelli nos recuerda que la quema de automóviles en las ciudades francesas no data del otoño de 2005, ni mucho menos. De hecho, nos dice clarificadoramente dicho autor: “21.900 automóviles fueron incendiados entre el 1 de enero y el 31 de julio del mismo año (una media de 104 por noche), en su mayor parte sin relación con violencias colectivas… Si bien los motivos son múltiples (destrucción de vehículos robados, conflictos familiares [y vecinales], estafas a las compañías de seguros,…), no es menos cierto que, en algunos barrios, esta práctica es habitual. Fáciles de provocar y espectaculares, los incendios (de automóviles, pero, sobre todo de contenedores de basura) tienden a convertirse, para los más jóvenes, en un modo ordinario de protesta. Uno de los pocos de los que disponen estas poblaciones para hacerse oír en un contexto de desorganización y de relegación política. De hecho, el acceso a formas pacíficas de movilización, que caracteriza la pertenencia a los circuitos legítimos de representación, continúa siendo desigualmente accesible según los grupos sociales. El uso de este repertorio de acciones descalificado públicamente no debe confundirse con la delincuencia. Algunos individuos involucrados en los recientes desórdenes tienen, tuvieron o tendrán conductas delictivas. Pero estas son independientes de las dinámicas observadas estas semanas y de sus manifestaciones. Lo que explica que la mayoría de personas llevadas ante los tribunales carezcan de antecedentes.” (Bonelli, 2007, p. 177)

De modelos y síntomas de fracaso.

Otra cuestión recurrente en los medios de (in)formación masiva españoles, y a la que no haremos sino aludir, es la de que “el amotinamiento de los jóvenes de los suburbios” pone de manifiesto la crisis, incluso el fracaso, del “modelo republicano francés de integración”.

Un modelo que, basado en la fórmula republicana tradicional de asimilación y de incorporación cívica (Stolcke, 2004, p. 250), presupone la creencia de que el Estado-nación es un todo unitario, un todo política y culturalmente indivisible, que absorbe o digiere a los individuos que llegan y se instalan en su territorio, haciendo de ellos ciudadanos franceses. Según este modelo, la pertenencia a la nación no estaría basada en la identidad, sino en una ciudadanía que consiste en una adhesión individual a una serie de valores ciudadanos, que tienen que ver con los derechos humanos y la democracia. En este sentido, se insiste, el modelo de integración republicano condiciona la ciudadanía a ciertos valores compartidos y exige una asimilación político-cultural, a cambio de la cual otorgaría igualdad de derechos.

De este modo, el “modelo republicano francés”, basándose en un ciudadano individual y abstracto, niega y estigmatiza las diferencias socioculturales, pues el acceso a la condición ciudadana implica perder la especificidad y adoptar las pautas cívicas de un patrimonio cultural que se considera secular y con respecto al cual el Estado haría todos los esfuerzos para facilitar su acceso y adquisición. Dicho de otra manera, el individuo se convierte en un ciudadano que, en tanto que tal, tiene unos derechos y deberes individuales, sin que sea pensable la heterogeneidad sociocultural, pues las diferencias sociales y culturales son concebidas como algo extraño e incluso hostil a la cohesión y la identidad nacional. Cualquier signo de diferencia – y , por tanto, de disidencia – en torno a este patrimonio políticocultural es susceptible de ser interpretado como imposibilidad o incluso como de falta de voluntad de integración.

