[Chk García] La utopía de la sociedad sin clases I

Nota Introductoria.

Para abordar el tema a discusión que han propuesto los compañeros de Noticias de la Rebelión, es decir, la cuestión de un Programa Revolucionario de Lucha Anticapitalista, queremos presentar nuestra argumentación en dos partes. La primera hablará de las características posibles de una sociedad sin clases, que a nuestro parecer es una utopía presente tanto en las tradición de lucha anarquista como en la tradición de lucha comunista, más cercana al marxismo leninismo -radical. En la segunda parte intentaremos proponer ciertos puntos a discusión que pudiera tener un Programa Revolucionario de Lucha Anticapitalista. Esta segunda parte abordará el tema del estado de transición y de ciertas políticas que éste debería seguir para contener en si mismo un germen de autodestrucción que pudiera garantizar llegar efectivamente a una sociedad sin clases.

Para intentar ser precisos y claros en nuestra argumentación partiremos de cierta metodología que hemos desarrollado en el análisis histórico antropológico de las sociedades humanas, que hemos plasmado en otros textos y que básicamente considera cuatro aspectos principales de la dialéctica histórica, a saber: el modo de producción, estilos y símbolos en las relaciones, estructura social y cultura e ideología.

Primera Parte. La utopía de una sociedad sin clases.

Antes de Sartre y muchos otros, Marx ya planteaba que el fundamento de toda estructura social es el modo de producción de la vida material de las poblaciones humanas. O lo que es lo mismo, es el modo de producción lo que estructura a las sociedades en clases. No obstante, si bien el concepto de clase ayuda a comprender el devenir histórico, hay otras formaciones dentro de la estructura social, que aunque están en relación a la clase, tienen otro origen. Nos referimos por supuesto, a la estructuración de las sociedades a partir de las identidades y es que la realidad no solamente se produce y reproduce materialmente, sino también simbólicamente.

La identidad es un concepto polisémico que alude a fenómenos múltiples ya que no hay una forma de ser, sino distintas formas de ser. La identidad es un fenómeno procesual y cambiante, históricamente ligado a contextos específicos Todas las identidades son identidades diferenciadas, en tanto que se forman contrastativamente en la relación de otros con nosotros. Todas las identidades son también identidades compartidas, es decir, que se forman al calor (afecto) de la relación de unos individuos con otros. El afecto posibilita que consideremos a otros como semejantes o diferentes a nosotros. Obviamente, cuando se rompe el afecto, se rompe la identidad. “El encontrarse con un otro afín es un reencuentro con nuestra propia identidad, ya que supone participar en los valores y símbolos que la definen. Las formas culturales compartidas tales como la lengua, la historia o la religión, […] se manifiestan como vasos comunicantes que vinculan individuos y reúnen colectividades a partir de sus contenidos emotivos” (Miguel Bartolomé)

En Crítica de la razón dialéctica, Sartre explica sobre ciertos “niveles” de estructuración presentes en la sociedad, particularmente en la sociedad capitalista. En la sociedades humanas, nos dice, hay individuos; hay individuos que forman series; hay grupos, hay colectividades y hay clases sociales.

