[A. Landariz] La izquierda abertzale un tipo de militancia

Una observación externa de la militancia en la izquierda abertzale (IA) evidencia ciertos elementos que refuerzan la identidad militante y mantienen una continuidad en lo organizativo. La izquierda abertzale es un amplio movimiento político y social, que se aglutina en torno a diversos ejes. Por un lado, hay una unión y comunión sentimental, en base a referentes de pertenencia grupal e identitataria, que se concretan en la idea de construcción nacional de Euskal Herria (un proyecto de país). Estos elementos aglutinantes son tanto objetivos como subjetivos, tanto externos como internos. La construcción de una identidad, basada en rasgos históricos, legendarios, emotivos, idiomáticos, ideosincráticos, etc. genera la necesaria energía para sumarse a un proceso a la vez naturalizado y dinámico. Por otro lado, existen factores externos que también contribuyen a aglutinar fuerzas, como son los ataques a determinados elementos fundamentales de esa identidad (por ejemplo, el idioma), la represión o la existencia de un número elevado de presos, como elemento especialmente simbólico y movilizador.

La IA además de tener una representación institucional, se dota y es parte además de una red asociativa, comunitaria, cultural, política y económica por la que circulan informaciones, valores, ideas y mitos identitarios. Su efectividad y su permanencia, incluso en tiempos de dura represión, tiene que ver con esta socialización, pero también con un tipo de organización que busca la eficacia por encima de la democracia. Jerarquía (con un debate y participación limitados, y formas de «centralismo democrático»), disciplina y profesionalización complementan la labor militante.

Asimismo, la IA trata de ofrecer otros elementos atractivos que faciliten la agregación de militantes y el eco social. La creación de un imaginario colectivo, la afirmación de un «ellos» y un «nosotros», la lucha como elemento movilizador, el sentimiento de ser parte de algo grande, real y en movimiento, los elementos lúdicos y masivos (fiestas, macroeventos políticos, culturales, musicales, etc.) son algunos de estos factores atrayentes. Sin embargo, este tipo de estructuración también conlleva elementos de irracionalismo y emotividad que en muchas ocasiones no facilitan el desarrollo de una mentalidad crítica y no gregaria. A ello se suman el autoritarismo y dogmatismo derivados de su estructura jerárquica, que en la práctica prima a menudo los fines sobre los medios, la visión estrategia y realista, en detrimento de lo que podrían ser determinadas formas de ética política y de respeto hacia otras opciones o formas de entender la política. Estos son elementos generales que pueden variar según las circunstancias, las zonas y las personas, en función de la complejidad y pluralidad de un movimiento tan amplio.

LO LIBERTARIO

¿Cuál es el sentido de la lucha libertaria en la sociedad actual? Aunque hay valores y prácticas compartidos que definirían una idiosincrasia libertaria, no existe un foco que represente un papel referencial y hegemónico (ideológica y políticamente) como el que tuvo, por ejemplo, la CNT/FAI en sus tiempos. Además, la existencia de un espacio social y político amplio y plural identificado con las ideas libertarias y con un proyecto de cambio social más o menos nítido y alcanzable se ha disuelto en una amalgama política mucho más débil y fragmentada, menos referencial y sometida a múltiples problemas y contradicciones.

Esta complejidad actual es a la vez fuente de renovación y estancamiento y de un tipo de militancia que recoge fórmulas diversas: radicalismo, coherencia, pose, estética, rebeldía juvenil, participación en colectivos específicos o en movimientos sociales más amplios, en organizaciones de síntesis o en grupos de afinidad, etc. No se puede hablar, por tanto, de lo libertario como algo cerrado y monolítico, sino como agitador social que es a la vez víctima de los tiempos.

Se pueden citar, sin embargo, algunos aspectos insertos en ciertas formas de la militancia libertaria, que condicionan su capacidad de extenderse socialmente. Citaremos algunos a continuación:

Crisis organizativa, que se plasma en formas de anquilosamiento, fragmentación, rivalidad y falta de espacio social.

Inercias históricas, falta de autocrítica y de referentes ilusionantes.

Escaso desarrollo teórico y rigor intelectual. Más allá de la presencia de determinadas figuras o referentes intelectuales, existen escasos foros o mecanismos efectivos que impulsen un desarrollo teórico en los diferentes ámbitos militantes.

Rebeldía juvenil y actitud estética. Lo libertario, sumido en su mítica histórica y en su imagen heroica, es atractivo para un sector de la juventud, que busca cauce a su necesidad de protagonismo y autoafirmación, de ser parte de cierta épica y cierto romanticismo asociado a la lucha política. Lo libertario ofrece grandes frases y nobles empeños a los que adherirse. Sin embargo, ante la falta de trasvase generacional crítico y de formas de aprendizaje que modelen, maticen y problematicen la personalidad, la vida y las ideas, existen los caminos trillados de la estética, la «ideologización», la propaganda aislada y el radicalismo verbal. Una actitud que, si no deriva en mayor compromiso o en un cuestionamiento de lo que se hace, se acaba convirtiendo en un mero periodo vital con fecha de caducidad.

Irracionalismo y nihilismo. Ciertos discursos parecen contagiar una mezcla de desesperación y desahogo e inducir a una política de «tierra quemada» y de autoinmolación.

Izquierdismo. La ausencia de referencias libertarias fuertes (formas organizativas, modelos de vida, etc.) lleva en ocasiones a tomar ciertos lugares comunes de la izquierda (drogas, formas de consumo, activismo,…) o determinados clichés ideológicos.

Elitismo y soberbia. Una acusación que a veces se hace a los anarquistas es su soberbia y desprecio a la hora de valorar otras opciones y luchas sociales y su falta de humildad para asumir lo que se es y lo mucho que falta por aprender. Una actitud que traslada la autonomía individual al terreno de la «ideologización» y la «identidad» como autoafirmación elitista y limitación de la capacidad de complejizar la realidad y generar autocrítica. Esto tiene su traslación a la hora de abordar la militancia en ámbitos específicos y más plurales. Las luchas y los movimientos sociales tienen sin duda limitaciones y contradicciones. Se puede valorar que es preferible (por más coherente, eficaz, etc.) trabajar en organizaciones o grupos específicamente libertarios. Sin embargo, a veces esa valoración de las luchas sociales «parciales» se hace desde la consideración de que «lo libertario ya lo engloba todo». Esto tiene a menudo un efecto tranquilizador y acomodaticio, que hace que en la práctica no se desarrollen ni profundice en diferentes líneas trabajo, conformándose con un conjunto de tópicos o con la convicción de que, por el mero hecho de definirse libertario, uno se ve investido mágicamente de una serie de valores. Si queremos comenzar a responder a la pregunta formulada más arriba, habría que decir que los valores y las luchas libertarias deberían ser elementos de clarificación y denuncia de las mentiras sociales. Lo libertario debe de ser un instrumento de trabajo liberador, una forma de luchar, un camino ético y una forma de vida. Desde esos planteamientos quizás se podrá crear un tipo de militancia y de organización que abra una perspectiva real de cambio social.

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