[Miguel Garrido] El nuevo escenario de la guerra social

INTRODUCCIÓN

En este texto vamos a tratar algunos factores que consideramos imprescindibles para adecuarnos al momento actual de manera efectiva. En primer lugar hablamos de la forma de acabar con la posible resistencia al sistema de dominación, esto no es otra cosa que atomizar a la sociedad por varios métodos, aquí consideramos tres como los más importantes: la alienación, el consumismo y el ciudadanismo.

Después trataremos brevemente la forma en la que el capitalismo ha evolucionado, al menos en nuestro entorno, para constatar el escenario donde se desarrolla la lucha que llevamos a cabo. Intentaremos hacer esa misma constatación de la situación en el terreno social, hablando inevitablemente de la sobreinformación actual.

Acabaremos con unas cuantas anotaciones autocríticas subjetivas para un debate que creemos que puede ser enriquecedor.

ALIENACIÓN, CONSUMO Y CIUDADANISMO
La creciente falta de debate en los medios revolucionarios nos lleva a la necesidad de recordar los motivos que nos impulsaron en su día a la revuelta, los mismos que actualmente se han transformado causando por un lado el desfase con la realidad por consignas atrasadas, mientras que por otro se ha creado un nihilismo falto de objetivos reales, completamente ajeno a los conflictos verdaderos y por tanto a los métodos efectivos de lucha; en ambos casos el resultado es el mismo: la ilusión de una lucha que en realidad no se está llevando a cabo. En primer lugar nos gustaría explicar las causas que consideramos culpables del excesivo adormecimiento de la sociedad tras los años convulsos de los 70 y principios de los 80, cuyo esclarecimiento deberían movernos a la lucha por su desenmascaramiento.

Las precarias condiciones de trabajo en las fábricas en las que antes el trabajador estaba directamente relacionado con el producto físico, a pesar de estar separado del producto final, se han transformado mayoritariamente (aún no totalmente) en puestos de trabajo que sirven de engranaje inmaterial a dicha producción y a una mayoritaria economía de servicios, la alienación, por estos motivos, no sólo se mantiene sino que se ha incrementado. Esta misma alienación en el trabajo no es sino consecuencia directa de la extrema división del trabajo y la despreocupación de sus consecuencias es causada por la falta de verdaderas relaciones sociales de solidaridad (una vez rotos los vínculos de clase) así como por el monopolio de la información por parte del poder como veremos más adelante.

El aumento desmesurado de la producción que ha supuesto la tecnología especializada (también sujeta a una división del trabajo), ha inculcado una sensación de bienestar en las clases trabajadoras que las ha convertido en las más acérrimas defensoras del sistema que las esclaviza. Asimismo la tecnología ha ocasionado el desplazamiento de la mayor parte del trabajo de la fábrica al sector servicios eliminando una gran parte del esfuerzo físico y del sacrificio que anteriormente despertaba sentimientos de odio entre los esclavos de la fábrica. Hoy en día son esclavos de ordenadores o de profesiones insulsas y vacías, mejor pagados que anteriormente y dueños de una esfera privada que les proporciona una falsa sensación de libertad que nunca antes habían experimentado.

La eliminación de la conciencia de clases traspasó el deber de cambiar el mundo a una juventud rebelde no preparada para tal responsabilidad, estupidizada por las relaciones de poder que más tarde reproducirán en la lucha que llevan a cabo. Repiten los mismos errores que el difunto movimiento obrero: sindicalismo, reformismo, delegacionismo, etc., pero a una escala irrisoria. El incremento de la dominación de los movimientos sociales por parte del ciudadanismo ha creado una contestación festiva, pero triste al fin y al cabo, que no lleva sino a la reforma del sistema, esto es, a su perpetuidad mejorada.

Por tanto, el aumento de la alienación del producto total de la sociedad causado por el trabajo asalariado en grandes multinacionales (esto es, el producto total del sistema de dominación: destrucción del planeta, pobreza, despersonalización, etc.), sumado a la disminución de la dureza física del trabajo que le es necesario y a la creciente influencia del ciudadanismo/reformismo, han causado lo que es conocido como sistema de paz social en los países del hemisferio rico del mundo.


EVOLUCIÓN DEL SISTEMA
Tras la Segunda Guerra Mundial la sociedad empezó a estructurarse a medias entre la intervención puntual del Estado en la economía (una vez la dominación sobrevivió a crisis, guerras mundiales y revoluciones varias, el keynesianismo extrajo de ello enseñanzas válidas para su perpetuación observando que el laissez faire ortodoxo podía resultar contraproducente) y por la política empresarial basada en la creación de necesidades superficiales para estimular el consumo así como de macroempresas donde primaba la especialización técnica.