Cómo hemos dicho antes. y volveremos a ello más adelante, si las sociedades tienen como formación principal a la clase, es porque hay una distribución desigual del placer y del dolor, de la riqueza y el trabajo. Digamos que este es el aspecto escencial de las estructuras sociales. Sin embargo aparentemente la realidad es más compleja, puesto que se nos aparece como un conjunto de colectividades caóticas. Hace falta simplemente salir a la calle para corroborar este punto. Dentro de la tal vez infinita variedad de colectividades humanas queremos mencionar algunas muy importantes por su incidencia histórica: las naciones, los pueblos, las comunidades, las ciudades, los barrios, los movimientos sociales, etc. Están entidades son formaciones macro. Al interior de ellas encontramos igualmente una infinita diversidad de grupos. Grupos políticos, grupos étnicos, grupos deportivos, grupos económicos, grupos de familias (familia extensa), grupos efímeros, grupos de género, grupos de afinidad, etc. Los grupos, afirma Sartre, se definen por su proyecto. Habiendo interés de por medio los proyectos definirán la formación de grupos y por tanto su identidad. Cumplido o desaparecido el proyecto, el grupo tenderá hacia la disolución y no habiendo la aparición de otro proyecto, el grupo avanzará hacia la muerte, lo que por supuesto no impide que surjan más grupos. Al hacer historia, al hacer antropología es importante clasificar a los grupos en relación a sus proyectos pues de esta manera podremos entender las relaciones de poder que se entretejen entre los distintos grupos de una sociedad en un momento dado, pudiendo haber un mismo grupos con más de un proyecto. Los grupos son engendrados en la colectividad, al disolverse el grupo sus miembros reingresan a la colectividad. Las colectividades son entonces conjuntos múltiples de individuos y grupos que actúan bajo una misma identidad, que sin embargo son, a decir de Sartre, “síntesis pasiva”, objetos constituidos que se presentan como escenciales a la sociedad “y que su inercia penetra en cada praxis individual como su determinación fundamental […] por la interpenetración previa y dada de todos en tanto que Otros”: los “mexicanos”, los “italianos”, los “veracruzanos”, los “tepiteños”, etc.

Pero dentro de esta compleja estructura hay otro tipo de formaciones: las series. En las series, nos dice Sartre, “Cada uno es el mismo que los Otros en tanto que es Otro distinto de si mismo”, es decir la identidad de cada uno sobre cada uno es serial en tanto que “cada uno es idéntico al Otro en tanto que está hecho por los Otros. Otro actuando sobre los otros”. Hay conductas seriales, hay sentimientos seriales y hay pensamientos seriales: “la serie es un modo de ser de los individuos, los unos en relación con los otros y en relación con el ser común”. En la serie al igual que en el grupo, hay interés común, lo que la distingue de éste es que sus miembros están separados, guardan un orden “aritmético”, donde cada uno es uno más. En la estructura social es posible identificar infinidad de series, que bien puede estar conformadas por más de una persona o por miles o millones de personas, entre las que podemos mencionar, las series de amigos, las series de televidentes, las series de radioescuchas, las series de internautas, las series de pasajeros, las series de consumidores, las series de fans, las series de pasajeros del transporte público, la serie de estudiantes. etcétera, etcétera. No obstante, continúa explicando Sartre, las series se caracterizan por su impotencia, es decir, no tienen proyecto, hay un interés por subirse al transporte, por escuchar o ver tal programa, comprar tal producto, pero no hay una comunicación entre los miembros que permita arribar a un proyecto. Lo que no significa que no pueda haberla, porque precisamente cuando la hay se forman los grupos -como cuando espontáneamente se suceden protestas porque inesperadamente dejo de prestarse algún servicio, el proyecto (aunque efímero) será protestar, reclamar la reanudación del servicio e incluso si el problema no se soluciona puede haber violencia, como sucedió hace unos meses en el metro de Argentina. Otro aspecto importante es que en la series puede haber relación entre los individuos a partir de una reunión directa, o de una relación indirecta, es decir, dependiendo de la presencia o ausencia del individuo respecto de otros individuos en la reunión. Así, en este mundo con amplio desarrollo de las telecomunicaciones, los individuos se reúnen para escuchar o ver en ausencia del otro con el que se están reuniendo. Lo que muchas veces sumado a la difusión que se hace de una ideología dominante termina por castrar a los individuos de su potencial creador. Mucho del control de masas se basa en este mecanismo. No solamente se coloca al individuo en el papel de espectador pasivo y en soledad, sino también se le coloca en un papel “colaboracionista”, donde la apatía y la indiferencia caracterizan su posición política.

