[A. Landariz]Algunas notas sobre militancia política

A nadie se le escapa que vivimos tiempos de confusión y falta de certezas y expectativas en todo lo que se refiere a modos de cuestionamiento y oposición real al sistema imperante. Tratar de explicar cuáles son las causas, formas y consecuencias de este descrédito y fuerte vaciamiento de lo que han sido hasta ahora ciertas expresiones centrales de lo político resulta a la vez complejo y contradictorio.

Estos son momentos en que las preguntas superan a las respuestas, pero donde hay que hacer esfuerzos por repensar qué y para qué es lo que hacemos, donde nos situamos, cómo percibimos nuestro compromiso político y que inciertas salidas se vislumbran. No pretendemos, por tanto, dar respuesta cerradas o soluciones mágicas, pero sí acercarnos con humildad a un tema que hoy se nos antoja directo y fundamental.

UN PANORAMA DESOLADOR

En buena parte de los grupos y movimientos sociales y políticos las palabras debilidad, desilusión, fracaso, desmotivación, falta de incidencia, etc. son frecuentes en estos días. . Se milita a menudo sin convicción, para acallar la mala conciencia, o “por si acaso…”. Percibimos además que lo que hacemos no sirve, es testimonial, ritual, espectacular o tiene una incidencia escasa, a veces merced a notables esfuerzos

Si abordamos el tema comenzando por una visión «macro» quizás lo más inmediato sería referirnos a los cambios históricos y a los fuertes condicionamientos sociales que derivan de la imposición del actual modelo industrial-capitalista globalizado.

Tras la caída del muro de Berlín y la extensión de un nuevo orden a escala planetaria se configura un panorama ciertamente desolador y que se nos vende sin alternativa posible fuera de los cauces establecidos (la democracia se configura así como la forma de dominación que sale más barata). Un mundo dominado por la brutalidad de las nuevas formas de imperialismo económico y militar, por el agudizamiento de las desigualdades y del control social bajo la excusa (o no) del combate contra el terrorismo, y por la cada vez mayor obscenidad y cinismo criminal y genocida en la gestión de los problemas, catástrofes y guerras que genera el propio sistema. Este escenario da lugar a múltiples situaciones caóticas o de desorden (incluso en el propio corazón de Occidente) y a nuevas resistencias y respuestas (algunas brutales y otras más o menos extendidas o virtuales), pero también a una sumisión y aplastamiento psicológico y vital generalizados. Un malestar o «angustia existencial» suavizados por la capacidad de seducción e integración social del Sistema (principalmente en el llamado Primer Mundo) a través del marketing, de los medios de comunicación, del consumo desbocado o de formas de vida cada vez más alienadas, limitadas y dependientes.

EL PESO DE LA IDEOLOGÍA DOMINANTE

Un acercamiento a la crisis del compromiso político nos remite a una serie de problemas y valores que tienen que ver con aspectos sociológicos, culturales, políticos, históricos, económicos o psicológicos.

En primer lugar, hay que referirse a la incidencia que la ideología dominante tiene a la hora de descomponer el tejido social, de atomizar las luchas, de generar aislamiento e incomunicación entre los individuos y de provocar confusión y desaliento. Esta ideología se expresa en la práctica a través de la difusión de nuevos valores que inciden en la inmediatez del disfrute hedonista, en el individualismo egoísta o en la irresponsabilidad respecto a las propias acciones.

A esto se suman otros factores estructurales que van conformando mentalidades adecuadas a las necesidades de mantenimiento del orden establecido. La institucionalización social (trasvase de la vitalidad del tejido social a las instituciones, que la encauzan y rentabilizan) genera formas de pasividad, delegacionismo, dependencia y pseudointervención política. Una realidad especialmente visible en el ámbito de la «cultura», como instrumento privilegiado de control social; Control evidenciado a través de la colonización del tiempo libre, relleno con cultura espectacular y subvencionada, con las nuevas tecnologías, o con la expansión inusitada de los viajes (en un proceso de hipermovilidad y desterritorialización o pérdida de lazos con un espacio concreto) y otras formas de consumo (fiestas, drogas, estética, evasión, etc.). El compromiso político se convierte así en una mezcla de gustos y aficiones, de naturalización de las contradicciones, de utilitarismo (cultura de la subvención) o rentabilidad económica (profesionalización de la política) y de radicalismo postmoderno, estético e inofensivo.

La expansión de este tipo de prácticas se dan en un contexto de artificialización de la vida y destrucción de formas pretéritas de socialización, a la vez que avanzan nuevas modos de individualismo y conservadurismo en una sociedad sometida a la dictadura de la economía, fuente de precariedad, inseguridad y endeudamiento.