Este modo de (re)presentación política y massmediática de los procesos mediante los cuales se cohesiona la sociedad francesa no es unánimemente compartido ni se impone sin conflicto. De hecho, hay que señalar una posición fundamentalista cultural (Stolcke, 1998), esencialista y naturalizadora de la nación francesa, que asimila ésta a un vínculo cultural y sanguíneo, transmitido de padres a hijos, del que hay que decir que, según las circunstancias históricas, se articula de un modo o de otro con la visión voluntarista en tanto que contrato ciudadano. Así mismo, es menester recordar que lejos de presentarse como algo claro y evidente, se produce un conflicto sobre el sentido y la significación de la integración, y así, por ejemplo, analizando los “motines” que nos ocupan, Jean Pierre Garnier nos dice que “si hay crisis, ésta no se encuentra allí [en los desbordamientos de los amotinados] ya que, por el contrario, si han dado prueba de algo es precisamente de su integración, al reproducir ese esquema político clásico en Francia del ‘cambio social’ que habría sido la rebelión de los condenados, antes de que la dictadura del ‘consenso’ le quitara toda su legitimidad. Quizá sea este pasado soterrado el que haya hecho resurgir a la ‘chusma’ de las barriadas, heredera de la plebe de la campiña y del populacho de los suburbios, haciendo irrupción, de manera más ruidosa y espectacular que de costumbre, en un espacio urbano del que hemos terminado por olvidar que podría haber sido para los oprimidos, en nuestro pasado republicano, un verdadero espacio público, es decir, de debates y, eventualmente, de combates.” (Garnier, 2006, p. 161-162)

En un sentido bastante cercano, Gérard Noiriel, por su parte, va más allá y nos dice abiertamente que “no hay modelo” (Noiriel, 2007). Desvelando los implícitos subyacentes a la afirmación de que el modelo republicano francés se encontraría en crisis, nos advierte de que con dicha aseveración se da por hecho que habría un modelo y de que este habría funcionado bien durante más de un siglo, lo que no deja de ser una manifestación de “presentismo”; esto es, una proyección en el pasado de lo que sería constitutivo del presente. Así, nos dice que, sin duda alguna, una parte considerable de la población que hoy en día vive en Francia (seguramente más de un tercio) procede de la inmigración a poco que nos remontemos tres generaciones atrás, pero, a este respecto nos señala que no hay que olvidar que no solo la mayoría de los extranjeros inmigrados a Francia no permanecieron en su territorio, sino que, además, y tomando como referencia a los que se establecieron definitivamente, hablar de un “modelo republicano de integración” es ocultar la dimensión sumamente conflictiva y dolorosa de esa historia, en la que los inmigrantes pagaron la integración a un precio muy alto.

Así mismo, nos advierte que el término “modelo” induce a pensar equivocadamente que la República habría tenido desde siempre un proyecto político de inserción de los inmigrantes, lo que se contradice absolutamente con la realidad histórica. De esta manera, no será hasta los años 1970-80 en que los gobiernos franceses se planteen seriamente, en consonancia con la constitución de la “inmigración” como “problema social” (Sayad, 1991), la cuestión de la “integración” de los “inmigrantes”. Desde finales del siglo XIX hasta las citadas fechas, el papel de lo político en este terreno – como por otra parte en otros – fue mucho más limitado de lo que hoy se suele creer, siendo los “inmigrantes” que pudieron y quisieron permanecer y sus descendientes los que se fundieron en la sociedad francesa sin que los gobernantes y sus expertos interfirieran de modo alguno. De hecho, nos dice Noiriel, la comparación entre Estados Unidos y Francia, dos países de inmigración masiva en el siglo XX, es muy ilustrativa, pues nos permite constatar que en relación con los procesos de integración (medida ésta fundamentalmente a partir de la movilidad social, la práctica religiosa y la fidelidad al idioma de origen) no hay grandes diferencias pese a la gran distancia entre los sistemas políticos de ambos países. Lo que le lleva a concluir que son los propios inmigrantes los primeros artífices de su integración y que ésta se desarrolla en lo esencial en el marco de interacciones locales y depende de numerosos factores, como el origen social, las oportunidades profesionales, los vínculos afectivos que se establecen con el paso del tiempo, etc., y entre los que no cabe olvidar las capitales coyunturas económicas.

¿Puede pasar aquí algo así?… y, ¿cuándo pasará?

