[Albert García] El Autonomismo y las luchas sociales

Los orígenes del autonomismo: del “obrero masa” al “obrero social”

Los orígenes de esta corriente se pueden situar en la nueva ola de luchas obreras que, en la Italia de los años 60, después de una década de relativa pasividad y derrotas, marcaban una auténtica ruptura con el pasado, tanto por su escala como por sus objetivos.

La principal corriente de estas luchas, denominada “obrerista”, combinaba unas críticas bien fundadas a la burocracia sindical y a la izquierda organizada, sobre todo al Partido Comunista de Italia (PCI), con una centralidad de lucha en la fábrica. Las demandas y tácticas de los huelguistas iban más lejos de lo acontecido anteriormente, planteando la democracia directa en las asambleas de trabajadores, luchando por demandas que el capitalismo era incapaz de cumplir.

El concepto clave que surgió de este grupo fue el de la “autonomía obrera”. Una precondición para la liberación de la clase trabajadora era su separación, su “autonomía” del capitalismo a nivel político. Esto significaba una negación subjetiva total hacia el sistema, una revuelta día tras día; es decir, el rechazo de los trabajadores a ser integrados por el proceso productivo, luchando por sí mismos –sin sindicatos ni partidos– mediante el sabotaje en las fábricas, las huelgas salvajes, etc. Este tipo de estrategia habría podido mantenerse si la lucha hubiera estado continuamente subiendo y expandiéndose, y si las organizaciones tradicionales hubieran sido barridas por la magnitud del movimiento. Pero en 1972-73, con un fortalecimiento del PCI y la burocracia sindical, estaba claro que esta situación ya no existía: la lucha espontánea de los trabajadores fue gradualmente declinado.

A finales de los ‘70, cuando la militancia de base se desmoronaba ante la crisis económica y el compromiso histórico, el obrerismo ya se había convertido en autonomismo, alejándose de la clase trabajadora para centrarse en los grupos social y económicamente marginados como los estudiantes, los parados, y especialmente en los más radicalizados; substituyendo la huelga y la fábrica como centro de su actividad por otras iniciativas (radios libres, bloqueos de mercancías, ocupaciones de viviendas…). El centro de gravedad se desplazaba del obrero-masa al obrero-social, concepto que finalmente acabaría derivando con el tiempo en la idea de que ya no se puede hablar de proletariado o de clase obrera, sino que ahora todo se reduce a una “multitud” de individuos oprimidos.

Así, en 1977, en el contexto de un creciente desempleo de masas especialmente entre la juventud, se desarrolló un nuevo movimiento estudiantil en el cual Autonomia Operaria, una federación laxa de colectivos revolucionarios con Toni Negri por ideólogo, ejercía una creciente influencia. El movimiento se extendió rápidamente, con un auge de confrontaciones violentas con las fuerzas del Estado, los partidos, etc., confirmando aparentemente la orientación de los autónomos. Por desgracia, al tratarse precisamente de sectores muy minoritarios, sin peso social, le fue bastante fácil al Estado destruir el movimiento a través de una fuerte represión.

Sobre la cuestión del poder

La base filosófica del autonomismo se fue desarrollando durante los años setenta por los denominados “postestructuralistas” (Deleuze, Derrida, Foucault…). Se basaba básicamente en la idea de que el mundo occidental había entrado en una época “postmoderna”, fundamentalmente diferente del capitalismo industrial de los siglos XIX y XX, etapa de transición de una economía basada en la producción industrial masiva hacia una economía en donde la investigación teórica sistemática se constituye en el motor del crecimiento. Este mundo socialmente transformado exigiría un nuevo tipo de política, quedando obsoleta la visión marxista sobre la lucha de clases como fuerza impulsora de la historia y sobre el proletariado como agente del cambio. Es aquí que entra en juego la cuestión sobre el “poder-saber”.

Los postmodernistas han enfatizado el carácter fragmentario, heterogéneo y plural de la realidad, negando al pensamiento humano la capacidad de alcanzar una explicación objetiva de esa realidad y reduciendo al portador de este pensamiento, el sujeto, a un incoherente revoltijo de impulsos y deseos sub- y transindividuales. En el fondo está la visión nietzschiana de que el mundo posee la ambigüedad de una obra de arte, detentando una riqueza, una pluralidad de concepciones y perspectivas mutuamente inconsistentes, que hacen imposible un análisis simple y unívoco.

Ello conduciría en última instancia a la noción foucaultiana de “poder-saber”: “No hay relación de poder sin la correlativa constitución de un campo del saber, como tampoco hay un saber que no presuponga y constituya a la vez relaciones de poder”. Así, la voluntad de verdad sería sólo una de las formas de la voluntad de poder, motor de la historia humana para Nietzsche, de donde surgen las sucesivas formas de dominación.

Esta es la característica principal del postmodernismo, la inexistencia de un patrón general sobre el cual fundamentar la concepción de una teoría verdadera o de una sociedad justa; y, por tanto, a la “crítica de las ideologías”, por medio de la cual se busca demostrar que los discursos teóricos ocultan intereses socio-políticos y están configurados por tales intereses.

