[Keith Preston] Nuestra lucha no es moral ni intelectual, sino física

La idea de que hay algún vínculo inherente entre la filosofía moral de una persona y sus puntos de vista sobre filosofía política… es algo de sobre lo cual me siento escéptico. Por ejemplo, los conservadores políticos pueden ser o cristianos devotos que se cuelgan de una u otra concepción de la moral decretada por la divinidad, o materialistas y escépticos morales. Así también, a los liberales políticos puede encontrárselos lo mismo entre los partidarios del Evangelio Social que entre los humanistas seculares. Para aquellos que, como yo, rechazan enteramente al estado, la cuestión es: ¿qué clase de filosofía moral, si alguna, sirve como fundamento a nuestra visión política?

Mucho del pensamiento clásico anarquista está, de manera implícita, enraizado en el humanismo igualitarista de los amigos de Jean Jaques Rousseau, y en las ideas progresistas y evolucionistas sobre la historia formuladas por G.W.F. Hegel y algunos darwinistas sociales, en especial Herbert Spencer. De acuerdo a este punto de vista, la naturaleza humana es esencialmente benigna, pero ha sido corrompida o asfixiada por las poco óptimas instituciones sociales o por la mala educación. Pero, a medida que avance el conocimiento humano y evolucionen las instituciones sociales, la verdadera naturaleza humana, benigna, benevolente y cooperativa, volverá a brillar eventualmente. Esta clase de utopismo ingenuo emergió durante los siglos 18 y 19, una época de muy rápido desarrollo político, económico y científico. Por desgracia, los logros de esta era también produjeron la necia idea de que todo es posible, siempre que los seres humanos tengan un compromiso adecuado y se consagren a ello. Hoy en día, cuando escuchamos a los izquierdistoides hablar acerca de “un mundo sin hambre” o “sin odio”, y su constante retórica acerca de “compromisos”, “conciencia” o “surgimiento de la conciencia”, sabemos que el fantasma de Rousseau se pasea por aquí. El problema, por supuesto, es que no hay ni pizca de evidencia que apoye está visión. No hay indicios de mejora moral humana, aunque ha sido definida a través de los tiempos. El siglo 20 produjo algunos de los peores horrores en la historia -guerras mundiales, genocidios y armas nucleares. ¿Es ésta una mejora respecto de los caníbales y practicantes del sacrificio humano de los tiempos antiguos?

Algunos antiestatistas, como los discípulos de Murray Rothbard o Ayn Rand, tratan de justificar sus creencias mediante alguna teoría sobre “derechos naturales”. Es una versión mucho más consistente y desarrollada que la filosofía lockeana de los revolucionarios americanos. Según esta teoría, el derecho inalienable del individuo a la vida, la libertad, la propiedad, la búsqueda de la felicidad, o a cualquier otra cosa, ha sido decretado de alguna manera por la naturaleza. Aunque esto haya sido un mito útil en los comienzos del liberalismo clásico, no parece ser más que una doctrina arbitraria, mística o cuasi-religiosa, que únicamente afirma lo que desea probar. Históricamente, las doctrinas iusnaturalistas se han utilizado, con mucha frecuencia, para justificar no la libertad, sino diversos tipos de autoritarismo, como el de la superioridad “natural” de algunas razas sobre otras, o la oposición católica a actos “antinaturales”, como la contracepción.

Otros antiestatistas son utilitaristas y defienden la libertad sobre la base de que produce “mejores” resultados. Aunque ciertamente es importante demostrar que el anarquismo funciona en la práctica y que la economía de libre mercado produce resultados que la mayoría de la gente encontraría satisfactorios, el utilitarismo es, desde un punto de vista moral, tan arbitrario como el que más. ¿Por qué el mayor bien para el mayor número? ¿Por qué no el mayor bien para los más inteligentes, o los más fuertes, o los más sanos, o los más creativos, o atractivos, o los miembros de algún grupo racial o religioso? El cálculo benthamita, que supone el intento de poner en una balanza el peso total del placer y el dolor, parece imposible en el mundo real. ¿Por qué dar prioridad al placer? ¿Por qué no escuchar a aquellos que dicen que “el sufrimiento es bueno para el alma”? ¿Por qué debo apurarme si alguien es tan miserable como feliz soy yo?