CRISIS DEL COMPROMISO POLÍTICO

El compromiso político fuera de estos parámetros resulta complicado, puesto que se oscurece concebirlo o visualizarlo de otra manera. En este sentido, la crisis o el mayor o menor descrédito de dos de los principales referentes históricos y políticos (el marxismo y el anarquismo), así como los sucesivos fracasos, traiciones o derrotas proletarias del siglo XX han afectado a un concepto con ellos asociado: la idea de revolución, que hoy no sólo parece presentarse como imposible, sino como impensable. El cambio social, el empeño de derribar las estructuras de dominación y dar paso a la utopía movilizó durante largos años una considerable fuerza e ilusión sociales, ya que se concebía la revolución no sólo como algo posible, sino también cercano.

Hoy, sin embargo, en un mundo sometido a una determinada lógica económica y a un tipo de relaciones sociales se hace muy difícil tanto poder imaginar algo diferente como tener una vivencia cotidiana de una realidad alternativa más allá de pequeños espacios. La esquizofrenia y las contradicciones son consustanciales a cualquier práctica que se pretenda crítica y radical. Una tensión que se hace muy patente en la intersección entre lo individual y lo colectivo.

LA MILITANCIA ALIENADA

No es posible, sin embargo, achacar todo los males a la influencia de las estructura sociales a la hora de hablar de la crisis de lo político. Precisamente este término de lo «político» ha estado a menudo limitado a determinadas prácticas y formas de militancia. La llamada «izquierda» y otras expresiones de políticas radicales han desplegado a lo largo de su historia toda una parafernalia y una personalidad que en buena medida ha contribuido a su descrédito, sobre todo cuando no han sabido interpretar críticamente las transformaciones históricas, sumidas en sus propios problemas, límites y ambigüedades, o directamente en el esfuerzo por integrarse institucionalmente.

Podemos apuntar algunas de las características de este tipo de militancia política alienada en los últimos tiempos:

Inercia, rutina y falta de autocrítica. «La única lucha que se pierde es la que se abandona» dice un famoso lema, pero lo cierto es que es fácil encontrar excusas para no plantearse las propias contradicciones y seguir dinámicas heredadas o no cuestionadas. Determinadas rutinas organizativas o propagandísticas han entrado en crisis en los últimos tiempos, sin que se hayan encontrado soluciones satisfactorias que intenten trascender ciertos tópicos o prácticas profundamente arraigadas.

Pérdida del sentido de la lucha y de la autoorganización. En la actualidad también se da un replanteamiento del sentido de la intervención social a gran escala y de si ésta lleva realmente a algún lugar. La pérdida del suelo ideológico y de la visibilidad de cambios sociales a corto o medio plazo hace que no sea fácil participar en movimientos sociales y que la labor política se vea más como algo personal y testimonial (de denuncia y ejemplo). La autoorganización social ha dejado su lugar a la idea de que instituciones o profesionales tienen que ser los que resuelvan los problemas. La ideología del sistema ha conseguido interiorizar en las mentes que no es posible hacer nada por nuestra cuenta para cambiar las cosas. A pesar su descrédito, partidos y sindicatos siguen ocupando las grandes columnas mediáticas, de la mano de la cultura de la representación, las ONGs y el estado del bienestar.

Falta de trabajo colectivo. Muchos grupos o movimientos, incluso algunos con cierta dimensión, se mantienen gracias al trabajo de un reducido número de personas, frente la delegación, pasividad o circunstancias personales del resto.Estas personas son los que le dinamizan y dan continuidad a muchos proyectos colectivos. En algunos casos, los grupos se mantienen por la existencia de una o varias personas liberadas y en otros por el empeño personal. El primer caso muestra de una cierta artificialidad puesto que muchas veces no se mantendría una actividad constante o el grupo desaparecería sin la presencia de personas liberadas. En el segundo caso, aunque la voluntad sea el motor de la lucha política, se produce una precariedad crónica, que a menudo esconde fantasías entorno a lo colectivo y está sometido a los múltiples vaivenes y condicionantes.

Activismo. El hacer se ha convertido en un valor superior dentro de la militancia política, sin que se defina muy bien qué es hacer. En la práctica se ha asociado a participar activamente de las formas de intervención establecidas, incidiendo en lo cuantitativo, tanto en el número de acciones como en el de luchas en las que se participa (es común que un militante participe en varios grupos o luchas). El lado opuesto sería la crítica que rehuye cualquier implicación práctica.

