[Internacional Situacionista] Instrucciones para tomar las armas

Si hay algo que hace reír cuando se habla de revolución, es evidentemente porque el movimiento revolucionario organizado desapareció hace tiempo en los países modernos, donde se concentran precisamente las posibilidades de una transformación decisiva de la sociedad. Pero el resto es mucho más irrisorio todavía, puesto que se trata de lo existente y de las diversas formas de su aceptación. El término “revolucionario” está desprestigiado hasta el punto de designar en la publicidad los cambios mínimos en los detalles de la producción incesantemente modificada de mercancías, porque no se expresan todavía en ninguna parte las posibilidades de un cambio central deseable. El proyecto revolucionario de nuestros días comparece como acusado ante la historia: se le acusa de haber fracasado, de haber producido una nueva alienación. Esto vuelve a constatarnos que la sociedad dominante ha sabido defenderse, en todos los planos de la realidad, mucho mejor de lo que preveían los revolucionarios. No es que se haya vuelto más aceptable. Lo que pasa es que hay que reinventar la revolución, eso es todo.

Esto plantea un conjunto de problemas que deberán ser dominados teórica y prácticamente en los próximos años. Se pueden señalar sumariamente algunos puntos sobre los cuales es urgente llegar a un acuerdo.

De la tendencia a un reagrupamiento que manifiestan estos años diversas minorías del movimiento obrero en Europa, no podemos quedarnos más que con la corriente más radical, que actualmente se agrupa alrededor de la consigna de los Consejos Obreros. Y no hay que perder de vista que elementos simplemente confusionistas buscan posicionarse en esta confrontación (ver el acuerdo recientemente alcanzado entre revistas filosófico-sociológicas “de izquierda” de diferentes países).

Los grupos que buscan crear una organización revolucionaria de un nuevo tipo encuentran su mayor dificultad a la hora de establecer relaciones humanas nuevas en el interior de una organización semejante. La presión omnipresente de la sociedad se ejerce contra este intento. Pero no podemos salir de la política especializada si no es con métodos que aún hay que experimentar. La reivindicación de la participación de todos vuelve a ser la necesidad sine qua non para la gestión de la organización, y posteriormente de la sociedad realmente nueva, en lugar de un deseo abstracto y moralizador. Si no son más que simples ejecutores de las decisiones de los amos del aparato, los militantes corren el peligro de verse reducidos al papel de espectadores de los que entre ellos están más cualificados para la política concebida como especialización, y de reconstruir al otro lado la relación de pasividad del viejo mundo.

La participación y la creatividad de las personas dependen de un proyecto colectivo que concierne explícitamente a todos los aspectos de lo vivido. Es también el único camino para “encolerizar al pueblo” haciendo aparecer el terrible contraste entre las posibles construcciones de la vida y su miseria actual. Sin la crítica de la vida cotidiana, la organización revolucionaria es un medio separado, así como convencional y finalmente pasivo, como esas ciudades de vacaciones que son el terreno especializado del ocio moderno. Algunos sociólogos, como Henri Raymond al estudiar Palinuro, han puesto en evidencia el mecanismo del espectáculo que recrea, bajo la modalidad del juego, las relaciones de la sociedad global. Pero se han felicitado ingenuamente por la “multiplicación de los contactos humanos”, por ejemplo, sin reconocer que el aumento simplemente cuantitativo de estos contactos los hace tan triviales e inauténticos como en todas partes. El programa político común no asegura en ningún sentido la comunicación entre las personas, ni siquiera en el grupo revolucionario más anti-jerárquico y libertario. Los sociólogos son partidarios de un reformismo de la vida cotidiana, de organizar la compensación en las vacaciones. Pero el proyecto revolucionario no puede aceptar la idea clásica de juego limitado en el espacio, en el tiempo y en su profundidad cualitativa. El juego revolucionario, la creación de la vida, se opone al recuerdo de pasados juegos. Las ciudades de vacaciones del “Club Mediterráneo” se sostienen por una ideología polinesia de pacotilla para coger a contrapié el tipo de vida llevado durante cuarenta y nueve semanas de trabajo, igual que la Revolución francesa se produjo bajo el disfraz de la Roma republicana, o que los revolucionarios de hoy se ven, se definen a sí mismos por lo que tienen de función de militante bolchevique o de otro tipo. La revolución de la vida cotidiana no sabrá extraer su poesía del pasado, sino sólo del futuro.

Precisamente hay que hacer una corrección precisa a la crítica de la idea marxista de la extensión del tiempo del ocio a partir de la experiencia del ocio vacío del capitalismo moderno: es cierto que la plena libertad del tiempo necesita ante todo la transformación del trabajo y su apropiación con fines y condiciones totalmente diferentes a los del trabajo forzado existente hasta ahora (cf. la acción de los grupos que publican en Francia Socialisme ou Barbarie, en Inglaterra Solidarity for the Workers Power, en Bélgica Alternative). Pero los que partiendo de esto cargan el acento sobre la necesidad de cambiar el trabajo en sí mismo, de racionalizarlo, de interesar a las personas, descuidando el contenido libre de la vida (de un poder creativo equipado materialmente que se trata de desarrollar más allá del tiempo de trabajo clásico -él mismo también modificado- así como más allá del tiempo de reposo y distracción), asumen el riesgo de encubrir en realidad una armonización de la producción actual, un mayor rendimiento, sin que se plantee críticamente lo vivido mismo de la producción, la necesidad de esta vida en el plano de contestación más elemental. La construcción libre del espacio-tiempo de la vida individual es una reivindicación que habrá que defender contra todos los sueños de armonía de los candidatos a managers del próximo orden social.

No pueden comprenderse los diferentes momentos de la actividad situacionista hasta hoy más que desde la perspectiva de una nueva aparición de la revolución, no sólo cultural, sino social, cuyo campo de aplicación deberá ser inmediatamente más amplio que el de todos sus intentos anteriores. La Internacional situacionista no tiene pues que reclutar discípulos o partidarios, sino reunir personas capaces de dedicarse a esta tarea en los próximos años, por todos los medios y sin que importen las etiquetas. Lo que quiere decir, de paso, que debemos rechazar, tanto como las supervivencias de las conductas artísticas especializadas, las de la política especializada, y particularmente el masoquismo post-cristiano común a tantos intelectuales en este terreno. No pretendemos de-sarrollar solos un nuevo programa revolucionario. Decimos que este programa en formación contestará un día, en la práctica, la realidad dominante, y que nosotros participaremos en esta contestación. Sea lo que sea lo que podamos llegar a ser individualmente, el nuevo movimiento revolucionario no se hará sin que se tenga en cuenta lo que hemos buscado juntos, que puede expresarse como el paso de la vieja teoría de la revolución permanente restringida a una teoría de la revolución permanente generalizada.

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