Resultado del debate “Desencuentro generacional y anarquía”

Desencuentro generacional y anarquía

Breve introducción
Al observar el llamado movimiento anarquista percibimos enseguida la ausencia casi total de una dialéctica intergeneracional (excepción hecha del anarcosindicalismo, que por el tipo de estructuras que utiliza sí permite más ese encuentro). Dado que la temática de las luchas de ayer y de hoy no ha cambiado esencialmente, han de ser otro tipo de elementos los que han provocado esta brecha. Parámetros superficiales como el aspecto de unos y de otros, el de los espacios en que nos reunimos y el de los medios a través de los cuales hacemos propaganda, los diferentes soportes más o menos modernos, el argot, y los eventos en los que nos relacionamos, pueden estar en la base de la cuestión, al encajar mejor o peor en ellos unas u otras franjas de edad. Pensamos que aun siendo hasta cierto punto natural la participación en grupos de la propia edad, no deja de ser sorprendente el hecho de que difícilmente coincidamos en los conflictos de un pretendido movimiento político. Llegados a este punto y aún conociendo la amplitud de este debate, no queremos dejar de preguntarnos si tal movimiento no habrá dejado de avanzar para permanecer estático y consolidarse como una moda más, girando en torno a un tipo de ocio determinado de marcado carácter juvenil, que no interesa a los mayores. Nos interesan también las razones que dificultan la comunicación en la dirección inversa. Creemos que, nosotros los jóvenes, permanecemos ajenos a lo que generaciones anteriores han aprendido de sus luchas y es en parte esto lo que nos lleva a repetir cíclicamente los mismos errores. Puede que, a su vez, tengamos algo que aportar a nuestros mayores. Este debate que proponemos pretende servir de estímulo para la reflexión acerca de cómo potenciar el diálogo entre generaciones de rebeldes e impedir que sean aspectos triviales e irrelevantes a nuestras ideas los que generen barreras entre nosotros.

Éstas son algunas de las preguntas que lanzamos a debate:

-¿Qué barreras hay entre lxs jóvenes y lxs adultxs? ¿Son tan esenciales como para que no pueda haber encuentro?

-¿Qué esfuerzo se exige a la gente más mayor para que se acerque a determinadas iniciativas y qué esfuerzo hacen lxs jóvenes para acercarse a esa gente más mayor?

-¿Hay realmente interés en que ciertos espacios dejen de ser casi exclusivamente juveniles?

-Los puntos de encuentro. ¿Cómo y dónde se puede romper la barrera de la edad? ¿Existen ya o hay que inventarlos?

Algunas opiniones y/o conclusiones desordenadas
Lo primero que quedó patente es que para lxs allí asistentes, la brecha generacional se ve como un problema y una limitación. Además coincidimos en que jóvenes y mayores estamos igual de afectadxs y perdidxs ante esta situación.

Hay que tener en cuenta en todo momento, que las vidas de lxs jóvenes y de lxs mayores son muy diferentes y, si bien hay muchos problemas comunes, no tiene mucho que ver la rutina diaria de un/a estudiante que vive con sus padres, o de una persona que vive okupando, intentando no trabajar y reciclando comida de la basura con la de una persona más mayor, que ha formado una familia y por tanto necesita más ingresos, lo que suele significar muchas horas de trabajo y muy pocas para dedicarse a otras cosas. Esto se refleja en hechos como que gran parte de lxs libertarixs mayores estén implicadxs sobre todo en el terreno sindical, mientras que lxs más jóvenes en general pasan porque no se identifican con esa problemática. O el ejemplo que se puso de la lucha contra el desmantelamiento de la sanidad pública: se comentó que a esas convocatorias la presencia juvenil es muy baja, lo cual tiene cierta lógica, ya que lxs jóvenes mayoritariamente gozan de buena salud, no tienen que acudir al sistema de salud y no perciben como una amenaza perder una serie de prestaciones sanitarias. Aún así, también se vio claro que nadie plantea que tengamos que vivir igual, ni tener los mismos gustos y hábitos, sino que hay mucho que compartir y estamos perdiéndonoslo todxs por no crear las condiciones que permitan ese encuentro.

Quedó patente que algunas personas más mayores no se acercaban más a las ocupaciones por la propia precariedad de los espacios y por el temor (debido al desconocimiento más que a otra cosa) de que en cualquier momento puede aparecer la policía a identificar o intentar desalojar, lo que les genera una sensación de indefensión.

Aunque lo que más veces apareció como factor clave es la falta de proyecto que padece el movimiento anarquista (si es que existe como tal) en la actualidad. Para que la gente, independientemente de su edad, se sume a algo, tiene que haber algo a lo que sumarse. Quitando casos muy concretos, se ve una falta de objetivos definidos y palpables que hace que los colectivos y proyectos tengan una vida muy corta. También la falta de análisis a la hora de plantear los proyectos, moviéndonos muchas veces más por la inercia de lo que hacen lxs demás que por un planteamiento de nuestra actividad a corto y medio plazo, pensando en las necesidades que hay y en qué podemos aportar para cubrirlas. Esto, unido al éxodo masivo cuando se pasan los 25 años, edad en la que mucha gente acaba la carrera, se busca un trabajo y se va a vivir con su pareja, hace que sea muy difícil acumular experiencias y acabemos repitiendo los mismos esquemas de comportamiento una y otra vez. También dentro de este punto se habló del inmediatismo como un problema propio de la sociedad que vivimos y que nosotrxs reproducimos a la perfección, quemándose mucha gente por no ver resultados y dejando morir las iniciativas sin haberlas mantenido el tiempo necesario para que puedan dar sus frutos.

Se habló también de la figura de los ateneos, que cumplían esa función de espacios para la formación en los que sí se daba ese encuentro intergeneracional. Actualmente, fuera del ámbito anarcosindical, no conocemos muchas iniciativas de este tipo que estén funcionando. Sobre los posibles puntos de encuentro que se podían fomentar, la participación apareció como el que está más a nuestro alcance. No se trataría de cambiar ni adaptar discurso, sino de hacer partícipe o al menos contemplar esa posibilidad. Muchas veces la propia estructura organizativa con que se encaran las luchas impide que otras personas interesadas se sumen. No se trataría tanto de crear organizaciones mastodónticas perpetuas en el tiempo, ni necesariamente asambleas abiertas tan ansiosas de sumar miembros que acabe vaciándose de contenido, como de dedicarle un poco de tiempo a pensar también cómo pueden otras personas (más allá de nuestros grupos de afinidad) participar en las luchas que intentamos potenciar. A veces incluso nuestro discurso (no por lo que decimos, que es irrenunciable, sino por cómo lo decimos) deja poco margen a quienes no sean exactamente iguales que nosotrxs.

Por último una reflexión: lxs que ahora tenemos entre 20 y 30 años, algún día tendremos 50. En nuestras manos está empezar a crear un entorno, un discurso, unas formas organizativas, unos espacios en los que nosotrxs mismxs tengamos cabida el día de mañana.

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