Finalmente, lo que verdaderamente constituyó el meollo de la noticia en España fue la intranquilizadora pregunta de si puede pasar aquí algo así; esto es, si dichos sucesos anunciaban un futuro próximo como consecuencia de la cada vez más significativa presencia de “inmigrantes” en este país. Y cuanto de próximo e inexorable era dicho futuro. Este fue uno de los reiterados, por no decir obsesivos, enganches entre los episodios de violencia colectiva y la “inmigración”. Dándose en muchas ocasiones la situación de que después de haberse puesto en duda la relación directa y automática entre “motines” y población de origen inmigrante, se asumía y se contestaba sin impugnar dicha asociación, que si aquí no había acaecido algo parecido era como consecuencia de que la “inmigración” en España era algo todavía reciente y relativamente pequeña en comparación con Francia.

Tan sólo decir, que sucesos similares ya se han producido, y que incluso ello ha sido recientemente – Manuel Delgado (2007) cita, por ejemplo, los enfrentamientos de los vecinos con la policía en el barrio de Los Pajaritos, en Sevilla, en 2002 – y que en adelante pueden producirse, sin lugar a dudas, aunque lo primero de todo habría que ver en qué fundamos esa similitud a la que aludimos. En este sentido, hay dos procesos que me llevan a sostener esta afirmación, y que no tienen por qué implicar necesariamente la participación exclusiva ni preferencial de jóvenes ni de hijos ni nietos de inmigrantes, y que son, por un lado, los efectos que han tenido las transformaciones del mundo del trabajo, que se han traducido en las vidas de los barrios obreros y en las identidades colectivas e individuales de sus vecinos, así como la paulatina transformación de un Estado que, relegando cada vez más su dimensión social – su mano izquierda, diría Pierre Bourdieu (1999) –, recurre cada vez con mayor insistencia a la criminalización y al sistema penal para gestionar las tensiones y conflictos sociales (Wacquant, 2000; Bauman, 2001).

Además, la (re)presentación de los “motines” como algo inesperado, gratuito e incluso absurdo, no sólo hace del conflicto social algo anómalo, sino que lleva a aislar sus manifestaciones como si no formaran parte de un determinado contexto sociohistórico, y, en este caso, de una larga historia de revueltas populares y urbanas, en las que los jóvenes han tenido un gran protagonismo, y de otras muchas movilizaciones y luchas sociales que —como las movilizaciones estudiantiles contra diversas reformas educativas, las luchas de enfermeras o las de parados, las de funcionarios o contra el Contrato de Primer Empleo (CPE) – han tenido lugar en las últimas décadas en Francia, compartiendo, como plantea Stathis Kouvélakis (2007), un cierta coherencia de conjunto al inscribirse e intentar contrarrestar los efectos de la paulatina neoliberalización de la sociedad y política francesa.

Por otro lado, la pregunta asume como implícito que la presencia de migrantes, en cualquier parte y bajo cualesquiera circunstancias, constituye un problema social cuando no una amenaza integral, si no se toman medidas urgentes y excepcionales, para la cohesión social de la nación, diseminando así la sospecha sobre su supuesta naturaleza intrínsecamente peligrosa. De esta manera, la forma en que los medios de (in)formación masiva españoles han (re)presentado y difundido los acontecimientos no sólo han sido difusores de la aliedad o extranjería de los jóvenes que participaron en dichos episodios de violencia colectiva, en particularidad, y de los jóvenes y pobladores de dichas barriadas, así como de todos los “inmigrantes”, en general. Así mismo, han divulgado las soluciones pertinentes para paliar y prevenir posibles estallidos como aquellos, soluciones que oscilan, cuando no articulan, medidas securitarias con reformas social-liberales que, junto a intervenciones urbanísticas, recurren a cambios legales y educativos, en su más sentido amplio, a la denuncia de estereotipos y actitudes racistas y xenófobos y, puntualmente, a medidas antidiscriminatorias de acción positiva; medidas todas ellas que dejan de lado los condicionantes estructurales que son los que, en definitiva, orientan las acciones y el alcance de las acciones que los diferentes actores ponen en juego.