Quienes buscan un fundamento religioso para la libertad están en la posición más débil. Incluso si alguien acepta como legítima una creencia religiosa, esto no dice nada acerca del problema del poder. Ninguna denominación religiosa que haya obtenido poder político ha creado jamás algo remotamente parecido a una sociedad libre. Podrá haber, ocasionalmente, algún anarquista o libertario religioso, pero la mayoría de las personas que se toman la religión en serio tienden más a la teocracia que a a cualquier otra cosa. Incluso los que apoyan la separación formal iglesia/estado suelen creer que el estado debe legislar o regular algunas cuestiones de orden personal o de “moralidad” religiosa (aborto, homosexualidad, uso de drogas, pornografía, etc). Y muchos terminan abrazando ideas económicas estatistas y/o alguna política exterior militarista/imperialista.

La tendencia natural de casi todos los seres humanos es favorecerse a sí mismos sobre los demás. Las mayoría se vincula con aquellas ideas políticas, filosóficas, éticas, morales, etc, que son más consistentes con sus propias necesidades y deseos y con los intereses de sus grupos pares o culturalmente similares. La mayoría muestra poca capacidad para el pensamiento independiente o la percepción moral más allá del auto-interés y la influencia de sus pares y líderes. Puesto que los diferentes individuos y grupos tienen intereses y sistemas de valores contrarios, el conflicto social resulta inevitable. Hobbes pensaba que la única solución a este dilema era un estado todopoderoso que restringiera y controlara las inclinaciones predatorias de los individuos y las fuerzas sociales en competencia, con el fin de preservar el orden y la civilización. El problema con esta solución de Hobbes debiera ser obvio: ¿quién controla a los controladores? Para Hobbes la elección era: caos o tiranía. Él optó por la segunda.

Concuerdo en gran medida con el análisis de Hobbes, pero rechazo su conclusión. Me parece que hay una tercera vía entre el absolutismo y el desorden. Me refiero al “orden espontáneo” descrito por Hayek y que de manera natural acompaña a la libertad y la descentralización. Puesto que los seres humanos son predadores por naturaleza, nadie debería tener poder sobre otro. La libertad da a los individuos los medios para cooperar con otros por su propio y mutuo auto-interés, sin recurrir a la fuerza o la coerción. El anarquismo es la filosofía política capaz de acomodar el mayor número de sistemas de valores, y minimizando el daño causado por el conflicto social. La idea de un poder disperso, inherente en el anarquismo, sirve para erigir una valla de seguridad contra los desastres que suelen acompañar a la concentración de poder. El resultado es un orden orgánico, natural, que tiende hacia la estabilización y harmonización de la sociedad. Sin embargo, no considero este logro como fundamento para alguna clase de moralidad objetiva. Nada de esto tiene que ver con la cuestión de si la prosperidad económica, la paz social y la libertad individual son fines deseables en y por sí mismos. El conservador Russell Kirk consideraba que la libertad era defendible sólo como un medio para la “virtud”, previamente definida. Algunos dirán que la paz y la prosperidad engendran debilidad, mediocridad y egoísmo. Mussolini sostenía que la guerra era buena porque hacía progresar a los fuertes, eliminaba a los débiles, y de esa manera contribuía a la mejora de la especie como un todo.