Del individuo habría muchas cosas que decir, sin embargo nos gustaría remarcar que el individuo lo único que no puede dejar de hacer es elegir, pues incluso renunciar a la elección es elegir que otro elija por él. El poder de elección es inherente al individuo, por tanto todas las formaciones sociales que se componen de individuos, tienen capacidad de elección, de ahí que de todos y cada uno depende quiénes somos y hacia donde vamos, como clase, como grupo, como colectivo. Los humanos somos
producto de lo que producimos, de lo que elegimos.

Pero regresemos a la clase. El ser-de-clase, a decir de Sartre, como “ser práctico-inerte les llega a los hombres por los hombres a través de las síntesis pasivas de la materia trabajada; es para cada uno de nosotros su ser-fuera-de-si en la materia, en tanto que nos produce y nos espera en cuanto nacemos y en tanto que se constituye a través de nosotros como un porvenir-fatalidad, es decir, como porvenir que se realizará necesariamente por nosotros a través de las acciones, por lo demás, cualesquiera que elijamos. Desde luego que este ser-de-clase no nos impide que realicemos un destino individual (cada vida en particular), pero esta realización hasta la muerte de nuestra experiencia sólo es una de las maneras posibles (es decir, determinada por el campo estructurado de las posibilidades) de producir nuestro ser de clase”. El ser-de clase es objetivamente una forma de ser impuesta, por quienes han tenido el poder de decidir hacia donde gira la rueda de la historia. Los oprimidos hacemos girar la rueda de la historia, pero los poderosos deciden hacia donde va esa historia, por eso es que cuando nacemos ya hay un un porvenir-fatalidad trazado en base a intereses que no responden a las necesidades de la colectividad humana o de los individuos, sino solamente a los intereses de grupos poblacionales dominantes.

La articulación de las distintas clases es posible a partir del Estado. Los Estados son el principal tipo de organización de clase, siendo un instrumento de dominación -consciente, sobre otras clases, así, todo Estado es Estado de clase. Mucho tiempo se pensó, sobre todo en el marxismo leninismo clásico, que había posibilidad de formar un partido de la clase proletaria que pudiera hacerse del control del Estado para dar lugar a una dictadura del proletariado (por vía armada o por vía electoral). Sin embargo esta concepción es errónea por al menos dos razones. Porque considera que la dirigencia del partido es la vanguardia intelectual de la revolución en demérito del poder creador del resto de miembros de la clase, con lo que se da cabida a la posibilidad de nacimiento de un sector burocrático parasitario que lleva al partido a su degeneración (cuestión que ya preveía el comandante Che Guevara en sus escritos económico-políticos); y porque no existe en ninguna parte una identidad de clase enteramente pura, que pueda aglutinar a todos los trabajadores, es decir, la identidad de un individuo está atravesada por su pertenencia a colectivos, a grupos, a series y a las propias actividades que desarrolla el individuo (roles) como acabamos de argumentar atrás. Por no captar en su complejidad este fenómeno muchos teóricos llegaron a afirmar que ciertas identidades étnicas, nacionales, comunitarias, eran un lastre para la revolución, lo cual es falso porque precisamente en una sociedad sin clases estas identidades van pervivir, mientras que las clases habrán desaparecido y no al revés -como intento hacer Stalin. Antes hay que decir, que tampoco los sindicatos, sobre todo en épocas recientes son organizaciones de clase pese a que agrupen a amplios sectores de obreros, la cuestión es que debido al propio desarrollo del sistema capitalista y de la imposición e introyección de la ideología dominante, cada vez más los sindicatos se encuentran estratificados. Arriba la dirigencia parásita, colaboracionista gozando de las prebendas del poder y abajo, el común de trabajadores sobreviviendo en la pobreza. Tampoco queremos demeritar el trabajo organizativo que han hecho distintas organizaciones en el mundo para concretar verdaderas organizaciones de clase, sin embargo, aquí la cuestión es que más bien a éstas organizaciones se les podría considerar grupos (igual sucede con las organizaciones de empresarios) y no precisamente organizaciones de clase a la manera, aunque guardando las distancias, a como lo es el Estado. En este sentido, experimentos como el zapatista en las montañas del sureste mexicano cobran importancia, porque aun cuando ellos no han declarado deseos de independizarse del Estado mexicano para formar su propio Estado, en la práctica se está construyendo una verdadera organización de clase, que le esta disputando palmo a palmo el ejercicio de poder al Estado en el interior de las comunidades indígenas.

