[René Riesel] Preliminares sobre los consejos y la organización consejista

“El gobierno obrero y campesino ha decretado que Kronstadt y los buques rebeldes deben someterse inmediatamente a la autoridad de la República Soviética.

Por tanto, ordeno a todos los que han levantado su mano contra la patria socialista, que depongan las armas de inmediato. Los recalcitrantes serán desarmados y entregados a las autoridades soviéticas. Los comisarios y otros representantes del gobierno que se encuentran detenidos, deben ser liberados en el acto. Sólo quienes se rindan incondicionalmente podrán contar con un acto de gracia de la República Soviética. Al mismo tiempo, doy órdenes para preparar la represión y el sometimiento de los amotinados por medio de las armas. Toda la responsabilidad por los perjuicios que pueda sufrir la población pacífica, recaerá sobre la cabeza de los amotinados contrarrevolucionarios.

Esta advertencia es la definitiva”.

Trotski, Kamenev. “Ultimatum a Kronstadt”, 5 marzo 1921

“Lo único que os tenemos que decir es ¡TODO EL PODER A LOS SOVIETS! ¿Quitad vuestra manos de este poder, vuestras manos teñidas de sangre de los

mártires de la libertad que lucharon contra los guardias blancos, los propietarios y la burguesía!.

lzvestia de Kronstadt nº6, 7 marzo 1921

Hace 50 años que los leninistas redujeron el comunismo a la electrificación, que la contrarrevolución bolchevique erigió el estado soviético sobre el cadáver del poder de los Soviets, que la palabra Soviet ha dejado de traducirse por Consejo. Y en todo este tiempo, las revoluciones habidas siempre han lanzado a la cara de los amos del Kremlin la reivindicación de Kronstadt: “Todo el poder a los Soviets y no a los partidos” La notoria persistencia de la tendencia real del movimiento proletario hacia el poder de los Consejos Obreros a lo largo de medio siglo de tentativas y fracasos sucesivos, indican a la nueva corriente revolucionaria que los Consejos son la única forma de dictadura antiestatal del proletariado y el único tribunal que podrá pronunciar el juicio contra el viejo mundo, al mismo tiempo que ejecutará la sentencia.

Como nos es necesario precisar la noción de Consejo, descartaremos las groseras falsificaciones acumuladas por la socialdemocracia, la burocracia rusa, el titismo e incluso el benbellismo, pero sobre todo reconoceremos las insuficiencias de las breves experiencias prácticas que hasta ahora se han esbozado del poder de los Consejos, y los errores de las concepciones de los revolucionarios consejistas. Aquello a lo que el Consejo tiende a ser en su totalidad, aparece perfilado negativamente por los límites y las ilusiones que han marcado sus primeras manifestaciones y por la lucha inmediata y sin compromiso que las clases dominantes han emprendido contra él, factores ambos que causan su derrota. El Consejo pretende ser la forma de unificación práctica de los proletarios, que se apropian de los medios materiales e intelectuales para cambiar todas las condiciones existentes y realizan soberanamente su historia. El Consejo puede y debe ser la organización en acción de la conciencia histórica. Ahora bien nunca ni en ningún lugar, el poder de los Consejos llegó a trasponer la separación que, congénitamente, comportan las organizaciones políticas especializadas, y las formas de falsa conciencia ideológica que estas producen y defienden. Además, si los Consejos, como agentes principales de un momento revolucionario, son normalmente Consejos de Delegados que coordinan y federan las decisiones de los Consejos locales, se puede constatar que las asambleas generales de la base, casi siempre han sido consideradas como meras asambleas de electores, de manera que el primer grado de “un Consejo” se situaría a un nivel superior al de estas asambleas. Aquí nos encontramos con un principio de separación que no puede ser superado más que haciendo de las asambleas generales locales de todos los proletarios revolucionarios, el Consejo mismo, de donde cualquier tipo de delegación deba obtener en cualquier instante su poder (mandato).

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Dejando a un lado los rasgos preconsejistas que entusiasmaron a Marx en la Comuna de París (“la forma política al fin descubierta, bajo la que puede realizarse la emancipación económica del trabajo”) y que mejor que en la Comuna elegida se manifiesta en la organización del Comité Central de la Guardia Nacional, compuesto por delegados del proletariado parisino, el primer esbozo de una organización propia del proletariado en un momento revolucionario, fue el famoso “Consejo de Diputados Obreros” de San Petesburgo. Según las cifras dadas por Trotski en 1905, unos 200.000 obreros enviaron sus delegados al Soviet de San Petesburgo, pero su influencia se extendía mucho más allá de su zona, pues otros muchos Consejos de Rusia se inspiraban en sus deliberaciones y decisiones; agrupaba directamente a los trabajadores de más de 150 empresas y además acogía a los representantes de 16 sindicatos que se habían unido al Consejo. Su primer núcleo se formó el 13 de octubre, pero ya el 17, instituía por encima de él, un Comité Ejecutivo que, dice Trotski, “le servía de ministerio”. Sobre un total de 562 delegados, el Comité Ejecutivo lo formaban 31 miembros, de los cuales 22 eran realmente obreros delegados por el conjunto de los trabajadores y 9 representaban a los tres partidos revolucionarios (mencheviques, bolcheviques y social-revolucionarios); sin embargo los “representantes de los partidos no tenían voto en las deliberaciones”. Podemos admitir, pues, que las asambleas de base estaban representadas fielmente por sus delegados revocables, pero evidentemente, éstos habían abdicado gran parte de su poder y de manera totalmente parlamentarista a favor de un Comité Ejecutivo en el que los “técnicos” de los partidos políticos tenían una influencia inmensa

