Trabajo, comunidad, política, guerra

“A cada cual se le pide su opinión sobre cada detalle, para impedir que se forme una opinión acerca de la totalidad.”
Raoul Vaneigem

Miramos a nuestro alrededor y vemos un mundo fuera de nuestro control. Nuestra lucha diaria por sobrevivir tiene lugar sobre un inmenso telón de fondo que no para de moverse: del desastre natural al ataque terrorista… de la nueva dieta a la última hambruna… del escándalo sexual de alguna celebridad al escándalo de corrupción política… de la guerra religiosa al milagro económico… del seductor nuevo aviso publicitario a las trilladas denuncias televisivas contra el gobierno… de sugerencias para ser un/a mejor amante a sugerencias de cómo parar la violencia de las barras bravas… de nuevos tiroteos policiales a nuevas enfermedades… El mismo proceso está en marcha en todos lados: en los gobiernos democráticos y en los totalitarios; en las grandes corporaciones y en las pequeñas empresas familiares… en la comida chatarra y en la comida china; en la ópera, en la música folklórica y en el hiphop; en todos los países y en todos los idiomas; en las prisiones, en las escuelas, en los hospitales, en los edificios de oficinas, en las zonas en guerra, en los mini mercados…

Algo está consumiendo nuestras vidas mientras proyecta imágenes de ella ante nuestros ojos.

Ese algo es producto de nuestra propia actividad: nuestra vida dedicada al trabajo, vendida hora tras hora, semana tras semana, generación tras generación.

No tenemos propiedades o negocios de donde sacar dinero, así que nos vemos forzados a vender nuestro tiempo y nuestras energías a otros. Somos la clase trabajadora moderna, el proletariado.

Trabajo

“El capital es trabajo muerto que, al igual que un vampiro, sólo puede vivir succionando trabajo vivo, y mientras más vive, más trabajo vivo succiona”.
Karl Marx

No trabajamos porque nos gusta. Trabajamos porque no tenemos otra forma de conseguir dinero. Vendemos nuestro tiempo y nuestra energía a un jefe para poder comprar las cosas que necesitamos para sobrevivir. Hemos crecido junto a otros trabajadores a los que se les han asignado diferentes roles. Nos especializamos en diferentes aspectos del trabajo y repetimos esos roles una y otra vez. El tiempo que pasamos en el trabajo no es realmente parte de nuestra vida. Es tiempo muerto controlado por nuestros jefes y patrones. Mientras trabajamos producimos cosas para que nuestros jefes las puedan vender. Esas cosas son objetos como camisas de algodón, computadores y plantas; o cualidades como pisos limpios y pacientes sanos, o servicios como tener un bus que te lleve a donde necesites ir, tener un mesero que te atienda o tener a alguien que te llame por teléfono para ofrecerte cosas que no necesitas. El trabajo no se hace por lo que produce. Lo hacemos para que nos paguen, y los jefes nos pagan para lucrar. Al final del día los jefes reinvierten el dinero que nosotros les producimos, y hacen crecer sus negocios e inversiones.

Nuestro trabajo queda almacenado en las cosas que nuestros jefes poseen y venden: capital. Ellos siempre están buscando nuevas formas para transformar nuestra actividad en mercancías, nuevos mercados para venderlas, y gente que no tenga nada que vender, excepto tiempo y energía, gente que tenga que trabajar para comprar mercancías. Lo único que nosotros obtenemos del trabajo es dinero para pagar el alquiler, comida, ropa y cerveza: lo suficiente para que podamos seguir trabajando.

Cuando no estamos trabajando, estamos viajando hacia o desde el trabajo, preparándonos para trabajar, descansando porque estamos cansados de trabajar o emborrachándonos para olvidarnos del trabajo. Lo único peor que trabajar es no tener trabajo. Entonces nos pasamos semanas en la calle buscando trabajo, sin que nadie nos pague por hacerlo. En cuanto a un seguro de cesantía, cuesta un mundo conseguirlo, no paga tanto como un trabajo y no alcanza para todos/as los/as cesantes. El constante temor al desempleo es lo que nos hace ir al trabajo todos los días. Y nuestro trabajo es la base de la sociedad. Cada hora que pasamos trabajando para los patrones, el poder de los patrones crece más y más. Esa es la fuerza dominante en todos los países del mundo.