La utopía es un análisis social “desde abajo y hacia adelante”, es decir, producido desde la “insatisfacción de los pobres, de la protesta de los oprimidos, del grito de los temerosos, de la muda resistencia de los humillados, de la esperanza de los eternos perdedores” (Esteban Krotz). Así pues, la utopía de una sociedad sin clases es no solamente una disección de las sociedades de clases, que encuentra la razón de la pobreza de muchos y la riqueza de pocos, sino también un planteamiento a futuro. Además tiene la ventaja que está presente, decíamos al principio de este texto, en distintas tradiciones de lucha e incluso en algunas religiones, lo cual puede ayudarnos a salvar diferencias entre distintas posturas políticas para encontrar un camino hacia ella. ¿Qué características pudiera tener esta sociedad sin clases?. Vamos ahora intentar proponer algunas ideas que den pauta al debate.

En primer lugar la sociedad sin clases ha de tener un modo de producción en el que básicamente haya una distribución igualitaria del placer y del dolor, de la riqueza y del trabajo. La capacidad de crear plusvalor es una característica inherente al trabajo humano, por cuanto es posible a partir de él transformar y reproducir la materia-energía. De esta manera en la sociedad sin clases va a seguir habiendo plusvalor y va ha seguir habiendo producción de riqueza y de excedente productivo. El problema entonces es, quiénes son los que quedan con ese excedente, con esa riqueza producida en común. Tanto en el despotismo tributario, como en el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, etc., las clases dominantes acaparan para si ese excedente productivo lo que las hace precisamente ser clases ricas, en demérito de las clases trabajadoras que producen esa riqueza. No habiendo clases ni dominantes ni dominadas, habiendo una distribución igualitaria del trabajo y de la riqueza ese excedente ha de ser distribuido entre los que lo produjeron, los mecanismos para ello en su momento han de ser reflexionados.

Otro aspecto importante que ha de contemplarse en este modo de producción es su eficiencia planeada en el uso de los recursos. Muchos dirán que la eficiencia es una forma de trabajo capitalista, sin embargo hay que hacer notar dos cuestiones importantes. Por un lado la población mundial hoy en día es extremadamente mayor a la de hace 50 años, por otro lado el sistema capitalista ha consumido en esos mismos 50 años enorme cantidad de recursos energéticos naturales, lo que ha llevado precisamente al calentamiento global (entropía) y a la extinción de cientos de especies y ecosistemas. En este sentido la humanidad ha de procurar un uso eficiente de los recursos (lo que incluye la práctica del reciclaje) que aun existen en el planeta, de tal manera que no solamente los rezagos producto de sistemas sociales anteriores puedan ser solventados, sino que además la naturaleza misma pueda renovarse para que siga siendo posible habitar la tierra. Ello dependerá sin duda de que en las sociedades sin clases esté presente y muy conscientemente arraigado el trabajo colectivo en el modo de producción.

Finalmente, dado que la realidad no solamente es producida material sino también simbólicamente por medio de la comunicación. En la sociedad sin clases, al igual que en las actuales, los medios de comunicación tendrán una gran importancia. En la sociedad sin clases, los medios de omunicación, al igual que cualquier otro medio de producción no pueden ser propiedad exclusiva de nadie, por tanto su uso y control deben ser propiedad colectiva para uso colectivo.