La economía se alió con el Estado desapareciendo la dicotomía entre países capitalistas y comunistas, la globalización estaba a la vuelta de la esquina y el progreso técnico ligado al bienestar consumista se convertiría en la nueva religión. “La ética original del capitalismo fue invertida. Lejos de que el mercado iniciara las condiciones necesarias para el progreso técnico, ocurría lo contrario. El desarrollo tecnológico creaba el mercado.” [1].

Esta triarquía compuesta por economía, Estado y técnica es la que conforma el aparato de dominación actual. Veamos las relaciones existentes entre ellas:

1-La economía junto con el progreso técnico: es el mayor motor del bienestar; la despersonalización social ha sido conseguida gracias a su intervención. La interminable lista de objetos de consumo (tanto materiales como de servicio) genera en el ciudadano-masa la creencia de que este sistema es el mejor posible: cuando el trabajo le estresa viaja, cuando no puede dormir toma pastillas, cuando le falta energía toma otras pastillas, cuando necesita ajustarse a los prototipos físicos del consumo va al gimnasio. Así hasta el infinito. La sociedad del consumo no es sino una gran mentira que se miente a sí misma, ya que ni los que detentan la dominación pueden escapar a sus garras: “En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.” [2]. Es la creación de necesidades y sus respectivas soluciones mediante adelantos técnicos, lo que se nos presenta en pequeños paquetes conocidos como anuncios, una de tantas otras formas que toma la persuasión del capital para su propio crecimiento. En efecto, el crecimiento económico produce adelantos técnicos, mientras que estos aumentarán el crecimiento económico, en una rueda que nunca para.

2-El Estado junto con el progreso técnico: en este caso la tecnología proporciona los elementos físicos del control social (armas, videovigilancia, tecnología de la información, etc.), que serán empleados por el Estado como complemento de sus elementos psicológicos (medios de comunicación y educación principalmente). En realidad los métodos psicológicos son los predominantes en los países ricos mientras que los físicos lo son en los países pobres. Este control social, en los países capitalistas, evita cualquier tipo de disidencia efectiva con métodos físicos, mientras que conduce la inefectiva y reformista en un inmenso rebaño gracias a los psicológicos. En esta relación Estado-técnica, también se puede observar un bucle infinitamente repetido, el Estado financia la investigación técnica y esta ayuda a mantener así al Estado, el aumento de las inversiones será proporcional al aumento de la efectividad del control social, y el aumento del control social genera el bienestar que permite mayores inversiones tecnológicas.

3-La economía junto con el Estado: una progresiva fusión está juntando estos dos factores, varios indicadores lo demuestran: la privatización de las cárceles predominantemente en Norteamérica [3] y de los centros de menores en España por ejemplo [4]; la proliferación de empresas de seguridad privadas (la economía, gracias a estos dos primeros factores nombrados, se apodera así de una parcela del control social asignada al Estado, la del castigo); la publicidad electoral donde los partidos venden el mejor producto (gracias a una oscura financiación); la especulación urbanística donde se alían empresas privadas y estatales; etc.

Podría ser que en realidad la economía neoliberal este fagocitando al poder estatal tal y como afirma M. Amorós en “El partido del Estado”, aunque también podría ser que el supuesto futuro predominio de la mano invisible vuelva a desembocar en crisis económicas como las del pasado siglo y que esto vuelva a poner al Estado en la palestra de la dominación. La economía utiliza al Estado y a sus mecanismos de control cuando el asunto se les escapa de las manos para apaciguar los ánimos y después vuelve a retomarlo lentamente. El mecanismo ya ha sido ensayado con el New Deal y el keynesianismo, que propugnaron la intervención del Estado con el objetivo de paliar la crisis del 29 en Estados Unidos (o al menos mantener el país a flote hasta la Segunda Guerra Mundial), para que más tarde el Plan Marshall acrecentara de manera impresionante la economía europea y reinstaurara el laissez faire a la norteamericana en la Europa de posguerra. Estamos con Jaime Semprún cuando afirma en “El fantasma de la teoría” que no se puede aceptar el determinismo a la hora de examinar la realidad social; sin embargo, también se puede apuntar que las herramientas que hayan sido utilizadas en el pasado pueden volver a ser utilizadas por el sistema, quizás no de la misma forma pero manteniendo la idea que subyace.