¿Cuál fue el origen de este Soviet?. Parece que esta forma de organización fue encontrada por algunos elementos políticamente instruidos de la base obrera y que pertenecían a alguna fracción socialista. Parece excesiva la afirmación de Trotski al decir que “una de las dos organizaciones socialdemócratas de Petesburgo, tomó la iniciativa de la creación de una administración autónoma revolucionaria obrera”. (Además, de estas “dos organizaciones”, quienes enseguida reconocieron la importancia de esta iniciativa, fueron los mencheviques). Sin embargo, la huelga de octubre de 1905, se originó, de hecho en Moscú el 19 de septiembre, cuando los tipógrafos de la empresa Sytin se pusieron en huelga, fundamentalmente porque querían que los signos de puntuación estuvieran entre los 1000 caracteres que constituían la unidad de pago de su trabajo a destajo. Cincuenta empresas les siguieron y el 25 de septiembre, las imprentas de Moscú, constituyeron un Consejo. El 3 de octubre, “la asamblea de diputados obreros de las corporaciones de artes gráficas, de mecánica, de carpintería, del tabaco y otras, adoptó la resolución de constituir un consejo (Soviet) general de Moscú” (Trotski, op.cit.) Vemos, pues, que esta forma aparece espontáneamente al principio del movimiento huelguístico. Y este movimiento que empezó a enfriarse en los días siguientes, se vivificó de nuevo hasta alcanzar la gran crisis histórica del 7 de octubre, cuando los trabajadores de los ferrocarriles, a partir de Moscú y espontáneamente, comenzaron a interrumpir el tráfico de trenes.

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El movimiento de los Consejos en Turín, de marzo-abril de 1920, lo comenzaron los proletarios de la Fiat que constituían un núcleo muy concentrado. Entre agosto y septiembre de 1919, se procedía a la renovación de los elegidos en una “comisión interna” -una especie de comité de empresa colaboracionista, fundado por un convenio colectivo de 1906, con el objetivo de integrar mejor a los obreros-, lo que dio ocasión a una transformación completa del papel que jugaban estos “comisarios” por la situación de crisis social por la que entonces atravesaba Italia. Así comenzaron a federarse entre ellos en tanto que representantes directos de los trabajadores. En octubre de 1919, treinta mil trabajadores estaban representados en una asamblea de “comités ejecutivos de los Consejos de fábrica”, que se asemejaba más a una asamblea de shop-stewards que a una organización de Consejos propiamente dicha (sobre la base de un comisario elegido por cada taller). Pero el ejemplo se extendió como una mancha de aceite y el movimiento se radicalizó, sostenido por una fracción del Partido Socialista, que era la mayoritaria en Turín (con Gramsci) y por los anarquistas piamonteses (Cf. el folleto de Pier Carlo Masini, Anarchici e comunista nel movimento dei Consigli a Torino). El movimiento fue combatido por la mayoría del Partido Socialista y por los Sindicatos. El 15 de marzo de 1920, los Consejos iniciaron la huelga con ocupación de las fábricas y pusieron en marcha la producción bajo su absoluto control. El 14 de abril, la huelga ya era general en el Piamonte y en los días siguientes alcanzó gran parte del norte de Italia, sobre todo entre los ferroviarios y los estibadores. El gobierno tuvo que emplear buques de guerra para desembarcar en Génova las tropas que marcharían sobre Turín. Si el programa de los Consejos fue aprobado posteriormente por la Unión Anarquista Italiana, reunida en Bolonia, el 1 de julio no ocurrió lo mismo por parte del Partido Socialista y los sindicatos, que lograron sabotear la huelga manteniéndola en el aislamiento; el diario del Partido, Avanti, se negó a publicar el llamamiento de la sección socialista de Turín, mientras que la ciudad era tomada por 20.000 soldados y policías (Cf. P.C. Masini). La huelga, que había posibilitado con claridad una victoriosa insurrección proletaria en todo el país, fue aplastada el 24 de abril. Y ya sabemos lo que ocurrió después.

A pesar de los rasgos francamente avanzados de esta experiencia poco citada (cantidad de izquierdistas creen que las ocupaciones de fábricas comenzaron en Francia en 1936), debemos apuntar que comportaba ambigüedades bastante graves, incluso entre sus defensores y teóricos. Por ejemplo, Gramsci en el nº4 de Ordine Nuovo (2º año), escribía: “Nosotros concebimos el Consejo de fábrica como el principio histórico que debe conducir necesariamente a la fundación de un Estado Obrero”. Por su parte, los anarquistas consejistas estimaban aún el sindicalismo y pretendían que los Consejos le diesen un nuevo impulso.