En segundo lugar, estaremos de acuerdo en que en la sociedad sin clases habrá otras normas, ritmos y valores que orienten tanto la producción, como la distribución y el consumo. Este otro estilo de vida tendría entre sus pilares la solidaridad, el apoyo mutuo, el respeto, la igualdad, el beneficio común, la libertad, la justicia, la autodeterminación, etc. La cuestión es que estos valores y normas tendrán que ser aprendidos, enseñados, a todos los individuos que nazcan y hayan nacido antes, mediante el dialogo crítico, mediante la educación -como práctica de la libertad-, mediante todos nuestros medios de comunicación al alcance. (Queremos señalar solamente los valores y normas positivos, porque si nos ponemos a nombrar las normas y valores negativos que tienen que ser eliminados, que no tienen que estar presentes en la sociedad sin clases, no acabaríamos…, lo que no significa que los obviemos u olvidemos: por ejemplo, el machismo, pero la tarea de eliminarlos es una tarea de los individuos de hoy y no de los de mañana). Por otro lado, en lo que se refiere a los símbolos, no solamente han crearse nuevos, sino también habrá que recuperar aquellos presentes en nuestra memoria histórica para no perder el sentido mismo de la lucha, de la vida.

En tercer lugar. Sin duda uno de los aspectos más importantes a cuestionarse sobre la sociedad sin clases es cómo estará estructurada. Nosotros pensamos que lo estará de la misma manera en lo están las sociedades de clases, con la salvedad de que no habrá clases que exploten a otras clases, y por lo tanto no habrá Estado (ni ninguna otra organización de clase), y en general ningún tipo de explotación. Pero la cosa no es tan sencilla. Muchos pensarán que en una sociedad sin Estado imperaría el Estado natural descrito por Hobbes donde los unos nos comeriamos a los otros y la competencia descarnada sería ley de convivencia. Sin embargo, es esa ley la que impera ahora, pese a la supuesta mediación civilizatoria del Estado. No creemos que en la sociedad sin clases deje de existir el conflicto. Pero la cuestión más bien es que por medio de cuáles principios políticos se pueden encontrar soluciones. Uno de esos principios es el de la autodeterminación. La libre autodeterminación de individuos, grupos y colectivos para elegir quienes son y que quieren ser, es decir, con capacidad de crear entidades sociales, sin que esto signifique ceder su autonomía a una supuesta entidad superior, es un principio que debe ser ley. Así por ejemplo, los grupos étnicos tendrían derecho a conformar su propia nación, o una comunidad de naciones, sin que por ello se encuentren oprimidos o en desigualdad. Las mujeres tendrían derecho a ser mujeres y formar una pareja heteroerótica y homoerótica, o tener, o no, descendencia, de la misma manera que la tendrían los hombres.

Por otro lado, en lo que respecta a la cuestión del gobierno. Otra vez, la experiencia zapatista, nos ha mostrado que es posible la existencia de “buenos gobiernos”. No queremos adentrarnos en este análisis, simplemente decir que los buenos gobiernos no son una estructura que esté por encima de los “gobernados”, por lo que tampoco serían una burocracia parásita. Los buenos gobiernos son las propias colectividades (naciones, pueblos, ciudades, colonias) autoorganizadas para gobernarse.

Finalmente, en cuarto lugar, queremos referirnos a la presencia de culturas e ideologías en las sociedades sin clases.