Mientras trabajamos estamos bajo el control de nuestros jefes, y bajo el control de los mercados donde ellos comercian. Y en el resto de nuestra vida una mano invisible nos impone la misma disciplina y el sinsentido que domina el trabajo. La vida parece un espectáculo que contemplamos desde afuera, sin poder controlarla. Todas nuestras actividades tienden a alienarse y se vuelven aburridas como el trabajo: los quehaceres domésticos, el entretenimiento… Eso es el capitalismo.

Anti-trabajo

“Desde luego, los capitalistas están muy satisfechos del sistema capitalista. ¿Por qué no habrían de estarlo? Este sistema los enriquece.”
Alexander Berkman

El trabajo se experimenta de formas bastante distintas dependiendo de qué lado estés. Para nuestros jefes, el trabajo es la forma en que ellos hacen dinero para hacer más dinero. Para nosotros, el trabajo es una forma miserable de sobrevivir. Mientras menos nos pagan, menos rendimos. Entonces nos hacen trabajar más rápido, y nos dan trabajos más duros. Nuestros intereses son opuestos; ese conflicto entre patrones y trabajadores está siempre presente: en el trabajo y en el resto de la vida social basada en el trabajo. Mientras más paguemos por el arriendo o por el pasaje en bus, más tendremos que trabajar para poder pagar.

Los salarios, las ganancias, las jornadas y condiciones laborales, así como la política, el arte y la tecnología son el resultado de este conflicto de clases. La única forma de dañar al sistema capitalista es levantarnos por nuestros propios intereses en este conflicto.

Comunidad

“Ya va siendo hora de que los rebeldes se den cuenta de que “el pueblo” y la clase trabajadora no tienen nada en común.”
Joe Hill

La civilización está profundamente dividida. La mayoría de nosotros pasamos la mayor parte del tiempo trabajando y nos hacemos cada vez más pobres, mientras los dueños del capital se hacen cada vez más ricos, manejándonos y lucrando con nuestro trabajo. Todas las comunidades e instituciones de la sociedad están basadas sobre esta división fundamental. Así, hay divisiones y comunidades basadas en la raza, en la cultura y el idioma. Hay divisiones y comunidades basadas en el sexo y la edad. Existe la comunidad nacional y la comunidad ciudadana, así como la división entre naciones con y sin ciudadanos. Nos dividimos y nos unimos en base a religiones e ideologías. Crecimos juntos para comprar y vender en el mercado. Algunas de estas identidades han existido por milenios. Otras son el resultado directo del modo de producción actual. Pero todas están organizadas para servir al capital. Todas les sirven a nuestros jefes para acumular nuestro tiempo muerto en la producción de mercancías, y para mantener intacta esta división de la sociedad. A veces los pobres de un país son arrastrados a identificarse con sus patrones y a combatir a los pobres de otro país. A los trabajadores les cuesta más organizar una huelga con trabajadores que se ven diferentes y hablan diferente, especialmente si un grupo se cree superior o mejor que el otro. Estas divisiones y comunidades reflejan la división de tareas en el trabajo.

Esas divisiones y comunidades separadas nos encierran en una comunidad totalmente incluyente que se nos impone. Esta comunidad total es imaginaria y falsa. Los dueños de las empresas manejan a los gobiernos y los medios de comunicación, las escuelas y las prisiones, la seguridad social y la policía. Gobiernan nuestras vidas. Los diarios y la televisión reflejan su visión del mundo. Las escuelas enseñan la grandiosa (o desafortunada) historia de su sociedad y producen titulados y fracasados que se ajustan a distintos tipos de trabajo. Los gobiernos proporcionan los servicios para que esta sociedad progrese tranquila. Y cuando todo eso falla, usan a la policía, las prisiones y los ejércitos. Esa no es nuestra comunidad.

Anti-comunidad

“En esta época el poder de la burguesía reside en la falta de autonomía e independencia espiritual del proletariado.”
Anton Pannekoek

Ellos nos organizan contra nosotros mismos, y nos impiden organizarnos contra ellos.

Si hablamos sobre la clase y el proletariado, es para insistir en esta idea básica: los miembros de diferentes “comunidades” tienen experiencias esencialmente similares, y por lo tanto deberían levantarse. Ese es el primer paso para luchar contra las comunidades del capital. Cuando empezamos a luchar por nuestros propios intereses nos damos cuenta que los demás están haciendo lo mismo: los prejuicios caen y nuestra rabia se dirige hacia donde tiene que dirigirse. Queda claro que no somos débiles porque estamos divididos; sino que estamos divididos porque somos débiles.