Con todo, el manifiesto lanzado por los consejistas de Turín, el 27 de marzo de 1920, “a los obreros y campesinos de toda Italia” por un Congreso General de los Consejos (que no tuvo lugar), formula algunos puntos esenciales del programa de los Consejos: “La lucha de conquista se hace con armas de conquista y no de defensa (se refiere a los sindicatos, organismos de resistencia . . . cristalizados en una forma burocrática” -Nota de la I.S.). Debemos desarrollar una organización nueva como antagonista directa de los órganos de gobierno de los patronos; por eso debe surgir espontáneamente en el lugar de trabajo y reunir a todos los trabajadores porque todos, como productores, estamos sometidos a una autoridad que nos es extraña y debemos liberamos de ella (…) He aquí el origen de la libertad: el origen de una formación social que, extendiéndose rápida y universalmente, nos pondrá en trance de eliminar del terreno económico al explotador y al intermediario y convertirnos en nuestros propios amos, en amos de nuestras máquinas, de nuestro trabajo, de nuestra vida . . .

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Es conocido que los Consejos de obreros y de soldados en la Alemania de 1918-1919, estaban mayoritariamente dominados por la burocracia socialdemócrata o eran víctimas de sus maniobras, pues toleraban el gobierno “socialista” de Ebert cuyo apoyo principal era el Estado Mayor y los Cuerpos Francos. Los “7 puntos de Hamburgo” (sobre la liquidación inmediata del antiguo ejército) presentados por Dorrenbach y votados por una fuerte mayoría en el Congreso de los Consejos de Soldados iniciado el 16 de diciembre en Berlín, nunca fueron aplicados por los “comisarios del pueblo”. Los Consejos consintieron ese desafío, así como las elecciones legislativas fijadas rápidamente para el 19 de enero. Y después el ataque contra los marinos de Dorrenbach y después el aplastamiento de la insurrección espartaquista en la misma víspera de aquellas elecciones.

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En 1956, el Consejo Obrero Central del Gran Budapest, constituido el 14 de noviembre, se declaraba dispuesto a defender por sí mismo el socialismo y, al mismo tiempo, que exigía “la retirada de todos los partidos políticos de las fábricas”, se pronunciaba por la vuelta de Nagy al poder y por la fijación de elecciones libres en un plazo dado. En este momento se mantenía la huelga general mientras que las tropas rusas habían aplastado ya la resistencia armada. Pero incluso antes de la 2ªa intervención del ejército ruso, los Consejos húngaros habían pedido elecciones parlamentarias; es decir, que buscaban llegar a una situación de doble poder, cuando, eran el único poder efectivo en Hungría frente a los rusos.

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La conciencia de lo que el poder de los Consejos es y debe ser, nace en la práctica misma de ese poder. Pero en una fase en que ese poder sea parcial, la conciencia puede ser muy diferente de lo que piensa tal o cual trabajador miembro de un Consejo, o incluso la totalidad de un Consejo: la ideología se opone a la verdad en actos que encuentra su terreno en el sistema de los Consejos. Esta ideología se manifiesta, no solamente bajo formas de ideologías hostiles o bajo formas de ideologías sobre los Consejos edificados por fuerzas políticas que quieren someterlos, sino también bajo la forma de una ideología favorable al poder de los Consejos que restringe y dosifica la teoría y la praxis total. Por último, un puro consejismo sería también por sí mismo enemigo de la realidad de los Consejos. Tal ideología, bajo formulaciones más o menos consecuentes, comporta el riesgo de ser vehiculada por organizaciones revolucionarias que en un principio están orientadas hacia el poder de los Consejos. Este poder, que es en sí mismo la organización de la sociedad revolucionaria y cuya coherencia está objetivamente definida por las necesidades de esa tarea histórica tomada como conjunto, no puede, en ningún caso, dejar de lado el problema práctico de las organizaciones particulares, enemiga del Consejo o más o menos verídicamente proconsejistas que de todas formas intervendrán en su funcionamiento. Es necesario que las masas organizadas en Consejos conozcan y resuelvan este problema. Aquí, la teoría consejista y la existencia de auténticas organizaciones consejistas, adquiere singular importancia porque en ellos aparecen ya algunos elementos esenciales que estará en juego en los Consejos y en su propia interacción con los Consejos.

Toda la historia revolucionaria muestra que la aparición de una ideología consejista juega un papel no despreciable, en el fracaso de los Consejos. La facilidad con la que la organización espontánea del proletariado en lucha aseguró sus primeras victorias, frecuentemente anunció una segunda fase en la que la reconquista se operó desde dentro, en la que el movimiento prescindió de su realidad por la sombra de su fracaso. El consejismo es, en este sentido, la nueva juventud del viejo mundo.