A modo de conclusión

Digamos para concluir que, las narraciones periodísticas sobre los “motines” de octubre y noviembre de 2005 en Francia no sólo han reforzado la idea de que los migrantes, e incluso sus descendientes, son una figura de la aliedad, y por tanto han participado en la extranjerización y etnicización de estas poblaciones, buena parte de ellos nacidos en el propio territorio francés y de padres con nacionalidad francesa, siendo en consecuencia autóctonos como aquellos con los que supuestamente se los contrapone, sino que han reforzado la ya larga estigmatización social de dichos barrios y de sus pobladores, siempre asimilados unos y otros con la carencia, el desorden e incluso con la violencia.

Junto al enajenamiento y estigmatización de dichos espacios y poblaciones, que por otra parte se extiende a escala transnacional en la alteradora figura de la “inmigración” y de los “inmigrantes”, hay que destacar la evacuación imaginaria de la presencia del conflicto social, en sus diversas dimensiones y manifestaciones, como si éste fuera algo anómalo o excepcional (de ahí el constante recurso periodístico y político a “la situación ha vuelto a la normalidad”) en las formaciones sociales y urbanas. En este sentido, la particular forma en la que los medios de (in)formación masiva españoles han noticiado y comentado los acontecimientos se nutrió de —y ha reforzado— un imaginario colectivo ya consolidado en el que la (re)presentación miserabilista y etnicista de la “inmigración” y de los migrantes se viene llevando a cabo desde mediados los años ochenta, haciendo de las llegadas, presencias, movilidades y movilizaciones de los migrantes un grave problema social, de dimensiones europeas (Santamaría, 2002). Una (re)presentación que, como muy gráficamente apunta Jéssica Retis (2006) por lo que hace a los migrantes latinoamericanos, articula en grados variables la compasión y el miedo, proponiendo y diseminando así poderosos motivos para las actuales y futuras acciones tanto colectivas como individuales, en las que, en tanto que consecuentemente temerosas y paternalistas, difícilmente podrán reconocer la capacidad y las justas aspiraciones a la autonomía de los migrantes, en particular, y de los sectores populares de los que mayoritariamente forman parte, en general. En suma, la manera en que mediáticamente se han (re)presentado los acontecimientos aludidos, el modo en que se han (re)presentado sus causas, desarrollos, actores y soluciones, han simbólicamente violentado, en nombre de una absolutista y asimiladora integración, la capacidad que las poblaciones, y entre ellas indudablemente las que participan de experiencias y/o de situaciones migratorias, tienen de autonomía y disenso.


NOTAS

1Docente e investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es codirector del Grupo de trabajo en Socioantropología de los Procesos Identitarios (ERAPI), del Instituto Catalán de Antropología (ICA), e investigador del Grupo de Estudios sobre Inmigración y Minorías Étnicas (GEDIME), de aquella universidad. Email: enrique.santamaria@uab.cat

2En este artículo se exponen algunos de los resultados de mi colaboración en la investigación “A edição do tempo. Um estudo sobre a distensão do acontecimento e sua materialização como presente, passado e futuro no discurso jornalístico sobre a atualidade”, dirigida por la Dra. Beatriz Marocco, de la Universidade do Vale do Rio dos Sinos (Unisinos), y que está financiada por el Conselho Nacional de Desinvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq), del Ministério da Ciência e Tecnologia de Brasil. Una versión preliminar se presentó en el Congreso La imagen del inmigrante en la sociedad española actual, organizado por el Festival de Granada Cines del Sur y el Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada, en colaboración con la Cátedra Emilio García Gómez y la Casa Árabe (Granada, 11 y 12 de junio del 2007), y llevó por título “La ciudad no está tranquila: insurgencias juveniles e imagen mediática del inmigrante en España”.


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