SOBREDOSIS DE INFORMACIÓN
Paralelo a lo dicho anteriormente es obvia la influencia que ejercen los medios de información y publicidad en la configuración de la sociedad. Independientemente de la información que se infiltra en las relaciones entre las personas (el hecho mismo de infiltrarla es ya un medio de dominación) se produce un exceso de ella, y éste es uno de los elementos que forman el muro que separa a las personas de sus necesidades reales y que definen la época de la atomización y la alienación. La ingente cantidad de opiniones vertidas, contradictorias muchas veces entre ellas, crea en el individuo una sensación de relativismo donde nada es verdad o mentira [5]. Al desaparecer las condiciones objetivas de embrutecimiento (de las cuales forma parte la misma relatividad) la sociedad pierde cualquier referente susceptible de cuestionamiento en el mundo del “todo vale”.

Las informaciones que representen algún motivo que pueda ser esgrimido contra la dominación ya no son encubiertas de ninguna manera. Se dice la verdad (o al menos algo más cercano a la verdad de lo que se daba anteriormente) porque la peligrosidad de dicha información se ve diluida por el torrente de estupideces restantes que conforman la propaganda de la dominación sobre sí misma. Es por ello que todo el mundo sabe que ocurren especulaciones urbanísticas, todo el mundo conoce la teoría económica de Marx, todo el mundo siente repugnancia por los abusos policiales, todo el mundo conoce la extrema pobreza de los países del Tercer Mundo. Pero nadie es capaz de distinguir ese tipo de información de la estulticia restante. Se crea así la ilusión de que los propios medios del sistema son verdaderamente críticos con el mismo, cuando en realidad están en un solo bando formando un todo donde las contradicciones son mostradas sin pudor ante personas incapaces de adueñarse de sus propias vidas, riéndole las gracias al sistema para no sentirse desplazadas del mismo.

Los factores que hemos comentado en los primeros párrafos de este texto han desheredado de métodos de lucha a la nueva generación de rebeldes que observa con rabia la miseria mundial para más tarde cambiar de canal. Ya no se trata de cambiar el mundo sino de eliminar la mala conciencia, y la sobreinformación juega un papel importante en esta inversión de objetivos. Sin embargo, también se pueden observar a otro tipo de ciudadano-masa que carece completamente de conciencia que es capaz de reírse de las matanzas y de la pobreza ajena, son el relativismo y el exceso de propaganda (por la autoalienación y donde el más soez y carente de ética es el mejor valorado socialmente) los causantes de ello.

En resumen, se puede afirmar que la era de la información consiste en seleccionar lo peor de la objetividad (la incuestionabilidad) y lo peor de la subjetividad (la extrema relatividad). Conformando de esta manera un monólogo de la dominación, un monólogo totalitario, bajo una capa de información que proporciona la falsa sensación de diversidad y pluralidad de opiniones.

Una consecuencia directa que ha tenido la sobreinformación sobre los movimientos sociales y revolucionarios es su transformación en un papel social como cualquier otro. Podemos encontrar al político, al empresario, al deportista y al revolucionario, todos poseen la misma importancia. Esto se ha producido por tres motivos: a) La demostración de la historia de que el determinismo de Marx, que calificaba al proletariado como “inevitable” sujeto de cambio social hacia el comunismo, estaba equivocado al menos en dicha inevitabilidad, b) El fin de toda amenaza social revolucionaria, debido a los factores expuestos al principio, considerada su pretendida caricatura como un juego sin importancia c) La creación y mercantilización de los estereotipos revolucionarios, donde, como ya se ha nombrado anteriormente, al sistema le importa tanto que seas revolucionario como que seas un inversor de bolsa.

ALGUNOS APUNTES AUTOCRÍTICOS
Hemos observado cómo no se puede confiar plenamente en las crisis como períodos esencialmente revolucionarios tal y como afirmaba la escuela marxista, también hemos observado someramente los mecanismos de sobreinformación que aniquilan toda esperanza de un despertar de la conciencia de clase revolucionaria. Estos factores tienen unas implicaciones que tratamos de resumir aquí brevemente.

La mitificación del pasado siempre nos ha llevado a volar en zeppelín cuando podríamos haber ido en avión. Un ejemplo es lo que ha costado salir de las dinámicas masificadoras del anarcosindicalismo y lo que costará salir del paradigma insurreccional cuando sea necesario (no consideramos correcto el abandono de dichas concepciones sino su síntesis y adaptación a las necesidades del momento real).