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Socialdemócratas y bolcheviques tienen en común la voluntad de no querer ver en los Consejos más que un organismo auxiliar del Partido y del Estado. En 1902, Kautsky, inquieto por el descrédito que alcanzaba a los sindicatos, en el ánimo de los trabajadores, propugnaba que en ciertas ramas de la industria, los trabajadores eligieran “delegados que formarían una especie de parlamento que tuviera como misión, reglamentar el trabajo y vigilar la administración burocrática” (La Revolución Social). La idea de una representación obrera jerarquizado que culminara en un parlamento sería aplicada con mucha más convicción por Ebert, Noske y Scheidemann. La manera como trata a los Consejos este género de consejismos fue magistralmente experimentada por una vez por todas para los que no tienen mierda en lugar de cerebro desde el 9 de noviembre de 1918, cuando para combatir sobre su propio terreno la organización de los Consejos, los socialdemócratas fundaron en las oficinas del Worwaerts un “Consejo de Obreros y Soldados de Berlín” que contaba con doce hombres de confianza de las fábricas, de los funcionarios y líderes socialdemócratas.

El consejismo bolchevique no tenía ni la ingenuidad de Kautsky ni la desfachatez de Ebert. Saltó de la base más radical “Todo el Poder para los Soviets”, para caer de patas al otro lado de Kronstadt. En Las tareas inmediatas del poder de los Soviets (abril 1918), Lenin añade enzimas al detergente Kautsky: “Los parlamentos burgueses, incluso los de las mejores, desde el punto de vista democrático, repúblicas capitalistas del mundo, no son considerados por los pobres como algo suyo y para ellos (…). Precisamente el contacto de los soviets con el pueblo de los trabajadores, es lo que crea formas particulares de control por abajo -elección de diputados, etc.,- formas que debemos ahora empeñamos en desarrollar con celo particular. Por eso, los consejos de instrucción pública que son las conferencias periódicas de los electores soviéticos y sus delegados, reunidos para discutir y controlar la actividad de las autoridades soviéticas en este campo, merecen toda nuestra simpatía y nuestro apoyo. Nada sería tan estúpido como transformar a los soviets en algo fijado de antemano, en un objetivo en sí. Cuanto más resultante nos pronunciemos por un poder fuerte y despiadado, por la dictadura personal en tal proceso de trabajo, en tal momento del ejercicio de funciones puramente ejecutivas, más variados serán los medios de control por abajo con el objetivo de paralizar toda sombra de posibilidad de deformación del poder de los Soviets, a fin de extirpar, ahora y siempre, la embriaguez burocrática”. Para Lenin, pues los Consejos deben ser a manera de ligas de piedad, que actúen como grupos de presión que corrijan la inevitable burocracia del Estado en sus funciones políticas y económicas, asegurados respectivamente por el Partido y los Sindicatos. Los Consejos serían, como mucho, la parte social, que, como el alma de Descartes, es preciso que resida en alguna parte.

El mismo Gramsci no hace sino limpiar a Lenin con un baño de formalidades democráticas: “Los comisarios de las fábricas son los únicos y verdaderos representantes sociales (económicos y políticos) de la clase obrera porque son elegidos en sufragio universal por todos los trabajadores en el lugar mismo del trabajo. En los diferentes grados de su jerarquía, los comisarios representan la unión de todos los trabajadores tal como ésta se realiza en los organismos de producción (equipo de trabajo, departamento de fábrica, unión de las fábricas de una industria, unión de organismos de la industria mecánica y agrícola de una provincia, de una región, de nación, del mundo), siendo los Consejos y el sistema de los Consejos el poder y la dirección social” (artículo de Ordine Nuevo). Si los Consejos quedan reducidos al estado de fragmentos económico-sociales que preparan una “futura república soviética”, no cabe duda de que el Partido, este “Príncipe de los tiempos modernos” aparece como el indispensable entramado político, como el dios mecánico preexistente y deseoso de asegurar su existencia futura: “El partido comunista es el instrumento y la forma histórica de liberación interior gracias al cual los obreros, de ejecutantes se transforman en iniciadores, de masas se transforman en jefes y guías, de brazos se transforman en cerebros y voluntades” (Ordine -Nuovo, 1919). El tono cambia pero la cantinela del consejismo es la misma: Consejos, Partido, Estado. Tratar de los Consejos de manera fragmentaria (poder económico, poder social, poder político) como lo hace el cretinismo consejista del grupo Revolution Internationale de Toulouse, es creer que apretando las nalgas a uno lo porculizan a medias.

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El austro-marxismo, desde 1918, en la línea de lenta evolución que preconiza, también construye una ideología consejista propia. Max Adler, por ejemplo, en su libro Democracia y Consejos Obreros, ve acertadamente el Consejo como instrumento de autoeducación de los trabajadores, el fin posible de la separación entre ejecutantes y dirigentes, la constitución de un pueblo homogéneo que podrá realizar la democracia socialista. Pero reconoce también que el solo hecho de que los trabajadores detenten un poder no es suficiente para garantizarles un objetivo revolucionario coherente: para esto será preciso que los trabajadores miembros de los Consejos quieran explícitamente transformar y realizar el socialismo. Como Adler es un teórico del doble poder legalizado, es decir, de un absurdo que forzosamente será incapaz de mantenerse aproximándose gradualmente a la conciencia revolucionaria y preparando prudentemente una revolución para más tarde, se encuentra privado del único elemento verdaderamente fundamental de autoeducación del proletariado: la revolución misma. Para sustituir este irreemplazable terreno de homogeneización proletaria, esta única forma de selección constituida por la formación en sí de los Consejos y por la formación de las ideas y de los modos de actividad coherente en los Consejos, a Adler no se le ocurre más que esta aberración: “El derecho del voto para la elección de los Consejos obreros se basará en la pertenencia a una organización socialista”.

