[El Surco] Chile. A propósito de las bombas, del anarquismo local y del año que se fue

Explotaron las bombas y el casi extinto animal de la anarquía renació a la luz pública en la región chilena. Aunque siempre estuvo ahí, con auges y decadencias, su existencia durante el año que muere se hizo “tema” de discusión a una escala no vista hace mucho, cruzando y llegando mas allá del heterogéneo y pequeño mundo que la vive y propaga. Como tributo al caos y a la violencia, su silueta, desfigurada y amorfa, fue presentada al ciudadano común y silvestre.

La pólvora fue el sello de la anarquía durante el año que se fue. Por lo menos así apareció a nivel superficial (así se vio desde afuera); aunque la acción en otras mil áreas hace ya tiempo se realiza porfiadamente. A este hecho –a destacar sólo las bombas-contribuyó gustosa la ignorante y tendenciosa prensa de masas, servil y eterno monaguillo del dinero. No esperamos que lo hagan de otra forma, en todo caso. Por esto y por otras cosas, quisiéramos detenernos un tanto sobre las bombas, el anarquismo local y el año que se fue. Después de todo parece ser un hecho consistente el que la mayoría de las explosiones provino de gentes que comparten –con nosotros y con otros- la “A” dentro y fuera del círculo.

Sin la trágica muerte de Mauricio y sin el estruendo de las bombas durante el 2009 el anarquismo criollo hubiese pasado inadvertido para la región chilena. Una que otra mención en los “actos vandálicos” del 29 de marzo o el 11 de septiembre y fin ¿Quién puede negar esto? Nos parezca o no, todo el accionar mediático en torno a la cacería de los centros sociales ocupados y de los autores de los atentados permitió que “lo libertario” (o lo que se cree por tal) saliera a luz pública. ¡Si hasta una cumbre internacional nos inventaron!

Pero las explosiones no solo fueron y son un problema para los cajeros de bancos y edificios que simbolizan este orden autoritario. También son un abierto desafío teórico y práctico a todos quienes nos reclamamos antiautoritarios, pues ni todos los que ponen bombas son anarquistas, ni todos los anarquistas están de acuerdo -en parte o completamente- con el uso de éstas. Aunque, y por cierto, no hay absolutos: cada individualidad puede actuar, pensar y concentrar en su cotidianidad una práctica enriquecida por varias tendencias. La corriente insurreccionalista –quizás la que aglutina a la mayoría de quienes ven en la puesta de bombas una amenaza concreta y efectiva contra el Poder- es solo una fracción dentro del heterogéneo mundillo de la idea. Pues otros optan por no reivindicar métodos que involucren la violencia y privilegian en su trabajo del día a día el aspecto organizativo, económico o cultural. Aquí no se presentan ni buenos ni malos, ni mejores ni peores, sino formas diferentes de afrontar la lucha contra el capital. Pero lo evidente es que, a pesar de que generalmente la labor social o cultural convoque más debate y crecimiento colectivo, ésta es menos sonora (material y mediáticamente) por lo tanto pasa mucho más desapercibida públicamente. Sin duda, nos guste o no, el año que se fue estuvo marcado por las explosiones

Pero eso también nos trae problemas. El rostro de la anarquía fue como hace mucho, aunque hoy con más fuerza, deformado a gran escala. Toda la idea, todos nuestros trabajos, todos nuestros talleres, nuestros foros, nuestras campañas de solidaridad, nuestras publicaciones, nuestras acciones, en fin, toda nuestra heterogénea y rica –aunque no muy masiva- actividad, de hoy y de los años recientes, fue reducida a la explosión de un cajero de banco. Eso dijo la prensa de masas y el Gobierno, y eso creyeron todos. La caricatura del anarquista como encarnación andante del absurdo se configura, se multiplica, se distribuye y se consume con bombos y platillos.

El problema de las bombas es un desafío que debe ser discutido y revisado constantemente. Por un lado: ¿Es una real amenaza para el Estado y el orden actual? ¿Hasta qué punto sirve como un eficiente chivo expiatorio para que el Gobierno justifique el aumento y la sofisticación de sus medios de represión? Y por otro: ¿Es posible enfrentarse al estado-capital sin la utilización de la violencia? ¿Debemos esperar “las condiciones objetivas” de un tiempo histórico desconocido para incitar la revuelta? Es importante volvernos a plantear qué es lo que queremos y para qué hacemos las cosas, puesto que lo que buscamos es que nuestras acciones sean un efectivo aporte a la destrucción de este sistema de dominación para construir un mundo distinto, para superar la sociedad de clases y conseguir el libre desarrollo de todos y todas. Y aquí tenemos que ver si estas acciones u otras similares aportan para afinar la puntería y a colaborar en la magna obra de destrucción del capital en su sustancia. Pero si éstas u otras acciones se transforman solo en muestras permanentes de odio y rabia sin una intencionalidad real de transformación revolucionaria, significa que estamos mas cerca del suicidio colectivo que del tan buscado comunismo anárquico. Entiéndase bien, ni apoyamos ciegamente el bombazo como método de lucha, ni lo descartamos a priori bajo supuestos de “seriedad revolucionaria” o cualquier excusa similar. Y acá no se trata de ponerse en una posición neutral ni mediadora, sino de poner matices a las perspectivas existentes, pues consideramos que insistentemente se plantea la cuestión en blanco o negro. La discusión está abierta y la única respuesta de la que estamos seguros es de la urgencia de remarcar el hecho de que seamos nosotros mismos los que generemos espacios para vivir y difundir la Idea. Sean cuales sean las conclusiones a las que se llegue, el año 2009 y las lecciones que de él se puedan extraer, no pasarán inadvertidos.

Grupo El Surco
Extraído de El Surco, Santiago, Región chilena, n°11, Enero de 2010

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