El marxismo se encuentra, evidentemente, entre estos “metarrelatos” cuya función no se limita a legitimar discursos teóricos, sino también instituciones sociales. Así, para Foucault, mayo de 1968 involucra una oposición descentralizada al poder más que un esfuerzo por sustituir un conjunto de relaciones sociales por otro (el clásico proyecto de la revolución socialista), que sólo habría logrado establecer un nuevo aparato de poder-saber en lugar del antiguo, según la experiencia de la Rusia postrevolucionaria.

Así se llega a una definición distintiva del poder. El poder no es unitario, sostiene y consiste en una multiplicidad de relaciones que infiltran la totalidad del cuerpo social. Por ello, es imposible asignar una prioridad causal a la base económica, como lo hace el marxismo. Más aún, el poder es productivo: no opera mediante la represión de los individuos y no circunscribe sus actividades, sino que las constituye. Por último, el poder suscita por necesidad una oposición, una resistencia, si bien tan fragmentaria y descentralizada como las relaciones de poder que combate.

Las nuevas experiencias

Todos estos conceptos y teorías reflejan, más que una superación, una comprensión incompleta de la herramienta marxista. Sin embargo, lo importante es que hablar de autonomismo es, en realidad, hablar de una fuerza viva, de una formación política muy diversa que ha dado lugar a un sinnúmero de redes, movimientos y organizaciones, todas ellas compartiendo unas características políticas comunes (como las descritas más arriba), pero variando enormemente en sus tácticas y en la manera de entender los movimientos y las luchas en general.

Este es el caso, por ejemplo, de los textos de El Comité Invisible, un autor colectivo francés surgido a partir de las revueltas de banlieu y sobre todo de la gran lucha contra el CPE en 2005. Así, a la vez que en su Llamamiento, con un lenguaje extremadamente literario, se hace un elogio de los estallidos sociales espontáneos, encarnados en las revueltas de banlieu sin dirección política ni líderes ni unas reivindicaciones claras; y que critica tanto a la “vieja izquierda laborista, fósil del movimiento obrero” como a la “nueva izquierda mundial, cultural” de la que “el negrismo constituye su punta de lanza”; a la vez, pues, se opone totalmente a la idea del éxodo (“lo que parecía ser un contra-mundo, no hacía más que reducirse al mero reflejo del mundo dominante”), reconoce la necesidad de elaborar una estrategia y de recoger las experiencias de las luchas pasadas: “En las casas ocupadas, como en cualquier otro lado, la confección colectiva de una estrategia es la única alternativa al recogimiento en una identidad, a la integración o al gueto. En materia de estrategia retenemos todas las lecciones de la “tradición de los derrotados”. Nos acordamos de los inicios del movimiento obrero…”, o bien “Los Black Panther también se dotaron de estos lugares [locales] a lo cual añadieron su capacidad político-militar, los diez mil desayunos gratuitos y la prensa autónoma que distribuían todos los días”.

Algo mucho más interesante, tanto por su proximidad como porque refleja la importancia de no subordinar la práctica a la teoría, es la experiencia del sector autónomo forjado en las luchas estudiantiles de Barcelona de los últimos años, simbolizado por la Universitat Lliure La Rimaïa, cuyas formas de trabajar no se diferencian en mucho a las del marxismo revolucionario: trabajo de base a nivel de barrio, abandono de la “invisibilización” y del sectarismo tradicional (pudiendo trabajar tanto con asociaciones de vecinos como con diferentes tradiciones de la izquierda), viendo la necesidad de participar en movimientos más plurales, combinando unidad con combatividad, como es el caso de la campaña contra la UE.

Frente a la crisis: construyamos alternativas

¿Qué podemos extraer de estas nuevas experiencias? Tal vez podemos pensar que, si el autonomismo tuvo su origen en el post-mayo 68, con la sana crítica a la política de los partidos comunistas y de las burocracias sindicales como punto de partida; esta nueva generación autónoma ve cómo, en un período de crisis económica y social, de despidos en masa, de recortes sociales en todas las esferas, en un período que justificaría muy bien un estallido popular, espontáneo, sucede que la gran mayoría se vuelve en primer lugar hacia el reformismo, cuando no hacia el racismo. La revolución no es, por tanto, una consecuencia directa de la miseria o de la rabia popular. Nada nos lleva irremediablemente hacia ella. Se necesita algo más: un trabajo de base, una organización, una estrategia.

Sin embargo, si hay que sacar una lección del artículo, que sea, más allá de la diversidad de tradiciones y de visiones teóricas existente en la izquierda, la necesidad indispensable en este contexto de crisis y de falta de alternativas de trabajar unidos en los barrios, en las facultades, entre los trabajadores, ampliando e impulsando las luchas sociales, construyendo una verdadera alternativa anticapitalista que sea capaz de una vez por todas de invertir la relación de fuerzas y plantar cara al enemigo común.

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