Al margen de la ideología sobre los Consejos, de socialdemócratas y bolcheviques, que desde Berlín a Kronstadt han tenido siempre un Trotski o un Noske preparado, podemos afirmar que la ideología consejista, o sea la de las organizaciones consejistas del pasado y la de algunos del presente, siempre tienen algunas asambleas y algunos mandatos imperativos de menos: a excepción de las colectividades agrarias de Aragón, todos los Consejos que han existido hasta hoy, han sido “consejos democráticamente elegidos” solamente en el mundo de las ideas, aún cuando los momentos álgidos de su práctica desmentían esta limitación y todas las decisiones eran tomadas por Asambleas Generales soberanas que daban su mandato a delegados revocables.

Únicamente la práctica histórica, en la cual la clase obrera encontrará y realizará todas sus posibilidades, indicará las formas organizativas concretas del poder de los Consejos. Sin embargo, corresponde a los revolucionarios la labor de establecer los principios fundamentales de las organizaciones consejistas que van a nacer en todos los países. Formulando hipótesis y recordando las exigencias fundamentales del movimiento revolucionario, este artículo que deberá ser seguido por algunos más, intenta abrir un debate igualitario y real. Solo excluiremos a aquellos que esquiven este planteamiento en estos términos, a saber: los que declarándose hoy enemigos de toda forma de organización en nombre de un espontaneísmo subanarquista, no hacen sino producir las taras y el confusionismo del antiguo movimiento; místicos de la no-organización, obreros desalentados al haber estado mezclados durante demasiado tiempo con las sectas trotskistas o estudiantes prisioneros de su pobre condición que son incapaces de escapar a los sistemas organizativos bolcheviques. Los situacionistas evidentemente son partidarios de la organización y la existencia de la organización situacionista lo atestigua. Los que anuncian su acuerdo con nuestras tesis poniendo un vago espontaneísmo en nuestro haber, simplemente, no saben leer.

Precisamente por no serlo todo y por no permitir salvar o ganarlo todo, la organización es indispensable. Al contrario de lo que decía el carnicero Noske (en Von Kiel bis Kapp) a propósito de la jornada del 6 de enero de 1919, las masas no fueron dueñas de Berlín ese día al mediodía, no porque tuvieran “buenos oradores” en lugar de “jefes decididos”, sino porque la forma de organización autónoma de los Consejos de fábrica no había llegado al suficiente grado de autonomía como para actuar sin “jefes decididos” y sin organización separada que asegurase unión. El ejemplo de Barcelona en mayo del 37 es otra prueba de lo que decimos: el hecho de que las armas salieran tan pronto en respuesta a la provocación estalinista, pero también que la orden de rendición lanzada por los ministros anarquistas fuera tan rápidamente obedecida, habla largo y tendido, tanto sobre las inmensas capacidades de autonomía de las masas catalanas como de la autonomía que todavía les faltaba para vencer. Mañana mismo, será el grado de autonomía de los trabajadores lo que decidirá nuestra suerte.

Las organizaciones consejistas que se formen en adelante no dejarán de reconocer y de retomar como un punto de partida la Definition mínimum des organisations revolutionnaires, adoptada por la VII conferencia de la Internacional Situacionista (cf. I.S. nº 11, págs. 54 y 55). Al ser tarea de tales organizaciones la preparación del poder de los Consejos que es incompatible con cualquier otra forma de poder, deberán saber que un acuerdo abstracto dado a esta definición, las condena sin remedio a no ser nada. Por esto su acuerdo real se verificará prácticamente en las relaciones no jerárquicas en el interior de los grupos o secciones que los constituyen, en las relaciones entre estos grupos y en las relaciones con otros grupos u organizaciones autónomas; tanto en desarrollo la teoría revolucionaria, y de la crítica unitaria de la sociedad dominante como en la crítica permanente de su propia práctica. Rehusando la vieja bifurcación del movimiento obrero en organizaciones separadas, partidos y sindicatos, afanarán su programa y su práctica unitarias. Todas las organizaciones consejistas del pasado que jugaron un papel importante en la lucha de clases, consagraron la separación entre los sectores político, económico y social. Uno de los pocos partidos antiguos que merecen ser analizados es el Kommunistische Arbeiter Partei Deutschlands (K.A.P.D., Partido comunista obrero alemán) que al adoptar los Consejos como programa sólo se proponía como tareas esenciales la propaganda y la discusión teórica, “la educación política de las masas”, dejando a la Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands (A.A.U.D., Unión general de trabajadores de Alemania) el papel de federar las organizaciones revolucionarias de las fábricas, concepción que se alejaba poco del sindicalismo tradicional. Aunque el K.A.P.D. rechazaba el parlamentarismo y el sindicalismo de un K.P.D. (Kommunistische Partei Deutschlands, Partido comunista alemán), tanto como la idea leninista del partido de masas y prefería agrupar a los trabajadores conscientes, quedaba aún amarrado al viejo modelo jerárquico del partido de vanguardia, o sea, profesionales de la revolución y redactores asalariados. El rechazo a este modelo, principalmente explicitado en la negación de una organización política separada de las organizaciones revolucionarias de las fábricas, llevó en 1920 a la escisión de una parte de los miembros de la A.A.U.D. que fundaron la A.A. U.D.-E(Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands Einheitsorganisation, Unión general de los trabajadores de Alemania-Organización unificada). La nueva organización unitaria cumpliría mediante el nuevo juego de su democracia eterna el trabajo de educación hasta entonces desempeñado por el K.A.P.D. y se asignaba como tarea simultánea la coordinación de las luchas: las organizaciones de fábricas que federaba, se convertirían o transformarían en Consejos en el momento revolucionario y asegurarían la gestión de la sociedad. Así la consigna moderna del Consejo Obrero estaba aún mezclada a los recuerdos mesiánicos del antiguo sindicalismo revolucionario: las organizaciones de fábricas se convertirían mágicamente en Consejos cuando todos los obreros estuvieran integrados en ellas.