Y es que todavía nos vemos impregnados de la creación, a veces inconsciente, de ideologías, y éstas, como tales, sólo buscan su perpetuidad bajo cualquier tipo de circunstancias cambiantes, siendo la ideología del progreso el mayor ejemplo de esto: “Pero adviértase que una sociedad como la nuestra, comprometida con el cambio como su principal valor ideal, puede sufrir una interrupción y una fijación a través de su inexorable dinamismo y su caleidoscópica innovación, en grado no menor de lo que lo hace una sociedad tradicional a través de su rigidez” [6]. De la misma manera que la sociedad actual se mantiene bajo una ilusión de desarrollo, una ideología anarquista o comunista se mantendría a sí misma bajo la ilusión de la libertad.

Una forma de evitarlo es eliminar toda ideología y sustituirla por la teoría revolucionaria. Esta última se forma a sí misma en función de las circunstancias que se den en el momento en que se desarrolla la actividad revolucionaria, sin tratar de adivinar el futuro o de encuadrarlo en un bonito paraíso. Creemos que el rápido flujo de información y de acontecimientos históricos aconsejan más una forma de actuar adaptable a distintas situaciones, en lugar de otra forma que actúe como una roca invariable y predecible. El problema no consiste en cómo será la sociedad futura (aunque no esté de más establecer unas determinadas premisas) sino el momento actual, si cada uno nos preocupamos del presente adaptándonos a él para combatirlo, las personas a quienes llegue el momento serán capaces de decidir acerca de cómo será la sociedad liberada de autoridad gracias a sus conocimientos de la situación pertinente, conocimientos que nosotros no tenemos.

Determinadas perspectivas han afirmado que la masa debe prevalecer sobre el individuo, mientras que otras más recientes (o más recientemente resucitadas) proveen de única importancia al individuo consciente. Indudablemente, no se puede aceptar la masificación organizada cuando se trata de derribar a la sociedad de masas, la libre voluntad del individuo no debe subordinarse a unas relaciones de autoridad que inevitablemente surgen en las mismas (a pesar de que se organicen asambleariamente). Es por ello un punto importante en la lucha la desmasificación de las masas, su conversión en individuos libres y autónomos; pero no se puede pretender que la acción individual baste por sí misma para destruir el sistema, hacer de la masa un conjunto de individualidades autónomas que actúan conjuntamente es la mayor amenaza que se le puede presentar al poder. La insurgencia (tanto la individual como la minoritaria) es necesaria, pero no suficiente, de la misma manera que una revolución sin insurrección violenta está condenada al fracaso. Las características que toma la insurrección en una época donde no hay conflicto que sea extensible o radicalizable, son las de la mitificación de la acción directa (reducida muchas veces al sabotaje) y la exageración de resultados y perspectivas. Por otro lado, reconocer las limitaciones del modelo insurreccional no debería llevarnos a la inacción y el pasotismo, como muchos pretenden, ni a su abandono, sino a reconocer la realidad y a ampliar de forma efectiva nuestras capacidades.

Por supuesto también se debe constatar la progresiva intelectualización de aquellos que nunca han estado en contacto con un movimiento real, llegando a un punto en el que no se cesan de repetir los mismos fines pero oponiéndolos a los medios, justificando al Estado como herramienta para conseguir nuestros objetivos. Apoyan la legalidad de las macromanifestaciones pacíficas y condenan la violencia revolucionaria. Por tanto únicamente buscan un hueco entre las leyes que nos oprimen y se limitan a ese campo de acción, pero en esa limitada trinchera alejada del campo de batalla real no caben todos los que participan en la guerra social. El viejo mito de que las palabras son armas no sirve para nada, las palabras sirven para dar argumentos y dotar a nuestras acciones de un trasfondo teórico que sirva para demostrar que sí que se pueden cambiar las cosas. Pero por sí solas las palabras no destruyen el sistema, de la misma manera que no lo puede hacer la acción por sí sola.

Notas
[1] John Vaizey, “Capitalismo”

[2] Guy Debord, “La Sociedad del Espectáculo”

[3] Defensa jurídica, “Los mitos de la privatización de las cárceles. Hacia un modelo de comercialización del delito”. Habría que anotar aquí que esta privatización se está extendiendo a Europa poco a poco, principalmente en Gran Bretaña, aunque toma la forma de privatización parcial.

[4] conlosninosnosejuega.wordpress.com (Campaña contra el maltrato institucional de los menores), “Privatización de cárceles de menores. El 73% de los reformatorios de menores pasa a manos privadas en sólo cinco años”.

[5] En esta línea son interesantes el texto de Murray Bookchin “Historia, civilización y progreso” y, en mayor medida, el libro de Kenneth J. Gergen “El yo saturado”.

[6] Lewis Mumford, “La utopía, la ciudad y la máquina”.

Por Miguel Garrido

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