[Anton Pannekoek] Las huelgas


En el movimiento obrero se distinguen dos formas principales de lucha, a menudo referidas como el campo de lucha político y el campo de lucha económico. El primero centrado en las elecciones para los cuerpos parlamentarios o análogos, el último consistente en las huelgas por salarios superiores y mejores condiciones de trabajo. En la segunda mitad del siglo XIX, había una opinión común entre los socialistas de que el primero tenía una importancia fundamental, de que era revolucionario, porque preparaba el objetivo de la conquista del poder político, y por lo tanto el revolucionamiento de la estructura de la sociedad, aboliendo el capitalismo e introduciendo un sistema socialista. Mientras, el segundo era solamente un medio de reforma, para mantener o mejorar el nivel de vida dentro del capitalismo, aceptando por lo tanto este sistema como la base de la sociedad.

Que esta distinción no podría ser completamente correcta se mostró pronto por la práctica del parlamentarismo. Marx, en el Manifiesto comunista, ya había indicado algunas medidas de reforma que prepararían la revolución futura. En tiempos posteriores, los parlamentarios socialistas estuvieron trabajando y luchando continuamente por reformas; los partidos socialistas, a los que pertenecían, construyendo un programa detallado de “demandas inmediatas”; y podían ganar un creciente número de votantes. En primer lugar, y más evidentemente, en Alemania; luego en otros países europeos. El objetivo final de una revolución socialista se retiró gradualmente al plano de fondo. Lo que, bajo el nombre de la lucha por el socialismo, logró realmente esta lucha política, fue afianzar para la clase obrera un cierto lugar reconocido dentro de la sociedad capitalista, con ciertos niveles de condiciones de trabajo y de vida, por supuesto nunca realmente asegurados, siempre inestables, pero existentes de algún modo, siempre disputados y siempre necesitados de defensa.

Ambas formas de lucha, el sindicalismo con sus huelgas así como el socialismo parlamentario, eran ahora solamente instrumentos de reformas –en gran parte manejados por las mismas personas, dirigentes sindicales que se sentaban en el parlamento–. Y la doctrina reformista afirmaba que mediante su actividad, por las reformas acumuladas en el parlamento y la “democracia industrial” en las fábricas, ellos transformarían gradualmente el capitalismo en socialismo.

Pero el capitalismo tenía sus propios caminos. Lo que Marx había expuesto en sus estudios económicos, la concentración de capital, se volvió cierto en un grado mucho más poderoso de lo que quizás su autor había conjeturado. El crecimiento y el desarrollo del capitalismo en el siglo XX ha provocado cantidad de nuevos fenómenos sociales y condiciones económicas. Todo socialista que esté por la lucha de clase intransigente tiene que estudiar estos cambios atentamente, porque es de ellos de lo que depende cómo los obreros tienen que actuar para ganar la victoria y la libertad; muchas viejas concepciones de la revolución pueden ahora adoptar una forma bastante distinta. Este desarrollo incrementó enormemente el poder del capital, dio a pequeños grupos de monopolistas la dominación sobre el conjunto de la burguesía, y amarró siempre más firmemente el poder del Estado a los grandes negocios. Fortaleció en esta clase los instintos de opresión, manifiestos en el aumento de las tendencias reaccionarias y fascistas. Hizo a los sindicatos cada vez más impotentes frente al capital, menos inclinados a la lucha; sus dirigentes se convirtieron cada vez más en mediadores e incluso agentes del capital, cuya tarea es imponer las insatisfactorias condiciones de trabajo dictadas por el capital sobre los obreros reacios. Las huelgas asumen cada vez más la forma de huelgas salvajes, estallando contra la voluntad de los dirigentes sindicales, que entonces, tomando la dirección, tan pronto como sea posible sofocan la lucha. Mientras en el campo de la política todo es colaboración y armonía de las clases –en el caso del P.C., acompañada por una semblanza de discurso revolucionario–, tales huelgas salvajes se vuelven cada vez más la única lucha de clase real y amarga de los obreros contra el capital.

Después de la guerra, estas tendencias se intensificaron. La reconstrucción –la reparación de la devastación o de la insuficiencia de fuerzas productivas– significa reconstrucción capitalista. La reconstrucción capitalista implica una acumulación de capital más rápida, un incremento más vigoroso de los beneficios, la depresión del nivel de vida de los trabajadores. El poder estatal adquiere ahora una importante función organizando la vida mercantil. En la Europa devastada adquiere la primacía suprema; sus oficiales se convierten en directores de una economía planificada, regulando la producción y el consumo. Su función especial es mantener sometidos a los obreros, y ahogar todo descontento por medios físicos o espirituales. En América, donde está sujeto al gran capital, ésta es su función principal. Los obreros tienen ahora sobre y frente a ellos al frente único del poder del Estado y de la clase capitalista, al que normalmente se unen los dirigentes sindicales y de partido –que aspiran a sentarse en conferencia con los gerentes y jefes y a tener voto en la fijación de los salarios y de las condiciones de trabajo–. Y, mediante este mecanismo capitalista de precios crecientes, el nivel de vida de los obreros decae rápidamente.

En Europa, Inglaterra, Bélgica, Francia, Holanda –y en América también– vemos huelgas salvajes alumbrando, aún en pequeños grupos, sin conciencia clara de su papel social y sin objetivos ulteriores; pero mostrando un espléndido espíritu de solidaridad. En Inglaterra desafían a su gobierno “obrero”, y en Francia y Bélgica son hostiles al Partido Comunista en el gobierno. Los obreros comienzan a sentir que el poder estatal es ahora su enemigo más importante; sus huelgas están dirigidas contra este poder tanto como contra los amos capitalistas. Las huelgas se han convertido en un factor político; y cuando las huelgas estallan en tal extensión que dejan aplanadas ramas enteras y sacuden la producción social en su núcleo, se convierten en factores políticos de primera categoría. Los huelguistas mismos pueden no ser conscientes de ello –tampoco lo son la mayoría de los socialistas–, pueden no tener intención de ser revolucionarios, pero lo son. Y, gradualmente, la conciencia surgirá de lo que están haciendo de modo intuitivo, a partir de la necesidad; y esto hará las acciones más directas y más eficaces.

Así, los papeles se invierten gradualmente. La acción parlamentaria degenera en una mera riña de políticos y sirve para engañar a la gente, o, en el mejor de los casos, para remendar el sucio y viejo capitalismo. Al mismo tiempo, las huelgas de masas de los obreros tienden a convertirse en los más serios ataques contra el poder estatal, esa fortaleza del capitalismo, y en los factores más eficaces para incrementar la conciencia y el poder social de la clase obrera. Ciertamente hay todavía un largo camino hasta el fin; mientras tanto veamos obreros yendo a la huelga y retornando al trabajo simplemente por orden de un jefe ambicioso, no están todavía maduros para las grandes acciones de autoliberación. Pero, mirando atrás, sobre los desarrollos y cambios del pasado medio siglo, no podemos fallar a reconocer la importancia de estas luchas de clase genuinamente proletarias para nuestras ideas de la revolución social. Cómo, en relación con esto, las tareas de propaganda se amplian para los socialistas, puede considerarse en otro momento.

1947

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