Todo esto llevó a lo que tenía que llevar. Después del aplastamiento de la insurrección de 1921 y de la represión del movimiento, los obreros, desilusionados por el alejamiento del horizonte revolucionario abandonan en gran número las organizaciones de fábrica que periclitaron al tiempo que dejaban de ser los órganos de una lucha real. La A.A.U.D. era lo mismo que el K.A.P.D. y la A.A.U.D.-E, veía cómo la revolución se alejaba a la misma velocidad que sus efectivos disminuían. Ya no eran más que organizaciones portadoras de una ideología consejista, cada vez más separada de la realidad.

La evolución terrorista del K.A.P.D. y el apoyo exclusivo de la A.A.U.D. a reivindicaciones puramente “alimenticias” produjo en 1929 la escisión entre la organización de las fábricas y su partido. Muertos en vida, la A.A.U.D. y la A.A.U.D.-E, se fusionaron grotescamente y sin preámbulos ante la ascensión del nazismo en 1931. Los elementos revolucionarios de ambas organizaciones se reagruparon a su vez para formar la K.A.U.D. (Kommunistische Arbeiter Union Deutschlands, Unión de Trabajadores Comunistas de Alemania), que siendo una organización minoritaria con conciencia de serio, fue la única que no pretendió asumir la organización económica (económico-política en el caso de la A.A.U.D.-E) futura de la sociedad. La K.A.U.D. propuso a los obreros la formación de grupos autónomos y a que aseguraran por sí mismos la unión entre dichos grupos. Pero en Alemania la K.A.U.D. llegaba demasiado tarde. En 1931, el movimiento revolucionario había muerto hacía ya diez años.

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Aunque no sea más que para oírles rebuznar, vamos a recordarles a los que aún se obstinan en la querella marxismo-anarquismo, lo que la C.N.T.-F.A.I. (dejando de lado el peso muerto de la ideología anarquista, pero con mucha más práctica e imaginación liberadora) se parecía en sus disposiciones organizativas al marxista K.A.P.D.-A.A.U.D.. De la misma manera que el Partido Comunista obrero Alemán, la Federación Anarquista Ibérica quiere ser la organización política de los trabajadores españoles conscientes, mientras que la A.A.U.D. y la C.N.T. tienen a su cargo la organización de la sociedad futura. Los militantes de la F.A.I., élite del proletariado, difunden la idea anarquista entre las masas; la C.N.T. organiza prácticamente a los trabajadores en sus sindicatos. Pero entre las organizaciones alemana y española hay dos diferencias esenciales, una ideológica, de la que resultará lo que podía esperarse: la F.A.I. no quiere tomar el poder y se contentará con influenciar la totalidad de la conducta de la C.N.T.; y la otra es decisiva- la C.N.T. representa realmente a la clase obrera española. Dos meses antes de la explosión revolucionaria, el congreso cenetista de Zaragoza, el 1 de mayo de 1.936, adopta uno de los más bellos programas revolucionarios que organización alguna del pasado haya propuesto, programa que será parcialmente aplicado por las masas anarcosindicalistas mientras que sus jefes zozobran en el ministerialismo y la colaboración de clases. Con los chulos de masas García-Oliver, Segundo Blanco, etc. y la subintelectual Montseny, el movimiento libertario antiestatal, que ya había soportado Kropotkin, el príncipe anarquista, encontraba al fin la coronación histórica de su absolutismo ideológico: los anarquistas de gobierno. En la última batalla histórica que libró el anarquismo vería caer sobre sí toda la salsa ideológica que era su ser: Estado, Libertad, Individuo y otras especies mayúsculas con que se abanicaban. Y mientras los milicianos, obreros y campesinos libertarios salvaban su honor y aportaban la mayor contribución práctica al movimiento proletario de toda la historia; quemaban iglesias, combatían en todos los frentes a la burguesía, al fascismo y al estalinismo; comenzaban a realizar la sociedad comunista.