El «ciclo activista» . Esta es una tendencia relativamente nueva y asociada en buena medida al ámbito estudiantil. Mucha gente empieza a participar en política durante el periodo previo a su entrada en el mercado laboral, que supone el final de su ciclo activista. Anteriormente, (cuando todavía la globalización económica y la desterritorialización de la producción industrial no estaban tan desarrolladas) se producía una tendencia contraria, es decir, el comienzo de la vida laboral situaba ante una realidad de explotación que obligaba a tomar partido y a politizarse. En la actualidad la opción de militar es casi estética; se trata de una decisión mucho más abstracta y voluntarista.

Escisión entre lo personal y lo colectivo. En muchos casos la militancia ha sido una forma de tratar de tapar las propias contradicciones, carencias y miserias de la cotidianidad, en una suerte de compartimento estanco, en el que se pretende lograr la coherencia a través de un denodado o autocomplaciente activismo, de la elaboración del discurso y de la formación intelectual. El poder del ejemplo como forma de contagio o del convecimiento razonado se limitan no sólo por la fuerza de la realidad, sino por la falta de atractivo de una militancia, que a veces es una mezcla de propagandismo estresado e intelectualismo elitista y resentido.

Escisión entre militantes y no militantes. El imaginario y las preocupaciones y debates ideológicos y políticos tienen poco que ver con los intereses y valores que se evidencian fuera del gueto.

Falta de experimentación. Aunque históricamente se han dado múltiples intentos por llevar a cabo los planteamientos teóricos de otras formas de vida (colectividades, ocupaciones, comunas, liberación del cuerpo, etc.), estas siguen siendo minoritarias y difíciles de sostener en el tiempo.

Autoengaño y culto a la organización. A menudo la ideología y la estrategia política han creado fantasías o interpretaciones de la realidad supeditadas o adaptadas a concepciones y visiones sectarias y dogmáticas de la realidad. En este sentido, la Organización se ha convertido a menudo en tótem y tabú, en fuente primordial de sentido, mecanismo de sumisión y filtro para la crítica y el pensamiento propio.

Autoritarismo y falta de ética. En los comportamientos de muchos grupos de izquierda, anarquistas o autónomos se ha evidenciado cierto mesianismo que parece convertirlos en una especie de centro del universo. A partir de ahí se han generado, por ejemplo, los planteamientos de «mi lucha es la más importante» y «quien no está conmigo está contra mí». La manipulación, las peleas internas por el poder y la falta de consideración ética de las acciones y estrategias han sido una constante en la historia de estos grupos y organizaciones.

Sobrevaloración del factor dinero. No se puede negar que en una sociedad capitalista es difícil sobrevivir al margen del dinero. Sin embargo, en la actualidad parece haberse llegado a un estadio en que la necesidad de sacar dinero se ha impuesto al sentido o la coherencia de lo que se hace. Muchas organizaciones son máquinas de hacer dinero que dejan a un lado ciertos escrúpulos, pero no logran superar su estancamiento ni su desorientación, y en muchos casos esa misma lógica económica sólo ayuda a profundizar en su deriva.

Tensión entre lo racional y lo emotivo. Este es un aspecto en el que parece difícil encontrar un equilibrio. Por un lado, muchas organizaciones han utilizado el sentimiento como principal elemento de adhesión y movilización, en detrimento del necesario desarrollo del debate racional. Por otro lado, se dan expresiones políticas en que se trata de desterrar los aspectos emotivos de la lucha apuntando en exclusiva a los factores racionales. En el primer caso, se puede dar un elemento movilizador muy potente, aunque es también un condicionante para el pensamiento crítico y conlleva el riesgo de generar comportamientos fanáticos y gregarios. En el segundo caso, la «frialdad« del racionalismo puede ser además de menos atractiva, un tanto irreal, puesto que no se pueden establecer barreras artificiales en las relaciones entre las personas ni limitarlas a un terreno meramente técnico que obvia que los sentimientos son también parte del ser humano.

Trivialización de la lucha política. La lucha política es un factor que dota de una identidad social en la que reconocerse. En este sentido, ser de izquierdas, anarquista, ecologista, etc. otorga un estatus y un reconocimiento en un espacio determinado. La participación política como búsqueda de identidad militante es un factor que puede desvirtuar la lucha, puesto que es fácil que no genere «autenticidad», es decir, que no haya una asunción profunda y responsable del compromiso. Así, puede derivar en una cuestión meramente estética, simbólica y ritual, una búsqueda de un entorno afectivo, relacional y de prestigio, pero que no suponga gran implicación vital o riesgos personales. Paradigmas de este tipo de participación son el voluntariado light y trepa, propio de muchas ONGs, pero también cierta cultura radical de concierto, speed, taberna y camiseta.

