[Otto Rühle] La psique del niño proletario

La juventud proletaria desafió el principio de autoridad por primera vez en Junio de 1919 cuando una cantidad de jóvenes obreros abandonó la Juventud Socialista Libre para adoptar una posición propia en vez de oponerse desde adentro de una organización autoritaria (que era un apéndice de sus partidos). “¿Dónde están los líderes de la juventud,” decía un manifiesto de estos jóvenes en esta ocasión, “que no se han topado con la ‘benevolencia paternal’ y los ‘consejos bienintencionados’ de hombres mayores? Ya es tiempo de ponerle fin al cuento de hadas de la amistad desinteresada de la edad hacia la juventud.”

Esta juventud – juventud anarquista, se llamaban a sí mismos – rehusó de plano, decisiva y consistentemente toda membresía en cualquier tipo de partido o sindicato y todo tutelaje de cualquier forma por una organización de adultos. De hecho cuando los sindicalistas – una organización con base federal – promulgó por error una resolución que obligaba “a todas las organizaciones y comités ejecutivos a iniciar grupos de jóvenes sindicalistas en todos lados,” los jóvenes proletarios anarquistas produjeron una gran conmoción rebelándose contra ella. “De la misma manera en que ustedes luchan contra la concepción del socialismo como algo que puede ser iniciado centralizadamente de arriba abajo por decreto,” advirtieron a los sindicalistas en su publicación, “nosotros rechazamos la idea de que un movimiento de la juventud pueda ser iniciado por una resolución de un congreso de mayores.” Esto llevó a un conflicto donde la vieja lucha entre padres e hijos se repitió de manera idéntica – conflictos en los cuales se reveló la profunda inclinación hacia una mentalidad anclada al autoritarismo por parte de aun los mejores y más puros entre los campeones sindicalistas. Su amenaza de que la rebelión de los jóvenes los forzaría a aplicar “toda su autoridad como padres” fue el desenmascaramiento más vergonzante, porque detrás de la máscara del más agradable lenguaje socialista se veía por un instante la cara de un extremo despotismo burgués. Los sindicalistas igual disfrutaron del éxito de tener una organización de la juventud anarco-sindicalista, un éxito fatal pues este apéndice de la unión sindicalista es la más débil, la más impotente, el último vástago del movimiento juvenil autoritario nacido del instinto del poder y el ansia de dominación, lo cual, en sus más profundos cimientos, no tiene nada que ver con el socialismo.

El socialismo es precisamente comunidad, y la comunidad es la antípoda de la dominación, la autoridad y la violencia. Mantener a la autoridad tan distante como es posible significa estar más cerca del socialismo. Esta es la razón por la cual los grupos jóvenes anarquistas – aislados, no muy fuertes, pero inamovibles en su actitud fundamentalmente antiautoritaria – que se han unido en una comunidad revolucionaria como “juventud libre”, tanto como los grupos de jóvenes de la Union General de los Obreros, son hoy la vanguardia y la cúspide de la marcha proletaria hacia la meta socialista. Por virtud de su disposición mental, son ellos quienes son los más claramente indicados para el nuevo trabajo, son ellos los elegidos.

1925

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