Las comunidades del capital se vuelven insignificantes cuando las atacamos, y las atacamos mostrando su insignificancia. El racismo y el sexismo se vuelven repulsivos cuando los trabajadores y trabajadoras de diferentes razas se juntan para luchar contra sus enemigos de clase. Y esa lucha se hace más efectiva cuando incluye a compañeros de distintas “comunidades”. Ya no habrá necesidad de algo que nos permita comprar y vender los productos que necesitamos – el dinero – cuando no sea necesario medir el tiempo de trabajo almacenado en esos productos. Esto solo será realidad cuando hagamos las cosas porque hay necesidad de ellas, y no para venderlas o comercializarlas. Entonces no será necesario que un gobierno maneje a la sociedad, la sociedad ya no está dividida entre jefes y fuerza de trabajo: la gente manejará su vida por sí misma. Entonces no necesitaremos comunidades de raza o nación; seremos una comunidad humana; la sociedad no estará dividida entre ricos y pobres. La forma de alcanzar esa sociedad es luchando contra las condiciones de vida actuales. Esa tendencia a formar una comunidad de lucha contra esta forma de vida – es decir contra el trabajo, el dinero, el intercambio de mercancías, las fronteras, las naciones, los gobiernos, la policía, la religión, la raza – a veces se le ha llamado “comunismo”.

Política

“Mientras más gobernados estamos, menos libres somos.”
The Alarm (periódico anarquista de Chicago en los años 1880)

El gobierno es el modelo de la actividad política. Políticos/as representando diferentes países, regiones, o “comunidades” peleando uno contra otro. Se nos empuja a apoyar a los líderes que menos nos desagradan, y nunca nos sorprende que nos estafen. Todas las ideas rupturistas o favorables a la clase trabajadora que pueda tener un político, se desvanecen una vez que empieza a gobernar. Esto no es un defecto de los que están en el gobierno, el gobierno tiene su propia lógica. El hecho de que esta sociedad esté dividida en clases con intereses opuestos significa que siempre está en riesgo de entrar en crisis. Los gobiernos están ahí para asegurar que eso no suceda. Aunque el gobierno sea una dictadura o una democracia, ellos tienen todas las armas y las usarán contra nosotros/as para asegurase que nos mantengamos trabajando.

No hace mucho tiempo, la situación extremamente inestable de un país en particular podía ser diluida a través de la nacionalización de todas las industrias del país, creando un estado policiaco, y llamando a esto “comunismo”. Este tipo de capitalismo de estado probó ser menos eficiente y menos flexible que el viejo y conocido capitalismo de libre mercado. Con la caída de la Unión Soviética, no hubo más un Ejército Rojo que invadiera y estabilizara a otros países en ese sentido, y los partidos llamados “comunistas” alrededor del mundo pasaron a ser simplemente social demócratas.

Un partido político de la clase obrera es una contradicción en términos de que — no porque un partido no pueda estar formado por trabajadores, sino porque lo más que ese partido puede hacer es darle a los trabajadores una voz en el terreno político. Le permite a nuestros representantes expresar ideas sobre cómo nuestros jefes deberían dirigir la sociedad: como ellos pueden hacer más dinero y mantenernos bajo control. Ya sea que reclamen la nacionalización o privatización, más seguridad social o más policía (o ambas cosas), los programas de todos los partidos políticos son diferentes estrategias para gestionar el capitalismo.

Desafortunadamente los políticos también existen fuera del gobierno — en grupos guerrilleros que aspiran a ser gobierno, en activistas profesionales o en los sindicatos. Contrariamente a lo que los izquierdistas nos repiten siempre, los sindicatos hoy en día no existen para proteger los intereses de los trabajadores. Su rol es negociar con quienes manejan la economía. Ellos funcionan igual que empresas. La mercancía que venden a los patrones es fuerza de trabajo dispuesta a trabajar. Eso significa que deben dispersarnos cuando empezamos a atacar. Algunas veces logran su objetivo negociando aumentos salariales, otras veces vendiéndonos. Los sindicatos al igual que los políticos, buscan interponerse entre los trabajadores y los jefes y ser los mediadores, los negociadores, el medio de comunicación, los representantes, y finalmente los pacificadores. Los políticos siempre nos llaman a votar, a sentarnos a esperar que la organización negocie, a alinearnos tras los líderes y los especialistas en una especie de participación pasiva. Estos políticos no-gubernamentales ofrecen a los gobiernos una vía para mantener el orden pacíficamente, mientras ellos obtienen trabajos para gestionar nuestra miseria

Los grupos políticos son burocráticos. Ellos tienden a imitar las estructuras del trabajo, donde la actividad está controlada desde afuera. Ellos crean especialistas en política. Se sustentan en una división entre líderes y liderados, entre representantes y representados, entre organizadores y organizados. No se trata simplemente de una mala forma de levantar organizaciones, que se podría remediar con dosis de democracia participativa. Es justamente lo que los grupos políticos intentan hacer — gestionar una parte del capital.