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En la actualidad existen organizaciones que simulan no serlo. Este hallazgo les permite evitar ocuparse de la más elemental clasificación de las bases a partir de las que pueden reunir a no importa quien (con la mágica etiqueta de “trabajador”); no rendir cuentas a sus semimiembros de la dirección informal que algunos ejercen; decir no importa qué y, sobre todo, condenar indiscriminadamente, cualquier otra organización posible y cualquier enunciado teórico, maldito de antemano. Así, el grupo “Informations Correspondance Ouvrières”, escribe en un reciente boletín (I.C.O. nº 84, agosto 1969): “Los consejos son la transformación de los comités de huelga bajo la influencia de la situación misma y en respuesta a las necesidades propias de la lucha, en la dialéctica propia de la lucha. Cualquier otra tentativa para formular en un momento dado de una lucha la necesidad de crear consejos obreros, denota una ideología consejista tal como se puede observar bajo formas diversas en algunos sindicatos, en el P.S.U., o en los situacionistas. El concepto mismo del Consejo excluye toda ideología”. Estos individuos no saben nada de lo que es ideología, y la suya se distingue únicamente de otras más elaboradas por su eclecticismo invertebrado. Pero han oído campanas (quizá en Marx, quizá apenas en la I.S.) que tocaban que la ideología era mala cosa y han entendido que todo trabajo teórico, del cual ellos huyen como de la peste es ideología, lo mismo en los situacionistas como en el P. S. U.. Pero Su valiente recurso a la “dialéctica” y al “concepto”, adornos de su vocabulario, no les pone a salvo de una ideología imbécil suficientemente testimoniada por esta frase. Si contamos en idealistas con el “concepto” de Consejo solamente, o lo que es más eufórico, con la inactividad práctica de I.C.O. “para excluir toda ideología”, en los Consejos reales, podemos esperar lo peor: ahí está la experiencia histórica que niega todo optimismo de este género. La superación de la forma primitiva de los Consejos, no procederá sino de luchas cada vez más conscientes y en pro de una mayor conciencia. La imagen mecanicista de I.C.O. cuando habla de la perfecta respuesta automática del comité de huelga a las “necesidades”, que hace ver que el Consejo aparecerá por sí mismo y a su hora, a condición sobre todo de que no se hable del asunto, desprecia totalmente la experiencia de las revoluciones de nuestro siglo, que señalan que “la situación por sí misma” tiende más bien a hacer desaparecer los Consejos o su recuperación, que a hacerlos surgir.

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Dejemos esta ideología contemplativo, ersatz degradado de las ciencias naturales que quisiera observar la aparición de una revolución proletaria como una erupción solar. Se formarán organizaciones consejistas y deberán de ser todo lo contrario de un estado mayor que hiciera que los Consejos surgieran por decreto. A pesar de que el movimiento de las ocupaciones de mayo del 68 abrió un nuevo período de crisis social, que se ha manifestado aquí y allá, desde Italia a la U.R.S.S., es probable que se tarde bastante en constituir verdaderas organizaciones consejistas y que se producirán movimientos revolucionarios importantes ante los cuales estas organizaciones no estén en condiciones de actuar a un nivel importante. No se debe jugar con la organización consejista lanzando o sosteniendo parodias prematuras. De lo que no cabe duda es que los Consejos tendrán más oportunidades de mantenerse como único poder si en ellos se encuentran consejistas conscientes y en posesión real de la teoría consejista.

Al contrario del Consejo como permanente unidad de base (constituyendo y modificando constantemente a partir de él los Consejos de delegados), asamblea en la que deben participar todos los obreros de una empresa (consejos de talleres, consejos de fábricas) y todos los habitantes de un sector urbano adherido a la revolución (consejos de calles, de barrios), la organización consejista, para garantizar su coherencia y el ejercicio efectivo de su democracia interna, deberá escoger a sus miembros, según lo que aquellos quieren expresamente y según lo que puedan hacer efectivamente. La coherencia de los consejos está garantizada por el hecho de que son el poder, eliminan cualquier otra forma de poder y deciden sobre todo. Esta experiencia práctica es el terreno en que todos los hombres adquieren la inteligencia de su propia acción, en que “realizan la filosofía”. Es evidente también que existe el riesgo de cometer errores pasajeros y que no se disponga del tiempo y los medios para rectificar; pero los Consejos tendrán en cuenta de que su propia suerte es el producto verdadero de sus propias decisiones y que su existencia necesariamente cesará por el contragolpe de sus errores no dominados.

En la organización consejista, la igualdad real de todos en la toma de decisiones y en la ejecución de estas no será un eslogan vacío, una reivindicación abstracta. Es una verdad de perogrullo que todos los miembros de una organización no tienen el mismo talento y que un obrero escribirá siempre mejor que un estudiante. Pero dado que la organización poseerá globalmente todas las capacidades necesarias complementariamente, ninguna jerarquía de facultades individuales vendrá a sabotear la democracia. La adhesión a una organización consejista y la proclamación de una igualdad ideal, es evidente que no hará que sus miembros sean todos guapos, inteligentes y que sepan vivir sino que permitirá que sus aptitudes reales para ser más guapos, más inteligentes, etc., se desarrolle en el único juego que vale la pena: la destrucción del viejo mundo.