Los proyectos civilizatorios habidos en la historia de la humanidad han sido proyectos imperialistas de algunas culturas, en detrimento de otras. La razón superior que los grupos dominantes de estas culturas opresoras dicen tener, además de ser etnocentrica, es de mala fe. Porque no solamente difunden mentiras para justificar su acción dominadora, sino además, se creen sus propias mentiras, de tal manera que ellos estan completamente seguros que lo que hacen y afirman es una verdad y de tal manera que el engrandecimiento de su civilización (y de su Estado) es un fin supuestamente incuestionable. Los Estados que son quienes conducen estos proyectos civilizatorios se valen de distintas estrategias para dominar a otros Estados, o para conquistar territorios en los que la población no está organizada en Estados. La guerra, los chantajes, la manipulación ideológica, la diplomacia, las alianzas familiares etc. son algunas de éstas estrategias civilizatorias.Es el caso por ejemplo del colonialismo del siglo XVI donde ciertos Estados europeos emprendieron proyectos civilizatorios, particularmente en algunas regiones de África, América y Asia, en las que no había sociedades con Estado, pero que sin embargo, ellos llegaron a imponerlo. Y en las regiones que había Estados (cómo es el caso de Burundi, región a la que nos enfocamos en este ensayo) pero no una profunda desigualdad de clase, los colonialistas utilizaron esas mismas estructuras para imponer una dominación organizada de una clase sobre otra que terminó por producir una sociedad profundamente desigual Al implantarse una dominación de este tipo, al imponerse la desigualdad en la distribución de la riqueza y el trabajo, del placer y del dolor, como medio natural de relación (competencia por los recursos) entre los individuos y grupos, el conflicto de lucha de clases y fracciones de clase se volvió, como dice Marx, el motor de los cambios estructurales. Por supuesto no estamos diciendo que antes del colonialismo del siglo XVI, en la propia Europa y Asia, América o África no hubiera Estados, más bien queremos afirmar que el “colonialismo” es una actividad que los Estados han practicado desde que son Estados. Por esos las guerras han sido presentes en la historia de la humanidad.

Las ideologías son el conjunto sistemático de estilos simbólicos discursivos, reales o imaginarios, que los grupos de una manera natural, (es decir, todos los grupos) elaboran para definir su proyecto. Todas las ideologías nacen al interior de una cultura. Y cómo es de suponerse, al interior de una colectividad cultural, nacen y mueren a lo largo de la historia, infinidad de grupos étnicos y de grupos en general. Para poner un ejemplo, diremos que hay una “cultura mesoamericana” en el continente americano desarrollada desde por lo menos 10 mil años, en la que han nacido innumerable cantidad de grupos, algunos conocidos, otros por siempre desconocidos. Cada grupo, dependiendo de su historia, ha podido, o no, consolidar su propio identidad étnica, e incluso una cultura propía. Sin embargo, en la comparación con otros grupos humanos presentes también en la región mesoamericana es claro que hay un sustrato común, y ese sustrato es precisamente, la “cultura mesoamericana”. Siguiendo este ejemplo, de igual manera habría posibilidad de hablar de una “cultura humana” que al paso de la historia ha dado luz a innumerable cantidad de grupos humanos, distribuídos por toda la tierra, que de igual manera han producido innumerable cantidad de culturas e ideologias.

Los conflictos entre grupos étnicos, y en general entre individuos y grupos, presentes en la sociedad de clases, se han debido en su mayoría de veces, tanto a la imposición de fronteras por parte los propios Estados, como por la distribución desigual del poder, del trabajo y la riqueza, del placer y del dolor.En este sentido, en la sociedad sin clases, habiendose eliminado esta distribución desigual y el Estado, se podrá observar un cambio cultural radical con respecto a las sociedades de clases. En primer lugar habiendo desaparecido las fronteras físicas, se dará lugar a una libre circulación de grupos y productos humanos. Lo que traerá como consecuencia no solamente un enriquecimiento cultural, a niveles apenas sospechados, sino también una revalorización de las culturas existentes e incluso las desaparecidas. Desde nuestro punto de vista tanto para llegar a una sociedad sin clases, como en la misma sociedad sin clases, habrá necesariamente un “renacimiento” del sentido, como de la razón humana. Tal vez en algún momento, entonces, podremos hablar de una Humanidad -diversa, libre, consciente, viva. O de un superhombre, como algunos pretenden.

Por último, hemos de decir, que no queremos atrevernos a caracterizar a la sociedad sin clases como sociedad comunista, socialista o anarquista, pese a que cómo dijimos al principio, esta idea esté presente en estas tradiciones de lucha. Le quitaría complejidad a la utopia, porque existen muchos prejuicios y conceptos establecidos y hasta dogmáticos en esas teorías, lo que por supuesto no significa que haya que retomar importantes aportes de ellas.

Gracias.

Enero 2009

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