Seguidismo. Los ritmos y las lógicas de actuación han venido determinados en muchos casos no tanto por hechos externos (una realidad donde se pretende incidir), sino por las dinámicas o interpretaciones que de ellos han hecho desde las instituciones, los medios de comunicación u otras fuerzas sociales.

Populismo. El propósito de «acercarse a la gente», de no ser una élite, de «tener incidencia» conlleva a menudo desarrollar acciones que tiendan a ser masivas o a ser bien aceptadas por el público. En tanto que es el propio sistema capitalista el que moldea en buena medida la conciencias y los gustos de la gente, lo que es aceptable o seduce entra dentro de esa propia lógica. El trabajo a desarrollar parte ya de la consideración de esta contradicción, en una balanza en que se ponen el objetivo a alcanzar y el coste a pagar. Consumismo, derroche, demagogia, apología o fomento de las drogas, planteamientos antiecológicos, etc. son algunos de los peajes que se pagan para tratar de llegar a un público más amplio, de hacer pedagogía y de llevar a la gente hacia planteamientos que son en teoría antagónicos con algunas de las prácticas en las que se cae. La valoración de los resultados de esta estrategia es compleja, puesto que efectivamente puede tener un efecto de visibilización y socialización de determinadas luchas. Sin embargo, también puede producir una adhesión meramente superficial, incoherente -puesto que el ejemplo ofrecido es igualmente incoherente y contradictorio- o contaminar la propia lucha y a los militantes, que acaban quemados o naturalizando esas contradicciones.

La presión de la realidad, el desánimo al que inducen tanto la represión directa como la indirecta, además de la falta de referentes, la desilusión o el desengaño respecto a las alternativas han conducido a muchas personas a salirse de la militancia en grupos políticos radicales. Algunas han pagado duros costes personales por la represión o la cárcel. Otras han cambiado su campo de actuación, buscando mayores satisfacciones o resultados más realistas y a corto plazo. Otras se han volcado en lo personal, en sus familias, amigos y aficiones. En otros casos, han apostado por tratar de llevar adelante proyectos personales con cierta coherencia (ej. agrícolas, educativos, etc.). Finalmente, algunas han tratado de deshacerse de sus escrúpulos y hacer negocio de lo que antes era trabajo no remunerado; otras han caído simplemente en el cinismo o la desesperanza.

¿QUÉ HACER?

Criticar suele resultar más fácil que proponer. Sería injusto además no reconocer los esfuerzos y cuestionamientos que, al margen de las inercias y las dificultades objetivas se han intentado desarrollar desde diferentes grupos y personas para tratar de dar sentido y coherencia a lo que se hace.

Parece que, en cualquier caso, una visión del compromiso o la militancia tiene que partir de la potenciación de la autonomía personal, de la capacidad de juicio, crítica y actuación razonada. Sólo así es posible establecer las bases de formas políticas conscientes, responsables y coherentes (en la medida de lo posible). En este sentido, es importante igualmente que la militancia sea fruto de un proceso político (en sentido amplio) y personal-comunitario, en el que no se escindan ambos terrenos. El ámbito personal-comunitario es quizás uno de los prioritarios en este momento, dado el proceso de desintegración de muchos lazos sociales. Es preciso recuperar espacios de encuentro donde sea posible conocerse y reflexionar colectivamente partiendo del descontento y la necesidad de alternativas tanto para nuestras formas de militancia como para el resto nuestra vida cotidiana. En este sentido, es necesario combinar la militancia «dura» (cuestionadora, antiautoritaria, con visión global y radical…) con un «tocar tierra» que desarrolle espacios de sociabilidad y fraternidad, además de habilidades manuales y conocimientos generales en ámbitos cercanos. Gestionar espacios autónomamente, compartir experiencias y saberes, generar trabajo cooperativo, etc. son algunos de estos terrenos que pueden ayudar a oxigenar la lucha social. Es deseable no concebir este empeño como una obligación o una directriz, sino como una necesidad que es a la vez ilusión de mejorar individual y colectivamente y deseo de autenticidad, que va unido al desarrollo de una ética y un ejemplo grupales, a la formación intelectual y a la sinceridad con uno mismo y con los demás. Es preciso, por tanto, unir militancia a valores y ejemplo, desarrollando referencias concretas donde la gente se pueda identificar más allá de las palabras.

Refiriéndose a lo que suelen ser los espacios más amplios de intervención política, hablar de una militancia no alienada tiene que ver con la asunción consciente de los contenidos de esa luchas, con la valoración de su capacidad de cuestionamiento de las estructuras de dominación y de generación de una respuesta social no manipulada ni populista, así como con la posibilidad de que las personas puedan aprender, incidir y realizarse de forma autónoma.

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