En los movimientos sociales que se produzcan, los consejistas no dejarán que se les elija en los comités de huelga; su tarea consistirá, por el contrario, en actuar para que todos los obreros se organicen por la base en asambleas generales que decidirán la conducta a seguir en la lucha. Hace falta que se empiece a comprender que la absurda reivindicación de un “comité central de huelga”, lanzada por algunos ingenuos durante el movimiento de las ocupaciones de Mayo del 68, si se hubiera logrado, habría saboteado más rápidamente todavía, el movimiento hacia la autonomía de las masas, porque casi todos los comités de huelga estaban controlados por los estalinistas.

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Dado que no nos corresponde el forjar un plan que valga para cualquier situación futura, y que un paso adelante del movimiento real de los Consejos valdrá más que una docena de programas consejistas, es difícil emitir hipótesis precisas en lo que concierne a la relación de las organizaciones consejistas con los Consejos en el momento revolucionario. La organización consejista -que sabe que está separada del proletariado- deberá dejar de existir en cuanto organización separada en el instante en que quedan abolidas las separaciones, incluso si la completa libertad de asociación garantizada por el poder de los Consejos deja sobrevivir diversas organizaciones y partidos enemigos de este poder. Sin embargo, es discutible que todas las organizaciones consejistas se disuelvan, como quería Pannekoek, desde el momento en que los Consejos aparezcan. Los consejistas hablarán como tales en el interior de los Consejos y no deberán propugnar una disolución ejemplar de sus organizaciones para luego reunirse al lado y jugar a los grupos de presión sobre la asamblea general. Así les será más fácil y legítimo el combate y la denuncia de la inevitable presencia de burócratas, espías y viejos esquiroles que se infiltrarán por todas partes. También será preciso luchar contra los falsos Consejos o los fundamentalmente reaccionarios (Consejos de policías), que sin duda, aparecerán, actuando de manera que el poder unificado de los Consejos no reconozca a estos organismos ni a sus delegados. Al ser exactamente contrario a sus fines la infiltración en otro tipo de organizaciones y por rechazar toda incoherencia en su seno, las organizaciones consejistas prohíben la doble pertenencia. Antes hemos dicho que todos los trabajadores de una fábrica, o al menos los que aceptan las reglas de su juego deben de formar parte del Consejo, pero en el caso de “aquellos a los que hubo que sacar de la fábrica con el browing en la mano” (Barth) sólo podremos hallar la solución en su momento.

La organización consejista sólo podrá ser juzgada, en último término, por la coherencia de su teoría y su acción, por su lucha por la desaparición completa de todo poder exterior a los Consejos o que intente constituirse fuera de ellos. Para simplificar la cuestión y no tomar en consideración la ola de pseudoorganizaciones consejistas que estudiantes y gente obsesionada por el militantismo profesional simularán, digamos que no se puede reconocer como consejista toda aquella organización que no se componga por lo menos de las dos terceras partes de obreros. Y como esta proporción puede aparecer como una concesión, nos parece indispensable corregirla mediante esta regla: se establecería que en toda delegación a conferencias centrales donde pudieran tomarse decisiones no previstas por mandato imperativo, los obreros constituirían las 3/4 del conjunto de participantes. En resumen, la proporción inversa a la que se dio en los primeros congresos del “partido obrero socialdemócrata de Rusia”.

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Se sabe que nosotros no tenemos ninguna propensión al obrerismo bajo ninguna forma en que se conciba éste. Se trata de que los obreros “devengan en dialécticos”, del mismo modo en que lo harán, pero entonces en masa, con el ejercicio del poder de los Consejos porque son, ahora y siempre, la fuerza central capaz de detener el funcionamiento existente en la sociedad y la fuerza indispensable para reinventar todas sus bases. Además, aunque la organización consejista no debe de separarse de otras categorías de asalariados, sobre todo de los intelectuales, es fundamental que estos últimos vean limitada la importancia sospechosa que pueden tomar, tanto considerando todos los aspectos de su vida para verificar si son auténticamente revolucionarios, consejistas como limitando su número de modo que en la organización sean tan pocos como sea posible.

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La organización consejista no aceptaría hablar de igual a igual con otras organizaciones si éstas no son partidarias consecuentes de la autonomía del proletariado; del mismo modo que los Consejos habrán de deshacerse no sólo de intentos de recuperación de partidos y sindicatos sino de todo aquellos que tienda a hacerse un lugar bajo el sol y a tratar con los Consejos de poder a poder. Los Consejos serán la única potencia o no serán nada. Los medios de su victoria son ya su victoria; con la palanca de los Consejos y el punto de apoyo de una negación total de la sociedad espectacular-mercantil se puede levantar la tierra.

La victoria de los Consejos no se sitúa al fin sino en el principio de la revolución.

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