[K. Marx y F. Engels] La insurrección como un arte

Extracto de la revolución y la contrarrevolución en Alemania, capítulo XVII.

Ahora bien, la insurrección es un arte, lo mismo que la guerra o que cualquier otro arte. Está sometida a ciertas reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las desdeña. Estas reglas, lógica deducción de la naturaleza de los partidos y de las circunstancias con que uno ha de tratar en cada caso, son tan claras y simples que la breve experiencia de 1848 las ha dado a conocer de sobra a los alemanes. La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección a menos se esté completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego. La insurrección es una ecuación con magnitudes muy indeterminadas cuyo valor puede cambiar cada día; las fuerzas opuestas tienen todas las ventajas de organización, disciplina y autoridad habitual; si no se les puede oponer fuerzas superiores, uno será derrotado y aniquilado. La segunda es que, una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado, que está perdido antes aún de medir las fuerzas con el enemigo. Hay que atacar por sorpresa al enemigo mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos, aunque pequeños, pero diarios; mantener en alto la moral que el primer éxito proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado que ofrece más seguridad; obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda reunir fuerzas; en suma, hay que obrar según las palabras de Danton, el maestro más grande de la política revolucionaria que se ha conocido: de l’audace, de l’audace, encore de l’audace![1]

¿Qué debía hacer, pues, la Asamblea Nacional de Francfort para evitar el seguro fracaso que la amenazaba? Ante todo, aclarar la situación y convencerse de que no había otra salida que someterse a los gobiernos incondicionalmente o adoptar la causa de la insurrección armada sin reservas ni titubeos. Segundo, reconocer públicamente todas las insurrecciones que ya habían estallado y llamar en todas partes al pueblo a empuñar las armas en defensa de la representación nacional, poniendo fuera de la ley a todos los príncipes, ministros y demás personajes que se atrevieran a oponerse a la soberanía del pueblo representado por sus mandatarios. Tercero, destituir en el acto al Regente imperial de Alemania y fundar un Comité Ejecutivo fuerte, activo, que no retrocediera ante nada, llamar a las tropas rebeldes a Francfort para contar inmediatamente con su protección, ofreciendo así al propio tiempo un pretexto legal para extender la sedición, organizar en un cuerpo compacto todas las fuerzas a su disposición y aprovechar rápidamente, sin tardanza ni titubeos, todo medio propicio para reforzar su posición y debilitar la de sus adversarios.

Los virtuosos demócratas de la Asamblea de Francfort hicieron precisamente todo lo contrario. No contentos con dejar que las cosas transcurriesen según su curso natural, estos venerables varones fueron tan lejos que, con su oposición, dejaron que se aplastasen los movimientos insurreccionales que se estaban preparando. Así obró, por ejemplo, el señor Carlos Vogt en Nuremberg. Toleraron que se aplastaran las insurrecciones de Sajonia, la Prusia renana y Westfalia sin más ayuda que la de la protesta póstuma y sentimental contra la insensible violencia del Gobierno prusiano. Mantuvieron en secreto relaciones diplomáticas con la insurrección del Sur de Alemania, pero no le concedieron la ayuda de reconocerla públicamente. Sabían que el Regente del Imperio estaba al lado de los gobiernos, y a pesar de ello, lo exhortaban, sin hacer él ningún caso, a oponerse a las intrigas de estos gobiernos. Los ministros del Imperio, todos viejos conservadores, ridiculizaban por doquier esta impotente Asamblea, y ellos lo toleraban. Y cuando Guillermo Wolff, diputado de Silesia y uno de los redactores de “Neue Rheinische Zeitung”, los conminó a que la Asamblea pusiera fuera de la ley al Regente del Imperio[2], que era, como decía en verdad Wolff, el primer y mayor traidor del Imperio, ¡esos demócratas revolucionarios le taparon la boca con unánimes gritos de virtuosa indignación! En suma, que siguieron hablando, protestando, clamando y perorando, pero nunca con valentía ni intenciones de actuar; entretanto, las tropas hostiles de los gobiernos se iban aproximando más y más, y su propio poder ejecutivo, el Regente del Imperio, se dedicaba tesoneramente a confabularse con los príncipes alemanes para acelerar la destrucción de la Asamblea. Así, hasta el último vestigio de consideración perdió esta despreciable Asamblea; los sublevados, que se habían alzado para defenderla, dejaron de preocuparse por su suerte, y cuando, como veremos más adelante, se llegó por último a su vergonzoso fin, la Asamblea feneció sin que nadie se cuidara de su muerte sin pena ni gloria.

Londres, agosto de 1852

[1] ¡Audacia, audacia y una vez más audacia! (N. de la Edit.)

[2] Juan. (N. de la Edit.)

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