A nosotros lo único que nos interesa de la política es su destrucción.

Anti-política

“El anarquismo no es una bonita utopía, ni una idea filosófica abstracta, es un movimiento social de las masas trabajadoras.”
Dyelo Truda (periódico anarquista de Paris en los años 20)

Cuando comenzamos a luchar por nuestras condiciones de vida, un tipo de actividad completamente diferente aparece. No andamos buscando políticos que vengan a cambiar las cosas por nosotros/as. Las hacemos nosotros mismos junto a otros proletarios/as.

Cada vez que irrumpe este tipo de resistencia en la clase trabajadora, los políticos tratan de extinguirla. Nos dicen que firmemos petitorios, que hagamos lobby con nuestros representantes, que organicemos sindicatos, grupos comunitarios y campañas electorales. Pero cuando nos encontramos luchando por nosotros/as mismos/as, nuestras acciones se tornan completamente diferentes a las de ellos. Arrancamos la propiedad de sus dueños y la usamos para nosotros mismos/as. Usamos tácticas militantes contra nuestros jefes y terminamos luchando contra la policía. Formamos grupos donde cada uno/a toma parte en las actividades sin que exista una división entre líderes y seguidores. No luchamos por nuestros líderes, por nuestros jefes o por nuestra patria. Luchamos por nosotros/as mismos. Esto no es una forma última de democracia. Nosotros vamos imponiendo nuestras necesidades en la sociedad sin debate — necesidades que van en sentido directamente opuesto a los intereses y deseos de la gente rica de cualquier lugar. No hay modo para nosotros de conversar en términos de igualdad en ésta sociedad. Esta tendencia combativa de la clase trabajadora para salir e ir en contra de los gobiernos y la política para crear nuevas formas de organización que no pongan su fe en nada más que nuestras propias habilidades, se le ha llamado a través del tiempo “anarquía”.

Guerra

“Arrasemos los barrios de los ricos.”
Lucy Parsons

Entonces estamos en guerra — una guerra de clases.

Aquí no hay ideas, propuestas o estrategias de organización que nos puedan conducir a la victoria. No hay una solución ahí afuera de como ganar ésta guerra.

Durante mucho tiempo ellos han tenido la iniciativa, nosotros estamos divididos y pasivos. Nuestra responsabilidad por nuestras condiciones de vida es individual: dejar el trabajo, trasladarse a barrios con arriendos más baratos, disfrutando de culturas alternativas y pandillas, suicidios, comprando boletos de lotería, abusando del alcohol o de drogas, yendo a la iglesia. Su mundo se nos muestra como la única posibilidad. Cualquier esperanza de cambio es vivida como algo imaginario — como una utopía o ideal separado de nuestra vida diaria.

Es la economía, como siempre, con todas sus crisis y destrucción que conlleva.

Cuando pasamos a la ofensiva comenzamos a reconocernos entre nosotros y a luchar colectivamente.

Para perturbar esta sociedad, debemos utilizar los aspectos en que ella depende de nosotros. Huelgas, sabotaje, revueltas, desertar, sublevación y robo de la propiedad. Armamos organizaciones para ampliar y coordinar nuestras actividades. Todas las posibilidades están abiertas. Nos volvemos más atrevidos y agresivos cuando perseguimos nuestros propios intereses de clase. Esto no descansa en formar un nuevo gobierno, o transformarnos en patrones. Nuestro interés es terminar con esta forma de vida — y por ende la sociedad que se levanta sobre esta forma de vida.

Somos la clase trabajadora que desea abolir el trabajo y la clase. Somos la comunidad de gente que desea separarse de la comunidad existente. Nuestro programa político es destruir la política. Para alcanzar eso, tenemos que empujar a las tendencias subversivas que hoy existen hasta rehacer la sociedad en todas partes. Hace tiempo a eso se le conoce como “revolución”.

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