Como Bertrand Russell, me inclino a considerar las cuestiones morales como materias de emoción y opinión subjetiva e individual. Al final, la existencia se funda en la guerra stirneriana, amoral, de cada uno contra todos. ¿Significa esta ausencia de moral objetiva que “todo está permitido”, como Nietzsche insistía? Aunque no hay fundamentos abstractos, metafísicos, cósmicos, para los imperativos morales, los seres humanos seguimos encadenados a las fuerzas naturales y físicas (si bien algunos pensadores postmodernos parecen negarlo). Los medios tienen que ser consistentes con los fines que uno quiere alcanzar. Maquiavelo consideraba la “moralidad” como un asunto de simple conveniencia para mantener el poder. El reverso de esto, y una cuestión de importancia suprema para los anarquistas, implicaría a aquellos que resistirían al poder. Una especie de “maquiavelismo inverso” entra en juego ahí donde lo moral es lo que fomenta la resistencia al poder. La consecuencia de todo esto es que nuestra lucha contra el estado no es ni moral ni intelectual, sino física. ¿Significa esto que “la fuerza hace el derecho” [might makes right]?. No; sólo significa que “la fuerza hace la fuerza”, siendo el “derecho” un juicio de valor individual. Aquellos entre nosotros que han decidido, por la razón que fuere, que la libertad y el anarquismo son “el derecho” o “lo correcto”, necesitan poseer la fuerza suficiente para realizar sus metas.

Ésta es una cuestión con la que luché algunos años. Al principio yo era mucho más izquierdista y ortodoxo que hoy, y mis ideas no eran muy distintas de las ideas rousseaunianas-hegelianas que describí antes. Cuando me interesé en la economía de libre mercado, comenzó por atraerme la teoría de Rothbard de los derechos naturales, pero eventualmente deseché esa teoría como mero wishful thinking. La deseché totalmente cuando vi en televisión un documental acerca del juicio (allá por los 60’s) contra el nazi Adolf Eichman, asesino en masa y criminal de guerra. Me encontré preguntándome a mí mismo por qué suponía que lo mío era lo correcto y lo de Eichman lo incorrecto. ¿Acaso el auto-interés? Bueno, yo no querría vivir en un estado nazi. ¿Simpatía natural? Yo sentía empatía por aquellos que habían sido exterminados en los hornos y cámaras de gas. ¿Principios lógicos? No podía ver un fundamento para los programas de exterminación, más allá de un medio conveniente para alcanzar algunos fines. Sin embargo, el auto-interés y las simpatías de Eichman eran claramente muy diferentes a las mías, y el irracionalismo habita el corazón del nazismo. El teólogo C.S. Lewis dijo alguna vez:

“¿Qué sentido tiene decir que los nazis estaban en el error si lo Correcto [Right] no es algo real que los nazis conocían en el fondo tan bien como nosotros, y que es algo que debe practicarse? Si los nazis no tenían noción de qué es lo Correcto, entonces, aunque podamos seguir luchando contra ellos, no podemos culparlos por eso, más que los culpamos por el color de su pelo”.

Con todo, y como Noam Chomsky ha dicho repetidamente, los archivos nazis proporcionan amplia evidencia de que ellos tenían la convicción de que su causa era correcta. Lo importante en la afirmación de Lewis es que “podemos seguir luchando contra ellos”. El auto-interés, las simpatías naturales y las consideraciones de orden práctico y social son, por sí mismas, razones suficientes para resistir al nazismo. Ninguna moral objetiva es necesaria. Como dije, nuestra lucha contra el estado es, por naturaleza, una lucha primariamente física. Si alguien está motivado a luchar contra el estado porque cree en “derechos naturales” o porque cree que el anarquismo producirá “el mayor bien para el mayor número”, tanto mejor, eso le dará más fuerza. Los mitos pueden ser una fuente de inspiración en todo conflicto. Pero el punto real, crucial, es la necesidad de organizaciones populares anarquistas, instituciones intermedias, milicias ciudadanas, empresas económicas, tribunales populares y otras formas de automovilización que obtengan los recursos, la influencia y el poder social bruto (en el sentido de Nock) para hacer caer al estado y evitar su regreso, incluso por medios violentos, si es necesario. Toda la teoría moral y todos los análisis académicos del universo serán insuficientes si no podemos resistir físicamente a nuestros enemigos.

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